Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XVIII). El regreso a Nápoles (I)
El cronista de la peregrinación, José Trujillo Cabrera, continúa con su magnifico relato: A las ocho de la mañana del día cuatro de Noviembre, (Sábado), una vez desayunados, abandonamos nuestros hoteles e iniciamos el viaje de retorno a Napóles.
Cuesta mucho salir de Roma. Un pesar angustioso, hijo de la honda nostalgia que el abandono de la Ciudad nos deja, se apodera del corazón y éste fácilmente cae en la tristeza. Pero si al ausentarnos de ella nos vamos encontrando con pueblos preciosos, con diseminadas ruinas de an¬tiguos acueductos, con tierras de verdor y lozanía, con lagos y canales y con tantas sorpresas como a nosotros nos salieron al encuentro, bien pronto disipamos el escozor que produce la au¬sencia y sie’ntese otra vez renacer el encanto y la alegría, desapareciendo aquella amargura y tristeza inicial.
Otra de las grandezas de Roma es su Campiña, prodigio de belleza con que la enriqueció la misma naturaleza. El autor de este relato, con ocasión de su primera peregrinación a Roma el Año Santo de 1925, ya pudo conocerla visitando Tívoli y sus alrededores. Ahora hemos pasado algunas horas- contemplándola desde las frondas de los bosques de «Monte Porcio» en aquellos amaneceres tibios, no obstante la estación otoñal, de nuestra es-tancia en su acreditado y lujoso hotel «Giovannella», situado dentro de los bosques y jardines de la «Villa Emilia». Frascati, Rocca di Papa, Casíel Gandolfo, Albano, Arida, etc., entre viñedos y olivares, con sus palacios y blancas villas, con sus castillos principescos, con sus huertas y jardines han sido objeto de nuestra recreación desde aquella altura. Mas, ahora, forzoso será ir dejándolos atrás y atravesarlos veloces acaso para no volverlos a ver más.
¡Adiós, pues,hermosos parajes de Monte Porcio y de Frascati! ¡Adiós, bella campiña romana, verde y risueña, encantadora y sugestiva, festoneada al fondo por el mar Tirreno, junto a cuya orilla hállase el puerto de Ostia, lugar de hospedaje de gran nú¬mero de nuestros compañeros de expedición! ¡Adiós, vetustos castillos romanos y rincones poéticos donde se esconden tan agra¬dables sorpresas! ¡Adiós, en fin, al panorámico armónico conjunto enmarcado dentro de los montes Albanos, Sabinos y Lepinos. ¡Esperanzas de un día trocadas ahora en recuerdos!… ¡Adiós!…
