Personajes laguneros «Panchito»
Por Julio Fajardo Sánchez
Con boina y bigote «Panchito», en el burro Antonio Cubillo, tras estos Kike y Argéo Godiño (Calle La Carrera, se ven los balcones de la casa de Paco Tubal y «El Refudio» 1950)
El garbo es sinónimo de gallardía que consiste en el buen aire y disposición del cuerpo; por eso es propio de toreros, que componen con arte la armonía de sus hechuras, congelando sus posturas escultóricas, en un instante mágico, para el delirio de los aficionados.
También debe existir una belleza de la desproporción, de aquello que pierde el ritmo y el compás, de lo asimétrico, de lo desgarbado, de lo que se desmorona por su inconsistencia.
Pero hay una situación en la que, pretendiendo inmortalizar el gesto, el garbo se desploma aún manteniendo el ademán estereotipado de la figura convencional. Un ejemplo de esta condición somática era Panchito.
Panchito saludaba en el ruedo de su ciudad como un torero brindando al tendido, pero la firmeza de su garbo se descomponía temblorosa, como una marioneta a la que se le aflojan las cuerdas. Justamente en eso consistía su estética.
Con una boina por montera, una mano apoyada en el costado y la otra levantada,como mostrando un estoque con forma de vaso de vino, lanzaba un alirón para enervar a los seguidores del equipo mitológico de su ciudad, el que jugaba en el jardín olímpico de las manzanas de oro.
– ¡Arriba Hesperiditos! gritaba desgañitándose al compás de una especie de carraca, cuyo sonido lograba emitir desplazando la dentadura superior sobre la inferior.
emulando la danza macabra de Camile Saint-Saens. Su grito iba seguido de una mueca horripilante que consistía en regañar los ojo y ladear su boca, con las encías apretadas, terminando con un trazo oblícuo y doloróso que cruzaba su cara; anuncio de la subida de concentrados efluvios alcohólicos que, como hacen casi todos los borrachos, intentaba atenuar un con repeluz.
Pero con ser grande el Hespérides -el amor pagano de Panchito- su pasión se desbordaba ante la presencia del Cristo de La Laguna. La Imagen del Salvador milagroso contrarrestaba, siempre triunfante, con el delirio hesperidista. No en vano las Hespérides eran hijas de la noche y del infierno.
Como debe ser, el Cristo se quedó en La Laguna, señor inamovible de la ciudad, custodiado y defendido por sus esclavos; y el Hespérides fue devorado por el Club Deportivo Tenerife, de glorias más inciertas e intermitentes.
Panchito no formaba parte de la plantilla y se quedó en La Laguna, brindándole garboso a su Cristo, ante cuya presencia no podía evitar soltar gruesos lagrimones, tuteándolo cariñosamente, seguramente haciendo confianza en un pacto que le llevaría posteriormente a un cielo de listán y de moscatel desde el que nos saluda con una mueca ripiosa y el crujir de sus dientes desencajados.

