Fiestas de verano: Los caballos para recreo de las «guiris» también llegaron de Los Rodeos a Bajamar

Entre mis recuerdos de «pibe» está aquella época en la que, dos veces por semana, iba a un picadero de Los Rodeos a montar a caballo. Mi preferido era Canario, un viejo veterano del Ejército

Tengo que reconocer que, por el poco tiempo que podía dedicar a aquella afición y, también, por razones económicas, nunca me planteé seriamente llegar a ser jinete de salto. Pero sí disfruté de la monta a la inglesa mientras mis actividades —y el bolsillo— me lo permitieron.

Quizá por eso guardo un recuerdo especial de aquel verano en el que Carmelo —así se llamaba, y se sigue llamando, el instructor—, junto con Miguel Álvarez Cambreleng y Manolo Simó, llevó al nuevo picadero de la urbanización La Vernetta, en Bajamar, los caballos que aparecen en la fotografía. De izquierda a derecha: Feo, Aguilucho, Sabrina, Mora y Colirum.

Fueron, sin duda, los primeros caballos que bajaron a «veranear» a Bajamar. Y digo bajaron porque procedían de la cuadra de los Franchy, en El Portezuelo-Los Rodeos.

Para los no versados en cuestiones «hípicas laguneras» —que haberlos, haylos— conviene hacer aquí algunas aclaraciones.

En una primera etapa, la escuela de equitación de Carmelo, instalada en la cuadra Franchy, fue desarrollándose bajo su gestión personal. Más tarde aparecería el Club Hípico La Atalaya y, paralelamente, surgiría entre los nuevos promotores turísticos de Bajamar el interés por incorporar un picadero a la oferta de ocio de aquella zona que comenzaba a transformarse al calor del turismo.

Primeros bungalows edificados en Bajamar, al fondo el «Altagay» con una sola fase edificada y a la derecha La Hoya. Bajamar año 64.

El nuevo picadero se construyó en la ladera de la montaña de Isogue-La Vernetta, por iniciativa de los promotores Manolo Simó y Miguel Álvarez Cambreleng. Este último llegó incluso a ser objeto de las coplas de la murga Los Desafinados, que, ya por entonces y en tono de humor, aludían al problema de la vivienda asegurando que la solución serían los famosos bungalows de «Cambreleng».

La llegada de aquellos caballos desde Los Rodeos no fue, por tanto, una simple anécdota veraniega. Formaba parte de algo más amplio: el intento de dotar a la nueva zona turística de Bajamar de actividades de ocio y recreo destinadas, en buena medida, a los visitantes extranjeros que comenzaban a frecuentarla.

Entre aquellas nuevas posibilidades estaba una ciertamente novedosa para el lugar: montar a caballo y recorrer sus alrededores desde la silla de montar.

Y así fue como Feo, Aguilucho, Sabrina, Mora y Colirum cambiaron por un tiempo los altos y verdes campos de Los Rodeos por las laderas de Bajamar. Sin saberlo, aquellos caballos se convirtieron también, a su manera, en pequeños protagonistas de los primeros años del desarrollo turístico de la costa lagunera.

Una estampa más de aquellos veranos en los que Bajamar comenzaba a descubrir que el turismo no solo traía hoteles, apartamentos y visitantes extranjeros: también podía hacer bajar los caballos desde Los Rodeos hasta la orilla del mar.

N. E. En el capítulo III ofrecemos los textos íntegros del primer folleto turístico de La Laguna-Bajamar-La Punta del Hidalgo.

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