San Lázaro y la tradición del huevito duro

Foto de los barrios de San Benito y San Lázaro a principios del siglo XX.Colección Miguel Bravo.

Cada Viernes de Lázaro y Domingo V ó de Pasión, la Cuaresma de La Laguna tiene una tradición que aún mantiene. Se trata de la costumbre de comer huevos duros acompañados de un buen vaso de “buen” vino.

Este viernes, en la lagunera plaza de San Lázaro, iremos al encuentro con la tradición, pues, como en otros años, ya se montó el ventorrillo con los huevos duros y el vino tinto. El objetivo es mantener la tradición y recaudar fondos para poder restaurar lo que se va deteriorando en la ermita de San Lázaro.

Los antiguos barrios de San Benito y San Lázaro eran los encargados de despedir a los caminantes, así como a los viajeros de los coches de hora, antiguos carruajes parecidos a las diligencias americanas. Debemos de pensar que aquellos viajeros necesitaban avituallamiento para el camino, así que, junto a la iglesia de San Benito, bares o mesones como los de doña Antonia, que más tarde sería conocido como “Casa El Kíkere” y ” Las Moneditas”, vendieran a diario gran cantidad de huevos duros. Mención especial merece el más famoso, el de “Sixto huevos duros”, que estaba situado a un tiro de piedra de la plaza de San Lázaro. Se presentaba desde que abría, casi de madrugada, con dos grandes cestas en el mostrador a rebosar de huevos duros; y esto a lo largo de todo el año, y el Viernes de Lázaro y el Domingo de Pasión se vendían algunos miles.

Una de las tareas más farragosas a la hora de hacer huevos duros llega en el momento en el que hemos de pelarlos. La facilidad para poder hacerlo sin complicaciones también depende del tiempo utilizado para guisarlos, ya que si están pasados de tiempo, corremos el riesgo de que quede la cáscara muy pegada al huevo y nos cueste quitarla una barbaridad.

El truco de Casa Sixto para hacer huevos duros era cubrirlos de agua fría en el caldero y después ponerlos al fuego; una vez que entreban en ebullición, los dejaba sólo diez minutos. Y al agua le añadía un puñado de sal gruesa, según decía maestro Sixto “ayuda a que se pelen más fácil”.

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