En el norte de Tenerife, esta noche “Se abren las bodegas”. Por Julio Torres Santos

Siempre ha sido así: en la noche de San Andrés se abren las bodegas, se corren los carros según la tradición popular, y se prueba el vino nuevo que ha permanecido encerrado desde septiembre en la tranquilidad de la bodega.

Queda atrás el esfuerzo diario, el sudor del trabajo. Después vino el arte de cada cual. Y ahora, en plena fiesta, todo está listo para descubrir el milagro de cada año. Sardinas asadas, castañas tostadas, carne fiesta, pan de matalauva… Un vaso en cada mano, la botella lista para girar y que el vino fluya.

El líquido se desliza lentamente en el cristal, formando una leve espuma en la superficie. El bodeguero sonríe a la concurrencia y respira el aire lleno de aromas. El vino se reparte vaso a vaso en un rito pausado, casi religioso.

La nariz recibe el primer impacto y la boca agradece la caricia del licor. El vino se funde con el cuerpo, las dudas se disipan y surge el asentimiento silencioso. Entonces, las palabras brotan sin ritmo: el milagro se ha cumplido, como todos los años. El rito se vuelve mecánico: las botellas pasan de mano en mano, los vasos se llenan y se vacían, y de nuevo se llenan. Y se escucha un clamor: ¡Viva San Andrés!

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