Fotos, coplas y poemas a las fiestas de otoño (XVI)

En el turno de poetas que cantan a La Laguna Manuel Castañeda González (1921-2001). Poeta natural de Santa Cruz de La Palma, pero residió desde niño en Santa Cruz de Tenerife.

Con la ciudad cantando

Con la ciudad cantando
Y fue tal tu empeño en el laboreo
que, extraña, entendiendo las admoniciones,
eras en tu vientre un relampagueo fecundo,
al conjuro de las predicciones…

Ya estaba la piedra que el sueño edifica
y deja en los siglos su eco de palabra.
Con ritmo constante cantaba la pica,
y, obsesión de hierro, el cincel que labra.

Y tan hondamente a tu empuje creces,
te amarras tan firme, y tan honda suenas
que, bajo el alisio, tu cuerpo estremeces,
mientras se dilatan sin cesar tus venas.

Mas alguien velaba frente a tus rigores,
no desde la cumbre en el altozano:
son los seis alfiles de tus Regidores,
Pedro de Mexía, Guillen Castellano…

Pero entre las frondas quien soñar
te pudo y en un arrebato, su Amor te dispara,
quien te dio raíces y afirma tu escudo,
-veloz mensajero- fue Pedro Vergara.

Y ardes -una breña- en Juana la Loca,
que así emblematiza al volcán que suena
El hunde su brazo, temblando,
en la roca y en la mar, su frente que todo lo llena

Y bajo este asombro, tus generaciones
en gozoso impulso rinden sus tributos:
y el panal fecundo de tus fundaciones
rezuma y expande sus más dulces frutos.

Así te me clavas, en mi vida entera,
y en mí te prolongas, profunda y no vana:
a en el chorro inmenso de José de Viera
y en los hontanares íntimos de Viana.

Tú en mi alma pones voces ancestrales
y así te me clavas, Ciudad, sí tan hondo
Si en el pecho, toda, de un tirón me sales
tú más me socavas, oculta, en el fondo

Ya ves en los dos, de qué modo impune,
a los elementos en uno fundido:

Si el agua -un misterio- el fuego nos une,
y en los vientres somos un solo latido.

Así, tenazmente, mueves mi ramaje,
y yo en tus raíces, asciendo y asciendo:
tu el soplo celeste de un alto cordaje,
y yo a tus orillas, como el mar, latiendo.

Así tenazmente, piedra y cal desnuda,
tu caudal enorme en mí se acrecienta,
Pues si a tu garganta hoy mi sed se anuda,
la mía —un pozo- la tuya revienta…

Por eso mi verso solícito acude
a tu permanencia le pido acomodo,
Pues la misma sangre, la que te sacude,
rompe en mí, convulsa, de idéntico modo.

Manuel Castañeda González

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