De camino a la Navidad 2025: El momento de comenzar el belén (III). Por Julio Torres Santos

Tradición centenaria de los laguneros y laguneras que va de generación a generación.
Hay un instante —más silencioso que todos los demás— que marca el verdadero inicio del belén. No es cuando se abre la caja, ni cuando se coloca la montaña, ni siquiera cuando el portal queda montado. Ese instante llega cuando uno se detiene, mira lo que ha construido sobre la mesa, y siente que algo de su propia vida ha quedado allí, entre las figuras, el corcho y las pequeñas luces.
Porque el belén, con toda su aparente fragilidad, tiene una fuerza inusual: la capacidad de unir tiempos. Mientras lo hacemos, convivimos con quienes fuimos y con quienes ya no están. Los recuerdos se acomodan entre los pastores y los caminos de arena como si siempre hubieran pertenecido a ese paisaje diminuto.
Y entonces sucede lo más hermoso: el belén deja de ser un objeto que se monta y pasa a ser un espacio que se habita. Uno lo mira y no ve solo figuras inmóviles, sino escenas que se mueven con la imaginación. El agua del molino parece correr, la hoguera parece calentar, el pastor parece caminar. No es magia: es memoria.
En las casas laguneras esto se siente con especial claridad. Mientras colocamos al aguador, al carbonero o a la mujer que tiende ropa, sentimos que representamos oficios que fueron de verdad, vidas que caminaron por nuestras calles, voces que aún resuenan en el eco suave de las tradiciones. El belén, aquí, es también un retrato de nuestra identidad.
Y llega ese momento final, casi imperceptible, en el que decidimos colocar la última figura. Puede ser un pastor, un animal, una cesta de frutas. Esa figura es la que cierra el círculo y, al hacerlo, algo se ordena dentro de nosotros. El belén está completo, sí… pero también lo estamos nosotros.
Entonces respiramos hondo.
Miramos el paisaje que hemos creado.
Y sentimos, sin necesidad de palabras, que la Navidad ha entrado en casa.
No porque lo diga un calendario,
sino porque el belén —nuestro belén— ya está vivo.
Y así, año tras año, volvemos a comprobar que el momento de comenzar el belén no es un día concreto, sino un encuentro:
un encuentro entre la memoria y la esperanza,
entre lo que fuimos y lo que todavía podemos ser.
