Ya vienen los carnavales: Historia del Carnaval en Tenerife (XII). Por Julio Torres

(…) Pero La Laguna tenía carnavales desde antes. Desde siempre. Por eso subía la rondalla del Tronco Verde a desfilar con sus pasacalles trenzados por una calle de la Carrera atestada de público. El centro, o, mejor dicho; el epicentro de aquél terremoto carnavalero era el Teatro Leal. Este año por supuesto no en el Teatro, se van a celebrar oficialmente, siguiendo esta interpretación, visionaria y en contrario, de las consecuencias del cambio climático, que ha llevado a Santa Cruz por la cauta previsión de encerrar multitudinariamente en el recinto ferial. Curioso nombre éste, más propio de una exposición de ganado.

En aquellos carnavales de los años 50 Enrique Martín «Kike» y Miguel Lemus, pasearon los adoquines de La Carrera sobre patines como si fueran las actuales chicas de los centros comerciales. Salían a cara descubierta en la época de la máscara ensabanada y voz de falsete que repetía insistentemente:

«Bandido, bandido…» mientras te azotaban con un abanico sujeto por un guante con mas pelos dentro que el pecho de un gorila. La máscara de careta sufría enormemente al ser descubierta, tapada de pies a cabeza, se delataba por sus andares característicos.

Kike se caracterizaba perfectamente de Daniel, el grandísimo bastión del bar Alemán, y terminaba detrás de la barra haciendo su servicio junto a su doble caricaturizado.

Pero su disfraz favorito era el de Groucho Marx, al que imitaba maravillosamente, consumiendo un interminable habano al grito de: «Más madera».

Aquel embrión del folclore que más tarde sería «Los Sabandeños» solía disfrazarse en grupo. Una vez como componentes de un Kindergarden y otra, memorable, reproduciendo un esperpéntico grupo musical, antecedente claro de Les Luthiers, en donde Pepe Abad interpretaba magistralmente, -en el sentido lagunero, se entiende- el Danubio Azul o el Adiós a la Vida de Tosca. Los espectáculos se celebraban en el interior del bar o en la contigua terraza del Casino, grada natural que inmortalizó las mejores instantáneas del carnaval lagunero.

La Laguna ha tenido durante muchos años máscaras fijas como el dúo formado por Antonio Caridad y Emilio «el Pupi», las insuperables versiones de lecheras de Fernando «el Largui» o de Eduardo «el Porreto», y, cómo no recordar ahora a nuestro queridísimo Chuchin, venciendo la adversidad con sus magníficas entregas carnavaleras. Todo ello pasaba impepinablemente por el bar Alemán, y más tarde por su sustituto, en nombre y forma, que no en lo demás, bar Carrera.

Existen muchas anécdotas en el carnaval lagunero, pero yo las quiero sintetizar en una que me parece extraordinaria. El joven artista lagunero, José Norberto Rodríguez, más conocido por Zenón, entró en el baile del Teatro Leal dispuesto a encontrar una máscara aparente. Al momento se le acercó una, más o menos de su estatura, delgada y vivaracha con la que empezó a bailar enseguida.

Brincando por la pista, lo fue agotando poco a poco, hasta que, con algunas insinuaciones lo llevó hasta la calle. Con la máscara, inició el camino hacia la Concepción, torciendo en la esquina de Ascanio y Nieves. Zenón, creyendo que enfilaban hacia el Camino Largo, continuó eufórico la fiesta, hasta que, al llegar casi al final de la calle y frente a su casa, la máscara se quitó la careta y le dijo:

– Berto: ¿no crees que ya es bastante tarde para estar andando por ahí?

Era su abuela.

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