El Lunes Santo es el día para los pasos de los conventos laguneros, es un lunes que no huele a prisa

El Lunes Santo en La Laguna no es un lunes: es una rendija en el tiempo. Una grieta por la que se cuela el olor antiguo del incienso, mezclado con la madera vieja de las techumbres mudéjares, que crujen como si también ellas quisieran salir en procesión. Hay días que pasan sin dejar huella; este, en cambio, deja poso, como el vino bueno o la memoria de una casa que ya no existe

Es lunes, sí, pero no pesa. Es un lunes liviano, sostenido por siglos de silencio conventual, por manos que no se ven pero que han cuidado cada pliegue de cada manto, cada lágrima de cada rostro tallado. Hoy, las imágenes abandonan el recogimiento de sus muros para entregarse, sin aspavientos, a la calle.

La ciudad —que suele ir deprisa— hoy se detiene en la Plaza de Abajo. Allí, donde el frío parece más antiguo que en cualquier otra esquina, se congrega quien sabe esperar. Porque esto no es espectáculo: es revelación lenta. Primero el rumor, luego la madera, luego la forma. Y de pronto, la emoción.

Salen las Insignias de la Pasión, con ese aire contenido que tienen las cosas que no necesitan explicarse. La Virgen de la Soledad, anónima como tantas verdades importantes, avanza acompañada de los símbolos que cuentan una historia conocida, pero nunca gastada. La plata, trabajada cuando La Laguna era taller y latido del archipiélago, devuelve la luz en destellos fríos, casi aristocráticos, como si el dolor también supiera vestirse bien.

Desde las Claras, el Huerto de los Olivos se abre paso con la delicadeza de lo íntimo. Cinco figuras que no son cinco, sino muchas más: la angustia, la entrega, el sueño torpe de los apóstoles, la vigilia de quien sabe lo que viene. El ángel parece recién llegado, como si no terminara de acostumbrarse a su papel. Y Cristo, en ese instante detenido, no pide compasión: la provoca.

Y luego, desde la Catedral, el Cristo del Amor Misericordioso. Nombre largo para un gesto sencillo: mirar sin juzgar. La Magdalena lo acompaña, como acompañan siempre los que entienden sin necesidad de palabras. Hay algo en ese paso que no se explica, que se siente en la garganta, como cuando uno está a punto de decir algo importante y decide callar.

La noche caerá, porque siempre cae. Y habrá quien confunda la penitencia con el castigo, o la tradición con la costumbre vacía. Pero también estarán los otros: los que saben que este lunes no se mide en horas, sino en instantes.

Y sí, puede que el frío invite a buscar consuelo. Algunos lo harán en bebidas extranjeras, nombres difíciles y precios aún más difíciles de justificar. Otros, más sensatos, elegirán el vino del norte, que también tiene algo de liturgia y bastante de verdad.

Porque al final, el Lunes Santo en La Laguna no pide mucho: solo estar. Mirar. Respirar hondo. Y dejar que, por un rato, el tiempo camine al paso de un tambor lejano.

También te podría gustar...