Las Tablas de San Andrés: la memoria que desciende por las cuestas de Icod de los Vinos
Quien visita el norte de Tenerife en los últimos días de noviembre no solo se encuentra con el rumor del mar o el aroma del vino nuevo. Se encuentra, también, con un latido antiguo: las Tablas de San Andrés, la fiesta que transforma las calles empinadas de Icod de los Vinos en ríos de madera, vértigo y tradición.
El nombre, aunque parezca religioso, es solo una coincidencia feliz. La costumbre nació de la gente y para la gente, y terminó abrazando las fechas de San Andrés porque así lo dictó el boca a boca, ese calendario secreto que solo conoce el pueblo.
Las tablas que un día fueron oficio
Cuenta la historia que, mucho antes de convertirse en juego, las tablas eran una herramienta. Icod, con sus barrancos y desniveles, obligaba a los bodegueros a ingeniárselas para llevar sus toneles hasta el mar. Allí, en la orilla, el agua salada purificaba el interior de los barriles, preparándolos para recibir el vino nuevo.
Sin carretas ni vehículos que resistieran la pendiente, los hombres hacían descender los barriles sobre tablas de madera, guiándolos cuesta abajo entre el crujido de la tea y el olor a resina. Y fue entonces cuando los jóvenes, fascinados por aquella mezcla de riesgo y destreza, comenzaron a imitar el descenso… pero sin barril. Solo ellos y la tabla. Solo la velocidad y la risa. Así nació la fiesta.
Herederos de un juego que aún vibra
Hoy ya no bajan los toneles, pero sí bajan las personas: niños que empiezan a conocer la tradición, adultos que la vuelven a vivir, mayores que recuerdan cómo era cuando todo parecía más rústico, más improvisado.
Las tablas se preparan con cera o con cebo, se pulen con el uso, se afinan con la experiencia. Algunas son pequeñas, íntimas; otras, enormes, pensadas para descender en grupo, como si la amistad también necesitara de la pendiente para ponerse en movimiento.
Las calles más inclinadas del municipio se convierten en pistas naturales. Y el municipio, consciente del magnetismo que hoy atrae a visitantes y curiosos, delimita espacios, cuida los recorridos y recuerda que la tradición también necesita ser protegida.
Dos días en que Icod vuelve a ser infancia
Durante el 29 y el 30 de noviembre, Icod de los Vinos respira de otra manera. El sonido de las tablas corriendo por la tea se mezcla con las risas, con el vino joven, con las historias que cada familia lleva contando desde hace generaciones.
Es una fiesta en la que cabe todo el mundo. Una celebración que, más que un evento, parece un relato que se renueva cada año: un pueblo entero recordando que, a veces, basta una tabla de madera y una buena cuesta para sentir que el tiempo también puede deslizarse.

