La Laguna en noviembre: San Diego, la Fuga y sus fiestas (IV). Por Julio Torres

La ermita de San Diego del Monte, su historia, su patrimonio arquitectónico y las leyendas que rodean al Siervo de Dios, Juan de Jesús, constituyen motivos más que suficientes para acercarse a uno de los rincones más singulares y entrañables de La Laguna.
La ermita de San Diego del Monte
En 1821, con la supresión de los conventos, el recinto religioso de San Diego del Monte, que por entonces se encontraba bastante deteriorado, fue sacado a subasta. Finalmente, en 1839, el convento, sus tierras y la iglesia pasaron a manos privadas.
La ermita consta de una sola nave, de aproximadamente 21 metros de largo por 9 de ancho. Conserva un pavimento de antiguas losetas cerámicas y una cubierta de teja árabe a cuatro aguas, con artesonado de madera.
Exteriormente, presenta una disposición característica de las construcciones religiosas tradicionales de Canarias: una única nave adosada, por el lado del Evangelio, al antiguo convento.
La fachada principal destaca por su sencillez y sobriedad. Está delimitada por esquineras de piedra y rematada, en el extremo correspondiente al lado del Evangelio, por una espadaña de cantería distribuida en dos alturas. La inferior presenta dos vanos, ambos con campanas, mientras que la superior cuenta con un tercer hueco de menores dimensiones.
Sobre la entrada principal, a la altura del coro, se abre una ventana adintelada enmarcada en cantería, de características similares a la utilizada en las esquineras y la espadaña. La puerta de acceso al templo queda enmarcada por un arco de medio punto, también de piedra. A ambos lados de la entrada se disponen dos bancos de fábrica, a modo de poyos, que acentúan el carácter tradicional del edificio.
La fachada lateral, correspondiente al lado de la Epístola, presenta dos ventanas rematadas con arcos de medio punto de cantería gris. En este mismo lateral se conserva otro arco de medio punto, igualmente realizado en piedra gris, que sirvió como acceso secundario a la ermita y que posiblemente corresponda a una de las puertas mencionadas en la documentación de finales del siglo XVII.
En el interior destaca el coro alto, que ocupa toda la anchura de la nave y al que se accede mediante una escalera de pronunciada inclinación. La subida está protegida por una barandilla de madera, decorada con sencillos balaustres torneados.
Otro elemento singular es el poyo que recorre el muro del lado de la Epístola hasta las proximidades del presbiterio. Construido durante la segunda mitad del siglo XIX, presenta un asiento de losas de barro semejantes a las utilizadas en el pavimento. Este tipo de banco corrido constituye uno de los elementos más característicos de las ermitas canarias, tanto en sus espacios interiores como exteriores.
El 24 de marzo de 2003 se incoó el expediente para la declaración de la ermita de San Diego como Bien de Interés Cultural (BIC), con la categoría de Monumento, en reconocimiento a sus valores históricos, arquitectónicos y patrimoniales.
