Pregón de las Fiestas del Cristo de La Laguna 2016 (I).Por Carmen Cruz Simó

Nuestro alcalde me propuso leer el pregón de las Fiestas del Cristo y acepté, sin pensármelo demasiado, porque no pude rechazar su tentadora y generosa oferta. Verdaderamente es un gran honor, una enorme satisfacción y una comprometida responsabilidad. Si el Sr. Alcalde me hubiera encargado la preparación de un concierto, yo estaría como pez en el agua. En este caso, he tenido que plantearme una tarea no habitual en mí, aunque, por otro lado, he de confesar que, como me gusta escribir, la elaboración de este texto que ahora comienzo me ha reportado experiencias muy gratificantes y enriquecedoras.
Cuando pensamos en los títulos de la ciudad: Noble, Leal, Fiel y de Ilustre Historia, Bien Cultural, Patrimonio de la Humanidad, Ciudad Universitaria y Episcopal… En las instituciones que alberga: Consejo Consultivo de Canarias, Instituto Astrofísico de Canarias, Instituto de Estudios Canarios, Real Sociedad Económica de Amigos del País, el primer y más antiguo Instituto de Canarias, puede abrumar la responsabilidad de proclamar ante mis convecinos nuestras fiestas mayores.
Gracias, Sr. Alcalde, Corporación, por hacerme este honor, ser pregonera en mi ciudad, a la que tanto quiero y de la que me siento tan orgullosa.
Mi ilustre predecesor en la tarea de leer el pregón de nuestras fiestas, mi admirado compañero académico, Eliseo Izquierdo, terminó su precioso discurso en septiembre pasado con una poética prosa que hablaba de música, de sonidos, de campanas: «… quienes más y mejor saben pregonar…». Yo, a modo de leixa prende, construcción de la lírica medieval, presente en nuestra seguidilla canaria, lo enlazo y sigo: quienes más y mejor saben pregonar traen al recuerdo, con sus alegres repiques nerviosos en la mañana del catorce, otros catorces; campanas de fiesta, ondas que corren por el aire de la ciudad y los campos circundantes conforme se va desperezando el día, y que nos llaman y llevan hacia el centro neurálgico de la ciudad al que concurrimos con diversas intenciones: la devoción, el deber, el gusto por la fiesta, la amistad, el encuentro anual con los amigos foráneos; la presunción social, la curiosidad…, y tantos otros sentimientos y actitudes.
Nos agrupamos en los alrededores de la Catedral, mientras algunos entramos y otros esperan a la salida de la procesión. Procuramos situarnos ventajosamente para disfrutar del, para nosotros, momento entrañable en el que el Cristo recibe la ofrenda del Orfeón, detenido su trono frente a la sociedad. Luego nos dirigimos a la Plaza adelantándonos a la comitiva en los últimos tramos. Y una vez en la Plaza hacemos tiempo en los ventorrillos, disfrutando de la charla lagunera hasta el solemne momento de la entrada tras la procesión de regreso. Y ¡Aquí está ya el Cristo!
