El carnaval de antaño en La Laguna le decía adiós a la carne

Una de las grandes fiestas de la historia gastronómica española, y cristiana en general, fue durante siglos el Carnaval, una tradición pagana de desenfreno y orgías que el Clero consentía a «regañadientes» (hubo un Papa, Gelasio I, que intentó cargárselo cambiándolo por la fiesta de la Candelaria, pero se lo cepillaron antes de lograrlo), pero que los gobernantes usaban como válvula de escape para una sociedad que salía de los rigores y penurias del invierno y tenía que desahogarse un poco antes de sufrir las abstinencias y purificaciones pascuales de Cuaresma y Semana Santa.

Las matanzas habían terminado y, contando con que hasta dos meses después, los fieros vigilantes de nuestras frágiles almas velarían por evitar que pecásemos comiendo esas golosinas, pues durante esa semana se descolgaban de los secaderos todo tipo de salazones y embutidos para despedirse de la buena mesa, porque Carnaval viene de “carne”, del italiano “carne vali”, o sea, que uno podía ponerse ciego de «jalufa» sin por ello ir al infierno.

Hoy ya nada de esto tiene sentido, porque ya no son los curas ni la Cuaresma quién nos prohíbe comer ese bocata de panceta a la plancha, sino el endocrino que vigila nuestro colesterol, de ahí que se hayan perdido casi todas las costumbres culinarias carnavaleras.

Aquella Laguna rigida en cuaresma decía adiós a la carne el Martes de Carnaval y hasta el Domingo de Piñata. Esperaban las confesiones y los ejercicios espirituales, los altares cubiertos de tela morada y misereres -Salmo de la Biblia compuesto por el rey David para pedir perdón por sus pecados y que comienza con la palabra miserere, que en latín significa ‘apiádate’… solo queda este domingo de carnestolendas, hoy es ya ¡¡Domingo de Piñata!! del  carnaval  de las «mascarillas»,

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