Aprender a amar. Por Juan Pedro Rivero González

Hay decisiones que no caben en un instante, aunque comiencen con una mirada. Dos personas se encuentran, descubren que sus vidas pueden caminar juntas y, poco a poco, se atreven a pronunciar una palabra extraordinaria: siempre. No es una palabra pequeña. Contiene los días luminosos y las noches difíciles, la alegría compartida y las heridas inevitables, los sueños que se cumplen y aquellos que habrá que aprender a transformar. Casarse es convertir una promesa de amor en un proyecto de vida.

Por eso, los encuentros prematrimoniales son mucho más que una preparación para una ceremonia religiosa. Son una oportunidad para detenerse en medio de los preparativos, dejar por unas horas las invitaciones, los vestidos y las celebraciones, y mirar a los ojos a la persona con quien se desea compartir la existencia. Preguntarse no solamente cuánto nos queremos, sino cómo queremos querernos. Porque el amor, además de sentimiento, es una tarea que necesita cultivarse, comprenderse y renovarse.

Amar al estilo de Cristo significa descubrir que el otro no es una posesión, una respuesta a nuestras necesidades ni una prolongación de nosotros mismos. Es una persona irrepetible, con su historia, sus posibilidades, sus límites y su libertad. Jesús mostró un amor que no domina, que sabe escuchar, que se acerca sin imponerse y que permanece incluso cuando resulta difícil. Un amor capaz de arrodillarse para lavar los pies de aquellos a quienes ama. Tal vez no exista una imagen más elocuente de lo que significa construir un matrimonio cristiano.

En estos encuentros, las parejas pueden aprender que la felicidad no consiste en evitar todas las dificultades, sino en saber afrontarlas juntos. Hablar antes de que el silencio se convierta en distancia, perdonar antes de que el resentimiento eche raíces, escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta, descubrir que pedir perdón no disminuye nuestra dignidad. El amor verdadero no elimina las diferencias; enseña a convertirlas en ocasión de conocimiento, respeto y crecimiento. Nadie nace sabiendo amar plenamente. También el corazón necesita educación.

El Evangelio sitúa el primer signo de Jesús en una boda, en Caná de Galilea. Allí, cuando falta el vino y la alegría corre el riesgo de apagarse, su presencia transforma el agua en vino nuevo. Es una escena de extraordinaria belleza. En la vida matrimonial también puede faltar el vino: el entusiasmo, la paciencia, la ternura o la capacidad de sorprenderse. La fe no promete una existencia sin dificultades, pero invita a descubrir que el amor puede renovarse, que la esperanza puede regresar y que siempre es posible comenzar de nuevo.

Los encuentros prematrimoniales tienen, además, otra riqueza: las parejas descubren que no están solas. Otras familias, otros matrimonios y una comunidad cristiana les ofrecen su experiencia, sus preguntas y su acompañamiento. Porque el amor de dos personas, cuando es auténtico, nunca termina encerrado en sí mismo. Se convierte en hogar, en hospitalidad, en cuidado de los más débiles, en apertura a la vida y en compromiso con el mundo. Una familia que aprende a amar es también una escuela de humanidad.

El Arciprestazgo de La Laguna ofrece estos encuentros como una invitación a preparar no solamente el día de la boda, sino todos los días que vendrán después. Quizá esa sea su mayor belleza: ayudar a comprender que el matrimonio no es la meta del amor, sino el comienzo de una manera nueva de vivirlo. Llegará el día en que se apaguen las luces de la celebración, se guarden las fotografías y desaparezcan las flores. Entonces quedará lo esencial: dos personas que cada mañana vuelven a elegirse. Porque el amor cristiano no consiste únicamente en decir «te quiero», sino en hacer de toda una vida la verdad de esas dos palabras.

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