Pregón de las Fiestas del Cristo de La Laguna, 2020 (II). Carlos Rodríguez Morales

Procesión del Retorno, 14 de septiembre de 2019. Luis Yeray Gutíerrez, Alcalde de La Laguna, representó a SM el Rey Felipe VI.

También su cadencia, sus estaciones y su clima. La bruma y la llovizna que, según nuestra paisana María Rosa Alonso, le dan, a veces, el aspecto de una ciudad nórdica. O el sereno que tantas mañanas se resiste a abandonar las aceras de sombra y el sol del mediodía que suele acompañar al Cristo cuando regresa al santuario. Una fuerza misteriosa nos liga a este lugar, hayamos nacido aquí o no; y sus rituales —compartidos o simplemente contemplados— refuerzan un sentimiento de comunidad.

Pero ¿tiene sentido exaltar lo ritual un año que, ya lo sabemos, no vamos a vivir o a revivir tantas costumbres? Quizá precisamente por eso sea el momento adecuado para detenernos, mirar hacia atrás y vislumbrar el futuro. Lo que estamos pasando nos invita a recapitular, en dos de sus acepciones: recordar y volver a pactar, organizar de nuevo. Es inevitable que a partir de ahora y al menos durante un tiempo se impongan ciertas variaciones, también en la forma de disfrutar estas fiestas.

Esto no debe asustarnos. Tradiciones que hoy nos resultan inamovibles tuvieron un origen y han experimentado cambios con el paso del tiempo. En buena medida, nos identificamos con ellas porque son una creación común, porque han incorporado aportaciones generación tras generación, como si transformar fuera la única garantía de pervivir. Este delicado equilibrio entre mantener la fidelidad a lo esencial y, a la vez, estar abiertos a acompasar lo antiguo a lo nuevo siempre es un reto. Ahora, además, es imperativo.

Comprenderán ustedes que de un historiador, como yo, será mejor esperar recuerdos que pronósticos. Y no tanto mis vivencias como las de quienes nos precedieron hace siglos como moradores de este hogar, como vecinos de esta ciudad. Por pequeño que sea, cada testimonio que se recupera es como un hallazgo arqueológico que nos permite comprender mejor el pasado. Estos documentos son vestigios, restos milagrosamente encontrados entre las ruinas de la historia. La propia imagen del Cristo lo es, pues se salvó de la inundación que afectó al convento franciscano en 1713, del incendio que lo destruyó en 1810 y de la desidia con la que durante un periodo, décadas más tarde, permaneció en su nuevo santuario. Hasta tal punto que el sacerdote José María Argibay, mayordomo de la capilla, llegó a lamentar que «Nuestro Señor muere como ha nacido: en un establo».

Conviene que advirtamos que, a pesar de lo que se ha investigado, la historia del Cristo de La Laguna presenta todavía interrogantes fundamentales y ángulos ciegos. Sin ir más lejos, sobre su propio origen. No se discute ya su procedencia de los antiguos Países Bajos meridionales, pero no se sabe exactamente cuándo, en qué lugar ni por quién fue hecho. Tampoco se conoce en qué momento y en qué circunstancias llegó a la isla. Estas incógnitas han propiciado desde hace siglos leyendas tan atractivas como fabulosas.

Varias versiones sostienen que fue labrado por ángeles y que llegó a Tenerife gracias al arcángel san Miguel. Otro relato identifica como autores nada menos que al evangelista Lucas, a José de Arimatea y a Nicodemo, los discípulos secretos de Jesús que ayudaron a desclavarlo y a descender su cuerpo del madero. Para unos llegó desde Damasco, para otros desde Jerusalén, con escalas en Egipto, en Venecia, en Barcelona, en Sanlúcar de Barrameda… Pero volvamos a la historia. Y lo que dice la historia es que al Cristo lo hizo La Laguna (…).

 

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