Un pregon instructivo y que merece ser conocido es el de las pasadas fiestas de San Juan en La Laguna (VII).Por Juan Martínez Torvisco

Aquellos vetorrillos de la
PREGÓN DE SAN JUAN BAUTISTA Iglesia San Juan Bautista SAN CRISTÓBAL DE LA LAGUNA 17 DE JUNIO DE 2016
DELEITES POPULARES
Entre los deleites populares que se llevaban a cabo en el siglo XVI, se encuentran las verbenas y las hogueras. La procesión recorría las adoquinadas calles de La Laguna adornada con arcos florales. Aunque dentro del programa festivo destacaba la puesta en escena de una comedia, en su modalidad de entremés, o especie de pantomima que se representaba en ambientes cortesanos que se estrenaba en el Corpus y que se volvía a representar el día de San Juan.
Las hogueras en la noche del Precursor, no son diferentes a otras tradiciones y en particular en La Laguna constituía un acontecimiento para mayores y pequeños que en torno al fuego pasaban el inicio de la noche mágica de San Juan. Es una costumbre muy extendida en las islas la de saltar las llamas y la de caminar por encima de las brasas, tratando de ahuyentar los espíritus malignos e invocando la protección divina.
Y llegados aquí y ahora, las fogaleras, que alumbran, en Nivaria, la noche de San Juan representan la acción de quemar lo caduco y malo, que simbolizamos en trastos y despojos, colocando en lo alto al tradicional “haragán”, metáfora de lo demoniaco y así conseguir la purificación dando entrada a lo nuevo. Las casas debían lucir sus cortinas nuevas, se debían lanzar las banderas al viento. Los vecinos iban pasando casa por casa con su hucha para recaudar fondos para las fiestas.
Dentro de este mismo siglo XVI, Torres Santos sostiene, bien documentado que existían unos espectáculos organizados por el Cabildo, eran similares a los que las familias establecidas en La Laguna durante el XVI solían celebrar en sus pueblos de origen, sobre todo Andalucía, Extremadura y zonas de Portugal. Actos a los que influencias y motivaciones de carácter personal habían venido dando el sesgo que conforman la centuria del XVII. Las propias ordenanzas de Tenerife así lo reflejaban al disponer que el día de San Juan, en la plaza mayor de San Miguel se corrieran toros y que los caballeros jugasen cañas. Estos regocijos populares que se desarrollaban en el mismo: carreras de caballo -sortijas-, parrandas y bailes, luchas canarias a tres, e incluso juegos de azar, entre los que se contaban dados y naipes, pasatiempo a veces apasionado, practicado, pese a las frecuentes prohibiciones, tanto en las casas más encopetadas del casco urbano como en las humildes tabernas del barrio.
Las romerías tampoco faltaban en esta época, el 24 de junio también era día de romeros, puntuales en sus visitas al santo; de reparto de centenares de panes a los menesterosos, aunque en principio (1614-1627) solía efectuarse el Jueves Santo; de reuniones y comidas en familia con presencia de los miembros de las mismas residentes en otros lugares. Había abundante consumo de vino, que contribuía a incrementar la alegría y el sano jolgorio. Este día se producían modestos estrenos que conllevaban abundante trabajo para costureras y sastres; de piropos y recados amorosos, y hasta en ocasiones de pícaros que hacían su agosto aprovechándose de la candidez de la buena gente.
Asimismo, los vecinos que en las vísperas se preocupaban de traer carretadas y cargas de ramas destinadas a la ornamentación vegetal de la ermita y sus alrededores, así como a la habilitación de arcos elaborados con espigas de trigo, flores, panes, grandes rosquetes y frutos del país.
En buena medida, las fiestas de San Juan -y las de Corpus y San Cristóbal en menor escala- reflejaban la realidad social de La Laguna del siglo XVII, dado que incluían los mencionados espectáculos -reitero que organizados por el Ayuntamiento en lugares céntricos de la ciudad- seguidos con interés por la mayoría de sus habitantes, necesitados de actividades donde dar rienda suelta a su alegría y recuperarse del cansancio del trabajo cotidiano. Variedad de danzas -danzas de gitanos y otras muchas-, a veces inventadas para la ocasión, se desarrollaban tanto en la víspera como durante el día principal, previo contrato establecido entre los responsables de las mismas y el Concejo municipal, obligado en algunos casos a facilitar a sus intérpretes vestuario, galas, tamboriles e incluso máscaras y vestidos de librea.
Los acuerdos establecidos en 1635 con el herrero-artista Melchor Ruiz, y siete años más tarde con el sombrerero y también inventor de danzas Mateo de Lima lo testimonian. Actos no exentos de comentarios negativos, que el beneficiado de los Remedios Juan González de Medina intentó contrarrestar escribiendo, en la segunda mitad de la centuria, que los regocijos dirigidos al culto los calificaba la devoción, y los dañinos horrores que algunos pretendían ver en los mismos se encargaban de ahuyentarlos los decentes festejos que divertían.
En resumen, eran las fiestas más populares de la zona, incluso para los labradores solteros, que a mediados de la centuria optaron por celebrar las de San Plácido, cuya antigua imagen terminó pasando al Chorrillo después de que el capellán Cándido Rodríguez del Rey, en las primeras décadas del siglo XIX, encargara al escultor Fernando Francisco Estévez la de espléndida cabeza existente en la actualidad en el retablo de su advocación.
Tampoco faltaban las representaciones teatrales, en este Siglo XVII en tablados preparados al efecto. Seguidas en su desarrollo por un público atento, los regidores, a la hora de su programación, procuraban que las obras fueran distintas cada día, porque la ciudad era pequeña y los espectadores casi siempre los mismos; causa principal del predominio de comedias y entremeses, habitualmente interpretados por aficionados, como Francisco Rodríguez, Diego Bravo de Acuña, Francisco González…
Sobre todo, ello existe abundancia de datos y referencias escritas sobre la contratación de buenos danzarines, bailadores y tamborileros para concurrir a la sobresaliente procesión de San Juan, celebrada siempre con presencia del clero, comunidades religiosas, Ayuntamiento con su pendón, milicias y demás, y seguida por muchísimos laguneros con devoción y vivo interés.
Pero con los siglos pasan las costumbres y tradiciones. La devoción se fue perdiendo con los años, San Juan se quedó solo. En el año 1862, la autoridad eclesiástica cedió el templo para hospital militar, dándose el caso de haber pasado dos años cerrado al culto por estar ocupado por un enfermo.
Las piedras de su fachada se cubrieron con pintura que ocultaba su belleza artística. Un día alguien se acordó de que San Juan estaba solo. Detrás de aquellas pinturas amarillas, se encontraba el pasado. Volvieron a lucir las rojas piedras. Las telarañas y las goteras desaparecieron. La luz entró por los ventanales y San Juan se alegró. Volvieron a encenderse las hogueras y los niños pudieron ver pasar de nuevo, admirados, a aquel Santo con barbas y con alas, que libró a la Isla del peor de los males que la ha azotado.
Más recientemente, esta Iglesia fue utilizada como hospital de campaña, se colocaron cientos de cadáveres para su identificación con motivo del accidente de dos aviones Jumbos (Boeing 747) el 27 de marzo de 1977 en el aeropuerto de Los Rodeos.
