El primer cadáver de la Facultad de Medicina (y IV). Por Carlos García

La llegada del Dr. Guirao a Tenerife.

En vista de que los días pasaban y pasaban, el cadáver comenzó a “estropearse” con un penetrante olor, que ya no disimulaba ni siquiera el propio formol que tantos dolores de cabeza e impregnación personal me causaban.

Y me entró el pánico sin saber que hacer con aquel cuerpo que no se “momificaba” nunca. Entonces, volví a entrevistarme con el Rector para comunicarle que aquello no resultaba y había que desistir, enterrando al cadáver.  Su respuesta fue de asombro y negación ya que, me dijo, aquel era el primer cadáver con que contaría la Facultad para sus prácticas anatómicas y el Dr. Miguel Guirao contaba con que estuviese preparado para el comienzo de las clases.

No tenía respuestas ni sabía que solución tomar por lo que volví a mi cuarto-laboratorio a seguir “exprimiendo” e intentando inyectar por las vías canalizadas anteriormente.

Mis angustias y desánimo fueron en aumento. El veraneo quedó desaparecido y mis contactos con amigos, novia, músicas y demás diversiones quedaron solapados por el dichoso cadáver que, día a día era más insufrible mantener en aquella dependencia universitaria de La Laguna.

Finalmente, ante la amargura y desencanto que sabía iba a producir ante el Rector, llegué a la conclusión de que había llegado a mi fin y le “conminé”, eludiendo cualquier tipo de responsabilidad, a dejar el trabajo y enterrar, tranquilamente, aquel cuerpo fallecido por atentar contra la salubridad pública. En una palabra: dimití.

Y así se hizo. Llamé nuevamente a la funeraria que lo había trasladado y, con el asombro de aquellos funcionarios que no entendieron lo que se había estado haciendo con el cadáver, y que manifestaron se había estado “experimentando” con el mismo,  fue llevado al cementerio de Santa Lastenia para darle sepultura.

Con ello, mi ilusionante trabajo, proyectado por el catedrático de Anatomía de Granada, Dr. Miguel Guirao, Decano Comisario elegido para abrir e inaugurar la nueva Facultad de Medicina de La Laguna, concluyó penosamente, sintiendo un profundo pesar y decepción personal por el fracaso, pero siendo un alivio enorme para un joven estudiante de 20 años de edad que pudo pasar los últimos y finales días de aquel verano en Bajamar, rodeado de su pandilla de amigos, que tuvieron tema de conversación hasta que llegó nuevamente el momento de volver a tierras andaluzas a continuar los estudios del siguiente curso.

Nunca supe, y no me importó jamás, conocer como se dotó de cadáveres para las clases de disección anatómica a los nuevos alumnos de la facultad. Supongo que alguien tuvo que hacer el trabajo y que, seguro, le fue mejor que a mí.

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