De camino a la Navidad 2025: El momento de comenzar el belén (I). Por Julio Torres Santos

Hay un instante del año —no marcado por ninguna hoja de calendario ni por un reloj preciso— en el que sabemos que ha llegado el momento de comenzar el belén. No lo anuncia el frío, porque en Canarias el frío siempre llega tarde, ni lo dicta una campana litúrgica, aunque el Adviento nos guíe desde la distancia. Es otra cosa, más sutil, más nuestra.

El momento de comenzar el belén llega cuando, de repente, sentimos la necesidad de abrir esas cajas guardadas desde hace once meses. Cajas que huelen a cartón viejo, a musgo seco, a recuerdos que esperan su turno para volver a vivir. Es un gesto casi ritual: apartar con cuidado los papeles que envuelven las figuras, como si despertáramos a pequeños durmientes que llevan un año esperando esta fecha silenciosa.

En las casas laguneras —esas que conservan la tradición como quien guarda una llama pequeña pero firme— el belén empieza cuando el tiempo interior se alinea. Puede ser a finales de noviembre, puede ser el puente de diciembre, o puede ser cualquier tarde en la que la luz entra distinta por la ventana y uno siente que la Navidad está más cerca de lo que parece.

Y entonces comienzan los trabajos: colocar el corcho, amontonar las montañas, dejar que el Teide asome al fondo como eternamente asoma en los belenes canarios. Porque aquí el paisaje no es un adorno; es un homenaje. Cada barranco de papel, cada cueva oscura y cada camino de picón recrean un pedazo de la isla que nos sostiene. En ese instante, cuando el paisaje toma forma, el belén empieza a respirar.

A veces, el momento llega cuando se escucha la primera conversación familiar sobre “¿dónde ponemos este año el portal?”. O cuando aparece, casi sin querer, la figura de la aguadora con su cántaro, o el pastor de masapé, o la vieja casita que ya apenas se sostiene pero que nadie se atreve a reemplazar. Porque el belén no se renueva: se hereda.

El belén, en realidad, comienza cuando lo hace la memoria. Cuando una figura nos recuerda a un abuelo, cuando una casa de corcho nos trae a la mente la huerta de la infancia, cuando el sonido del papel al arrugarse revive una tradición que no quiere apagarse.

Ese es el verdadero momento de comenzar el belén.
No el que marca el calendario, sino el que dicta el corazón:
cuando la Navidad empieza a construirse primero por dentro,
y solo después sobre la mesa.

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