Los guanches de la Torre dell’Orologio en Venecia. Por Julio Torres. Epilogo

Un reloj, dos figuras y una historia que cruza el Atlántico

En la Plaza de San Marcos, la Torre dell’Orologio marca desde finales del siglo XV el ritmo de la vida veneciana. Su mecanismo renacentista y su compleja iconografía la han convertido en una atracción imprescindible para turistas y estudiosos. Pero son dos figuras de bronce —los célebres Mori— las que, con cada golpe de campana, despiertan un debate histórico que conecta inesperadamente a Venecia con las Islas Canarias.

Aunque oficialmente representan a gigantes que simbolizan el paso del tiempo, su fisonomía ha suscitado opiniones distintas: piel oscura, barba espesa, vestimenta de pieles y, sobre todo, la maza que sostienen —similar al sunta guanche— han llevado a algunos especialistas a plantear que estas figuras podrían haber sido inspiradas en aborígenes canarios capturados tras la conquista de Tenerife en 1496.

El mencey que llegó a Venecia

El centro de esta teoría es Don Enrique Canario, conocido también como Belicar, mencey de Icod. Tras la caída de Tenerife, fue entregado por Alonso Fernández de Lugo a los Reyes Católicos. Poco después, el embajador veneciano Domenico Capello lo recibió como obsequio diplomático, en un contexto en el que la presencia de “exóticos” en las cortes europeas no era infrecuente.

Los registros señalan que Don Enrique llegó a Venecia el 17 de mayo de 1497, coincidiendo con las etapas finales de la construcción de la Torre dell’Orologio y con los trabajos del escultor Paolo Savin. El mencey impresionó a la sociedad veneciana por su imponente presencia y su participación en la solemne procesión de la Vera Cruz, donde su figura causó una profunda curiosidad y asombro.

Este encuentro cultural —breve, intenso, documentado pero rodeado de vacíos historiográficos— es la base de la hipótesis: ¿pudo Paolo Savin tomar como referencia la imagen del mencey o de otros guanches trasladados a Italia en esos años?

Arte, poder y memoria

El parecido estilístico entre los Mori y las descripciones históricas de los guerreros guanches alimenta la posibilidad. Las figuras visten pieles, portan mazas gruesas y muestran un aire de fuerza primitiva que encaja con la representación que los europeos de la época hacían de los aborígenes canarios. Sin embargo, como ocurre con tantas historias fronterizas entre los archivos y la tradición oral, no existen pruebas definitivas.

Lo que sí está claro es que Don Enrique Canario no tuvo un destino monumental como el que hoy domina la plaza veneciana. Murió años después en Padua, probablemente afectado por la melancolía y la distancia de su tierra. Su paso por Italia quedó diluido en la historia… salvo en la posibilidad, tan sugerente como plausible, de que su memoria quedara inmortalizada en lo alto de la Torre dell’Orologio.

Una investigación abierta

El análisis más sólido sobre esta cuestión lo ofrece Mariano Gambín García en su estudio Un rey guanche en la corte de los Reyes Católicos, publicado en la Revista de Historia Canaria. Su reconstrucción minuciosa del recorrido del mencey aporta rigor académico a un tema que sigue generando interés entre historiadores, antropólogos y especialistas en arte renacentista.

Mientras tanto, los Mori siguen cumpliendo su función imperturbable. Cada golpe de la campana es, tal vez, un eco remoto de un pasado atlántico que se entrelaza con la historia veneciana. Y cada visitante que levanta la vista hacia lo alto de la torre participa —sin saberlo— de uno de los enigmas más singulares del patrimonio europeo.

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