Palabras de S.M. el Rey: ACTO DE BIENVENIDA A SU SANTIDAD EL PAPA LEÓN XIV CON MOTIVO DE SU VISITA A ESPAÑA

MADRID, 06/06/2026.- El papa León XIV acompañado de los reyes Felipe y Letizia, la princesa Leonor y la infanta Sofía durante la ceremonia de bienvenida al Sumo Pontífice en el Palacio Real. EFE/Ballesteros Pool

Madrid, Palacio Real, 6 de junio de 2026

La Reina y yo os damos, con humildad y alegría, la más cordial bienvenida a España. Os la damos en nombre de nuestra Familia, —presentes aquí nuestras hijas, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía—, del Gobierno y demás instituciones del Estado, y de todo el pueblo español. Y lo hago en una lengua que es, también, la Vuestra. Para todos los hispanohablantes es un privilegio que comprendáis y empleéis habitualmente el idioma que compartimos, gracias a vuestros años de vida misionera y labor pastoral en el Perú, de la mano de la Orden de San Agustín. Y nos sentimos afortunados de que también así os resulte muy próximo todo lo que significa Iberoamérica.

Llegáis a un país donde está una parte de vuestras raíces. Os recibe un pueblo al que conocéis bien: vital y con carácter, solidario y tolerante; también creativo, y cosmopolita. Tenéis una agenda intensa, llena de momentos para el encuentro, para la oración y para la reflexión, que os ha traído a Madrid y os llevará a Barcelona y también —por vez 1ª en la historia— a las Islas Canarias. Comprobaréis, en nuestras calles y nuestras plazas, en las iglesias y en las instituciones, la inmensa alegría que nos suscita teneros entre nosotros. Gracias por la generosidad y sensibilidad que demostráis con la extensión e intensidad de esta visita.

La fe católica está enraizada en nuestro país y sin ella —bien lo sabéis— nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían. Lo está en el día a día, en las tradiciones, en las festividades, pero también en aspectos mucho más profundos, como el sentido de comunidad y la espiritualidad popular, desde el testimonio de nuestros místicos —San Juan, Santa Teresa— hasta la religiosidad sencilla de cientos de miles de personas.

Quiero destacar la enorme labor social de la Iglesia Católica, fruto del compromiso de los religiosos y las religiosas, los sacerdotes, los diáconos, los jóvenes que se implican en la vida de la parroquia, los voluntarios que ayudan en residencias, albergues, comedores y centros de acogida. Creo que me hago eco del sentir mayoritario de los españoles cuando reúno en Vuestra Persona mi reconocimiento y gratitud hacia todos esos hombres y mujeres. Entre ellos incluyo, con una admiración especial, a los miles de misioneros de nuestro país que realizan su labor social, educativa, asistencial y pastoral en tantos lugares necesitados del mundo, muchas veces remotos o todavía muy desconectados.

No puede haber mayor contraste con todo ello que el dolor causado por los casos de abuso, que ni son ni pueden ser representativos de la inmensa comunidad eclesial. Vuestra claridad y firmeza, que también quiero reconocer, son esenciales en el proceso sanador y de reparación del daño infligido: lo son para las víctimas, para los fieles, para la Iglesia y para la sociedad en su conjunto.

Sois, Santo Padre, un hombre de sólida formación científica. Habéis dedicado años de estudio al lenguaje más esencial que existe: las matemáticas. La visión de un hombre de espíritu y de ciencia, con una gran conciencia social y una profunda atención a los cambios, cobra un valor especial en el tiempo que nos toca vivir; un tiempo que ya no se explica en los términos a los que estábamos habituados y que seguimos tratando de interpretar.

En este tiempo corremos el riesgo de olvidar aquello que de verdad importa, de deslizarnos hacia la errada creencia de que —abolidas muchas de nuestras referencias por el pulso de la actualidad— todo vale, todo es admisible, negociable y justificable. Y no es así. La dignidad de la persona, los derechos humanos, los valores democráticos y la legalidad internacional deben seguir siendo nuestros números primos… Porque en ellos —en sus múltiples combinaciones— está la aritmética de la libertad, la igualdad y la justicia; la que suma y multiplica, no la que resta y divide.

Vuestra voz, Santidad, mana del espíritu, de la Fe Cristiana, y se nutre de veinte siglos de historia. Es hoy fuente de inspiración para más de 1400 millones de católicos; pero resuena, por su contenido ético, mucho más allá: en todas las conciencias. Esa voz, tan nueva y tan antigua, acaba de plasmarse en la 1ª Encíclica de Vuestro pontificado, que aborda, entre otros asuntos, los desafíos inherentes de la IA. Basta con leer el título —Magnifica Humanitas— para darse cuenta de que no la mueve una visión catastrofista, sino una mirada cargada de esperanza y de optimismo en el ser humano. Un texto humanista.

Vuestras palabras nos instan a reemplazar el miedo —que es estéril y paralizante— por un conocimiento, meditado y compartido, del potencial y de los riesgos de esta nueva realidad. Y añadís que esa nueva tecnología no puede ser monopolio de unos pocos sino un instrumento en manos de todos que beneficie a todas las sociedades. Y eso solo será posible si logramos mantener a la persona en el centro de cualquier discurso; jamás reemplazada, subyugada o coaccionada por ningún algoritmo.

Porque en un mundo anegado de datos y mensajes se hacen imprescindibles la empatía, la comprensión y la escucha. Vuestro predecesor, Su Santidad el Papa Francisco, insistía a menudo en la importancia de saber escuchar. Es paradójico que, en un tiempo de interconexiones, estemos perdiendo esa capacidad… o esa paciencia. Porque cuando la atención está en el otro, en quien tenemos enfrente, podemos identificarnos con su dolor, con su alegría, con sus debilidades y fortalezas…, podemos ponernos en su lugar. Solo si aprendemos a comprender las razones de los demás, a buscar el terreno común o de acuerdo, lograremos avanzar unidos.

Recuerdo que, desde la Logia de las Bendiciones, a los pocos minutos de salir del cónclave que os convirtió en sucesor de Pedro y Obispo de Roma, lanzasteis al mundo una encendida defensa de la unidad. “Ayudadnos” —dijisteis— “a construir puentes con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un único pueblo siempre en paz”.

La unidad como aspiración surge de la conciencia de nuestra fragilidad como individuos, de nuestra contingencia, de nuestras limitaciones; pero también de esa capacidad inagotable para el bien y la belleza que alcanza su cima cuando el ser humano ama al prójimo, cuando se abre y se entrega a los demás. Recordarlo siempre, de palabra y de obra —y en especial en estos tiempos de incertidumbre— bien merece ser pauta de conducta universal: la unidad como vehículo e instrumento para la paz.

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