Relato para la noche de Finados: “La muchacha de la carretera del Portezuelo a Tegueste”. Por Julio Torres Santos

Como me contó un taxista de la parada de La Concepción, fue en El Portezuelo, bajando hacia Tegueste, cuando se subió a su taxi.
-¡Pobrecita! –pensó Manolo Flores-¡Con esta niebla…y la que se avecina!
Entonces apenas caía una fina llovizna, que sólo había humedecido su fino vestido blanco. Subió tan rápido que Manolo casi no pudo vislumbrar su rostro entre su larga melena castaña. Se extrañó de que vistiera tan ligera, pues noviembre comenzaba riguroso.
-¿Cómo te llamas?-preguntó cortésmente.
-Eso no importa-contestó ella. Todos me llaman de modos muy diferentes. Lo importante es hacia donde vamos.
Aunque intrigado, Manolo no quiso insistir, temeroso de que ella lo malinterpretase.
– Pues yo voy hasta Tegueste –siguió como si nada-. Allí me esperan mi mujer y mis hijos. ¿Y tú?
-Me bajo antes –contestó secamente-. Es bonito tener alguien que te espere, por eso por aquí siempre tienes que tener cuidado. Ve más despacio. No olvides que este camino está lleno de cruces que marcan los muertos en accidentes.
¿Qué significa “por aquí”? ¿Por qué ha pronunciado “siempre” tan lentamente, como paladeando cada letra? ¿Qué pasa con las cruces? -se preguntó Flores.
Tan enfrascado estaba en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que cada vez hacía más frío en el habitáculo del coche. Tampoco se percató de la paulatina transformación de la chica. Su pelo se humedecía por segundos. Sus ojos se enturbiaban paulatinamente, y su pupila, cada vez más blanca, parecía clavada en un indefinido punto del horizonte.
-¡Cuidado! ¡Aquí morí yo!
No fue su gélido aliento que congeló el aire de la cabina. Tampoco sus ojos turbios de albina pupila que lo miraban fijamente, mientras la huesuda garra en que se había convertido su mano clavaba esas negras y largas uñas, como aguijones, en su brazo derecho. Ni tan siquiera el profundo tono con el que había pronunciado esas palabras, que salieron de su cavernosa boca impulsadas por el aire que se escapaba, siseante, de sus pulmones.
Fue la sangre que ahora fluía licuada de entre todos los poros de su piel y, sobre todo, “esas palabras”, que martilleaban su cabeza incansablemente: “Aquí morí yo”.
El pavor no le permitía alejar sus ojos de esa fantasmagórica aparición. Fue su instinto de supervivencia el que le hizo aminorar la velocidad antes de tomar esas peligrosas curvas de La Padilla alta. Sólo miró a la carretera unos segundos, quizá sólo parpadeó.
Cuando giró de nuevo su cabeza para asegurarse de que todo no había sido fruto de su imaginación…
-¡Vacío! ¡Cómo va a estar el asiento vacío! ¿Dónde está? ¡No ha podido saltar con el coche en marcha y la puerta cerrada!
Oscuridad. Demasiado pánico y demasiados pensamientos interfiriendo en una decisión que ya debía haber tomado. No llegó a oír el ruido seco y metálico cuando el coche golpeó contra el muro. Sólo oscuridad.
Despertó, atolondrado y malherido en la reconocible habitación de un hospital. Murmuraba algo sobre una chica, un fantasma y El Socorro.
-¡Qué casualidad! –pensó, el doctor Cruz mientras comprobaba sus constantes. ¡Cerca de donde vivo!
A pesar de los grises nubarrones que amenazaban con la inminente tormenta, aún sonreía por tal coincidencia cuando se ajustó el cinturón del asiento del conductor para dirigirse hacia su casa…
