La realidad no cabe en un titular. Por Juan Pedro Rivero González

El miércoles leía con satisfacción una noticia publicada por el Ayuntamiento de La Laguna: nuestro municipio lidera el descenso de la criminalidad entre las cuatro grandes ciudades de Canarias. Según los datos correspondientes al primer semestre de 2026, las infracciones penales descendieron un 6,5 % respecto al mismo periodo del año anterior y la criminalidad convencional lo hizo en un 10,9 %. Son cifras procedentes del balance del Ministerio del Interior y, por tanto, datos que deben ser conocidos, reconocidos y valorados en su justa medida.

La coincidencia quiso, sin embargo, ofrecerme ese mismo día otra imagen. Al llegar a la ermita de San Cristóbal encontré que habían forzado su puerta. No lo cuento como reproche, ni mucho menos para convertir una experiencia concreta en argumento contra unas estadísticas generales. Sería intelectualmente injusto hacerlo. Una puerta violentada no invalida una tendencia estadística, como tampoco un dato favorable puede hacer desaparecer una puerta violentada.

Quizá precisamente ahí se encuentra una pequeña enseñanza sobre nuestra manera de mirar la realidad. Nos hemos acostumbrado a comprender el mundo mediante cifras, porcentajes, gráficos, titulares y breves mensajes que pretenden condensar situaciones extraordinariamente complejas. Los necesitamos. Sin ellos sería imposible conocer tendencias, comparar periodos o diseñar políticas públicas. Pero el mapa nunca es el territorio y el dato, por exacto que sea, nunca contiene por completo aquello que intenta describir.

La noticia municipal señala que en los primeros seis meses del año se contabilizaron 3.100 infracciones penales, 217 menos que durante el mismo periodo de 2025. También descendieron significativamente los robos con fuerza en domicilios, establecimientos y otras instalaciones, de 111 a 77, y los hurtos, de 630 a 519. Son hechos relevantes y constituyen una perspectiva necesaria para comprender lo que está sucediendo en nuestra ciudad. Pero cada una de esas cifras está formada, a su vez, por situaciones concretas, lugares concretos y personas concretas.

La ermita de San Cristóbal tampoco es solamente una puerta. Es uno de esos pequeños espacios donde la historia de La Laguna se vuelve visible. Su origen se remonta a comienzos del siglo XVI y está vinculada a algunos de los primeros episodios históricos de la ciudad. Cuando se deteriora o se violenta un lugar así, por pequeño que sea el daño, no estamos únicamente ante una incidencia material. Algo de nuestro patrimonio común, de nuestra memoria y de aquello que hemos recibido para transmitirlo a quienes vienen detrás queda también afectado.

Por eso conviene huir de las dos simplificaciones. La primera sería afirmar que La Laguna es una ciudad insegura porque un día encontramos una puerta forzada. La segunda consistiría en pensar que, porque las estadísticas mejoran, cada rincón de la ciudad participa necesariamente de esa mejoría de la misma manera. Entre ambas afirmaciones se encuentra la realidad: compleja, concreta, llena de matices y, tantas veces, resistente a nuestros intentos de encerrarla en un solo relato.

Tal vez gobernar, educar y sencillamente convivir exijan precisamente eso: aprender a mirar la realidad entera. Alegrarnos cuando los indicadores mejoran, reconocer el trabajo que pueda estar dando frutos y, al mismo tiempo, mantener los ojos abiertos ante aquello que todavía necesita cuidado. La realidad siempre es más grande que nuestras ideas sobre ella. Aquella mañana, un buen dato sobre La Laguna y una puerta forzada en la ermita de San Cristóbal no se contradecían. Simplemente me recordaban, juntas, que lo real nunca cabe del todo en un titular.

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