Fotos, coplas y poemas. Los dos Crepúsculos. José Tábares Bartlett (1850-1921)

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Los lavaderos de Bajamar con su piedras de lavar (foto inédita). Foto cedida por familia de doña Victoria Alonso y publicada por Carlos García. Que según hemos podido saber de buena fuente está buceando en la historia de Bajamar. Esperamos ese libro como agua de mayo.

Rescoldos poéticos de la Escuela Regionalista, que como es sabido la integraron un conjunto de poetas laguneros del siglo XIX y principios del XX influidos por movimientos literarios como el romanticismo y el realismo, que adaptaron en sus poemas a la idiosincrasia canaria.

A orillas del mar cercano,
sobre un solitario risco,
junto á un niño había un anciano,
crispando su pelo cano
las ráfagas del ventisco.

Su faz la aurora asomaba
entre nubes de arrebol,
y en colores se bañaba
la esfera, que iluminaba
la naciente luz del sol.

A su llorado reflejo,
lleno de santo cariño,
pidióle el niño un consejo,
y cuentan que así habló el viejo
con acento grave al niño.

—En la misma Creación,
que á su análisis convida
en su eterna evolución,
se halla la asimilación
del problema de la vida.

Cuando las sombras deshace
la luz del alba que nace,
el día su infacia vive;
aliento vital recibe
el planeta y se complace.

Cuando el astro matinal,
de asombrosa magnitud,
en su carrera triunfal
toca en la meridional;
el día, es la Juventud.

Cuando moribundo arde,
y á sepultar va su tez
quizá por última vez
en las sombras de la tarde;
ha llegado á la vejez.

Fija aquí tu pensamiento;
y advierte, sin que te asombre,
la semejanza que invento;
el mundo es el firmamento,
y un astro que gira, el hombre.

Cuida, pues, en tu carrera,
hoy que á las nieblas extraño
tu ser luce y reverbera,
no empañen tu limpia esfera
las sombras del desengaño.—

Calló el anciano: y el día
siguiendo su curso en tanto,
lánguidamente moría;
tras de los montes hundía
de grana y oro su manto.

Con candidez peregrina,
el niño, que atento yace,
dijo vuelto á la colina:
—Yo soy la aurora que nace,
tú eres el sol que declina;

¿no es cierto?—Y el buen anciano
mientras el sol en su coche
se hundía en confín lejano,
cogiendo el niño de mano
pensó triste:- ¡Ya es de noche!

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