El 7 de julio San Fermín en la laguna de antes

San Fermín en una casa lagunera. Foto: lalagunaahora 2024.
La tradición sanferminera lagunera se perdió con la jubilación, en el 2014, de Javier Basterra, tras muchos años celebrándose los Sanfermines en su tasca. Tal día como el de hoy, 7 de julio, se celebraba San Fermín con un buen rabo de toro en la carta. Javier ya tiene pensado este año el rabo de toro para las Fiestas del Cristo.
Nosotros, como hemos hecho durante años, a San Fermín lo ponemos en un altar; hoy le tocó junto a San Juan Bautista, otro famoso santo de verano. La imagen de San Fermín me la traje a finales de los años 70 desde Pamplona y todos los años la veneramos en su Día.
¿Quién fue San Fermín?
Según cuenta la leyenda, San Fermín era hijo del jefazo romano de Pamplona hacia el siglo III. Un cura francés que estaba de visita por aquí, San Saturnino, lo convirtió al cristianismo, así que se fue a Toulouse (Francia) a hacer un máster de obispo y volvió para liberar al pueblo trabajador de sus supersticiones. Luego regresó otra vez a Francia, cristianizó a miles de paganos y se quedó a vivir en Amiens.
Alguna bronca debió de tener con las autoridades, porque acabó torturado y degollado. Su cuerpo reposa en Amiens, aunque anda repartido por ahí en forma de reliquias (en Pamplona hay tres).
La verdad es que con este curriculum, es una ironía que le den tu nombre a una bacanal famosa en todo el mundo. Así es la vida. De todos modos no todo en estas fiestas es juerga. Al santo le dedicamos una procesión muy bonita el día de su onomástica y él, en agradecimiento, nos hace de doblador en los encierros protegiendo a los corredores: es lo que llamamos el famoso “capotico de San Fermín”.
Culto al santo
Cuenta la tradición que el presbítero Honesto llegó a la Pamplona romana, enviado por San Saturnino para evangelizarla, y que el senador Firmo se convirtió al cristianismo con toda su familia. Fermín, su hijo, fue educado por Honesto y, cuando tuvo diecisiete años, comenzó a predicar por los alrededores. Más tarde, a los veinticuatro, fue consagrado obispo por Honorato, que era prelado de Toulouse.
A la edad de treinta y un años, Fermín marchó a predicar el Evangelio a las Galias: en un primer momento, estuvo en Aquitania, Auvernia y Anjou; más tarde, en Amiens, donde consiguió muchas conversiones, sufrió cárcel y, con posterioridad, el martirio por decapitación, un veinticinco de septiembre.
Su cuerpo fue sepultado en secreto por algunos cristianos, apareció siglos después, el trece de enero del año 615, en el episcopado de san Salvio, y fue trasladado a la cercana ciudad: unos magníficos relieves góticos del siglo XV, labrados en el trasaltar de aquella catedral que conserva los restos del santo, narran esta historia.
¿Existió San Fermín?
Mucha gente ha oído hablar sobre San Fermín o, por lo menos, conoce su nombre gracias a las fiestas que se celebran en Pamplona en su honor. Pocos saben, sin embargo, que su historia, al igual que la de otros santos, es una leyenda que para muchos estudiosos carece de base histórica.
La leyenda nació hacia el siglo IX en la localidad francesa de Amiens, y desde allí llegó a Pamplona en el siglo XII, convirtiéndose en un santo de devoción para cientos de pamploneses.
Recientemente, una tesis elaborada por el historiador Roldán Jimeno, hijo del prestigioso historiador pamplonés Jimeno Jurío, ha refrendado la conclusión a la que llegaron en 1970 varios historiadores de la capital navarra y arqueólogos de Amiens: ambos investigaron por separado, y concluyeron que la historia de San Fermín no tenía base histórica alguna. A pesar de ello, Amiens y Pamplona siguen rindiendo culto a este santo y miles de personas en el mundo han oído hablar de él gracias a las fiestas de Sanfermin.
La leyenda de Amiens
Cuenta la leyenda que Firmus, un senador que vivía en tiempos de los emperadores Diocleciano y Maximiano, era gobernador general de la región y tenía un hijo llamado Fermín. Así se recoge en uno de los primeros textos que se conocen acerca de la leyenda de San Fermín, el del escritor Jacobo de Voragine titulado “La leyenda dorada” y que data de 1264. Al parecer, Firmus confió la educación de su hijo Fermín al presbítero Honesto, quien envió a Fermín a realizar sus estudios a Toulouse y pidió al arzobispo de la localidad que lo ordenase sacerdote para que pudiese predicar la fe cristiana. Así lo hizo, y Fermín volvió a Pamplona con la misión de evangelizar, consagrado ya como obispo, donde permaneció hasta los 31 años, antes de marchar a las Galias.
Fermín primero estuvo en Agen, luego en la comarca de Beauvais y por último en Amiens donde, tras soportar la persecución romana, convirtió, según cuenta la leyenda, en tan sólo cuarenta días, a tresmil personas. Parece ser que a los gobernadores romanos no les hizo especial gracia y, tras detenerlo y encerrarlo en la cárcel, lo degollaron en secreto un 25 de septiembre, que es la fecha en la que se recuerda su martirio.
Esta leyenda recogida en el texto de Jacobo Vorágine data su origen en la Alta Edad Medía, en la localidad francesa de Amiens, capital de Picardía, situada a unos 150 km. de París. Aunque no existe una fecha exacta, los primeros datos históricos la sitúan en el siglo IX. Por aquel entonces, tal y como nos cuenta el historiador Roldán Jimeno, “a la hora de elegir el santo que cristianizaría a la ciudad, era muy normal escoger un personaje extranjero que diese cierto toque exótico y relevante a la urbe. En Amiens escogieron a Fermín, porque era vascón y romano a la vez y les resultó bastante atractivo. A partir de entonces, construyeron una historia que ha ido variando con el tiempo, a medida que ha sido transmitida de generación en generación”.
La leyenda llegó a Pamplona por primera vez hacia el siglo XII, cuando el entonces arzobispo de Pamplona, Pedro de París, tuvo noticia de ella y trajo consigo una reliquia que fue depositada en el altar de la Catedral de Pamplona. Con el tiempo, el culto se fue extendiendo a toda Navarra. Para los habitantes de Pamplona, que existiera un santo que, además, había sido el primer arzobispo de Pamplona, fue un auténtico hallazgo; cambiaron parte de la historia francesa adelantando la evangelización de la capital navarra al siglo I, dato que contradecía la fecha de la leyenda de Amiens, que la situaba en el siglo III.
Distintos cronistas navarros recogieron esta versión y la fueron adornando cada vez más. Con el paso del tiempo, el culto a San Fermín se fue acrecentando en las dos localidades, con particularidades locales. En el siglo XVIII se dieron a conocer “Las Actas Sinceras”, de Miguel Joseph de Maceda, que mostraban la versión pamplonesa de la leyenda. Algún tiempo más tarde, cuando el texto llegó a Amiens, se suscitó una gran polémica respecto a la fecha, ya que la tradición pamplonesa decía que San Fermín había vivido en el siglo I, y la de Amiens, en el siglo III. Finalmente decidieron fundir ambas tradiciones y fueron recogidas en un libro.
