Pregón de las Fiestas de San Juan Bautista 2018. Por Domingo Medina Martín (V)

Antiguo escapulario de la Hermandad de San Juan.
LA ERMITA QUE SE CONVIRTIO EN PARROQUIA (y IV)
La primera niña que entra a formar parte de esta antigua Hermandad de San Juan, fundada en el año 1767, fue Carmen Luz Sambola Rios en el año 1961, que lo hace con su tia Laureana Rios. Estas personas junto a la madre de Carmen Luz, Yayita Rios y Juan Rios Tejera, son una de esas familias enamoradas de su querida Ciudad de La Laguna. Los laguneros recordamos como en todas las fiestas o en cualquier actividad cultural, deportiva o religiosa participaban activamente en su organización.
En el año 1961,muere don Domingo Pérez Cáceres, un obispo muy querido en toda Canarias. En nuestro barrio siempre se le ha recordado con gran afecto y cariño, pues visitó la ermita en muchísimas ocasiones, como ya hemos contado anteriormente. Durante muchos años, un joven sacerdote nacido en el barrio, concretamente en la calle Morales, don Vicente Cruz Gil, después de concluir su formación religiosa en Roma, mantiene al mismo tiempo sus responsabilidades en el Seminario Diocesano y atiende los cultos que se celebran en la iglesia de San Juan hasta el año 1963, que como hemos dicho anteriormente, ese año se convierte en parroquia por Decreto del Sr. Obispo don Luis Franco Cascón.
El primer párroco de San Juan fue el Muy Ilustre Sr. Don Matias Batista y Díaz, canónigo Maestre Escuela de la Santa Iglesia Catedral de La Laguna, Provisor de la Diócesis y Rector del Seminario.Le acompañaba en la labor parroquial don Francisco Alemán Vega, Beneficiado de nuestra Catedral y experto en canto gregoriano. La parroquia comienza las actividades propias, celebrando los Sacramentos como el Bautismo y el Matrimonio, las honras fúnebres, etc. Se adquiere la primera pila bautismal construida de mármol, y es la misma que se encuentra en la iglesia actualmente.
El 18 de diciembre de 1964, visitó la parroquia la Santísima Virgen de Candelaria, que fue recibida con los máximos honores. Podemos afirmar, porque lo vivimos de cerca, que este acontecimiento ha sido de los que mayor impacto ha causado en el vecindario.
El periodista y escritor lagunero don Domingo García Barbuzano, en su Pregón del año 2007, con motivo de las Fiestas de San Juan, dice : ”que como la Ermita era patronato del Cabildo, éste quiso colocar en San Juan la imagen de la Candelaria, que había mandado a traer desde su iglesia en el año 1607, pero los frailes Dominicos se opusieron, por querer guardarla en su templo hasta entonces”.

Entrada al cementerio de San Juan en los años 70.
EL CEMENTERIO Y FINADO
A pesar de que la Real Cédula promulgada por el rey Carlos III de 3 de abril de 1787, que establecía la obligación de construir camposantos fuera de poblado, en toda España se seguía inhumando en las iglesias. En nuestra ciudad las autoridades municipales tomaron el acuerdo de construir el primer cementerio en el ”lugar más alejado de la ciudad”, muy cerca de la ermita de San Juan, donde ya en 1582, como hemos dicho anteriormente, se enterraron más de nueve mil personas.
Y muy cerca del llano de los molinos de viento, hasta el punto que, como recoje don Alejandro Cioranescu, hubo que demoler un molino en tierras propiedad de Silvestre Casanova, para poder construir el cementerio. Las obras del camposanto se terminaron en 1813, pero el primer enterramiento fue el 4 de junio de 1814. El cadáver era del vecino de la parroquia de la Concepción don Juan Rodriguez Toste.
Según la tradición, los nombres como se les conoce a los cementerios es por la primera persona que se entierra en ellos. En este punto concreto quiero expresar publicamente mis dudas respecto a esta norma no escrita, que se viene utilizando hasta nuestros días. Me parece más probable que el nombre de nuestro cementerio se deba a la proximidad de la ermita del santo protector, que existía desde tres siglos antes de la instalación del mismo en el barrio de San Juan.
Los primeros enterramientos, y durante muchos años, venían precedidos de una ceremonia donde el cadáver era cargado a hombros de familiares y amigos desde el domicilo del finado hasta un punto determinado próximo al camposanto, donde la parroquia le esperaba con el párroco al frente, varios sacerdotes más, el sochantre, los monaguillos con la cruz y los ciriales, continuando en procesión acompañada de los cánticos religiosos correspondientes. Los puntos de encuentro de las dos parroquias que mayoritariamente celebraban los entierros eran los de la Concepción, que esperaba a la comitiva fúnebre enfrente de la ermita de San Benito, en el Rancho Grande y la calle Morales, todo ello en función del lugar del domicilio del finado.Para los vecinos que pertenecían a la parroquia de Santo Domingo, el lugar de encuentro era la calle Morales. Es importante recordar que la normativa sanitaria de la época prohibía que los actos fúnebres se celebraran en las iglesias. Más tarde se incorporan a estas comitivas las carrozas tiradas por caballos, y más recientemente los llamados coches fúnebres. A partir de 1960, la normativa litúrgica modifica éstas ceremonias fúnebres, realizándose los actos previos al enterramiento dentro de las parroquias.
FINADO
Todos los años desde 1814, la costumbre católica de recordar a nuestros seres queridos por finado convertía al barrio de San Juan en un lugar de obligada visita, por encontrarse ahí el primer cementerio de la ciudad. En los primeros días del mes de octubre, la Alcaldía de La Laguna emitía un Bando con las normas y fechas para poder adecentar las tumbas, cruces y nichos. Estos trabajos deberían estar terminados el día 29 del citado mes de octubre. Los chicos del barrio nos organizábamos en grupos para ofrecernos en la puerta del cementerio a las personas que entraban, diciéndoles la frase: ”¿tiene algo que pintar o embarnizar?. Si contestaban afirmativamente, nos disponíamos a seguir a la persona que necesitaba ”nuestro servicio” provistos de una caja de madera con el material necesario:pintura negra, barniz, papel de lija, etc.
Decir que estos trabajos los hacíamos fuera del horario escolar y principalmente los sábados, y las pesetas que conseguíamos por ello , nos servían para comprar algún rosquete en el carrito de don Manuel, un vaso de soda en la venta de Leonardo o un bocadillo en la venta de Vidal. En esas fechas previas al Primero y Dos de noviembre, los familiares de los finadosenramaban las sepulturas y asistían a las tres misas seguidas, conocidas como de ”ánimas”, que se celebraban el día de los Santos Difuntos. Posteriormente se acudía al cementerio, donde cada una de las parroquias, alternándose cada año, rezaban los correspondientes responsos a petición de los familiares de los difuntos a pie de la propia tumba.
Durante los días previos a la fecha de Todos los Santos, el barrio se convertía en un ir y venir de mucha gente, y era tanto el ambiente, que parecía más una fiesta o una feria; en los aledaños del cementario y de la iglesia se instalaban puestos de turrones, de flores y hasta una churrería, la de Pancho y Encarnación. Años más tarde el Ayuntamiento prohibió la actividad de estos vendedores ambulantes. En mi opinión, entiendo que de forma errónea, pues estas celebraciones, por el mero hecho de la instalación de estos pequeños negocios, que venian a cubrir unos servicios, no era esa presencia la que le daba el carácter festivo, sino la gran cantidad de gente que acudía a la zona.
