Una tradición de la mañana de San Juan. Por Luis Álvarez Cruz 1934

Mañanita de San Juan, mañanita de San Juan: ninguna más bella que tú. Asistimos a tu nacimiento, desde el rincón sombrío de la noche perfumada por el humo de las hogueras rituales, mientras el corazón anuncia tu advenimiento maravilloso, con un repique inexpresable. Ya estás entre nosotros. Se bienvenida sobre nuestras cabezas humilladas y medrosas.

Y el suave tironcillo de la luz recién nacida extrae —como una cuerda milagrosa— la mañana desnuda del fondo de la sombra. Es como un pequeño misterio que nos sobrecoge gozosamente y nos reintegra a nosotros mismos, que también dijérase acabamos de nacer de la palpitante entraña del sueño. Esto es la mañana: nacimiento, incipiencia, dubitación, incertidumbre. El alba, la frontera de luz de la mañana, el celeste meridiano de la noche.

Pero esta es la mañana de San Juan. No es una mañana como otra cualquiera. Es una mañana que han creado los hombres a semejanza de sus anhelos. Es una mañana sortílega y milagrera. Una mañana imponderable, como hecha de ilusiones tradicionales. Es la espuma del día, la nata del tiempo. Es una mañana bíblica y temblorosa que deshoja sobre las negruras del mundo sus caireles de estrellas. En verdad os digo que la mañana es divina, tierna y maravillosa, como una muchacha desnuda. La mañana descubre misterio de su desnudez, cuando empieza a despojarse de su pijama de bruma.

Efímero tesoro de la mañana sanjuanera: como estás sahumada por el incienso de las leyendas, qué fácil es soñar tu sombra. Bajo los titubeos de tu luz opaca y florida se conciben los milagros. Déjanos recontar tus místicos tesoros; déjanos soñar un instante, vueltos de espaldas a las tenebrosas encrucijadas de la vida. Bajo la indecisa claridad mañanera se recortan las siluetas de los taumaturgos campesinos. Silencio, silencio, dulce mañana de San Juan.

El milagro de los mimbres

Han salido de sus casas ocultas en las sombras sutiles de la madrugada los tres personajes milagreros. Al pie de la mimbrera, que ondula al suave embate de la brisa, se congregan silenciosamente. Diríase que sobre las montañas del Oriente crepita la llamarada del sol. Los tres personajes se llaman con estos nombres legendarios: Juan, María, Isabel. Tres campesinos, bajo la milagrosa mañana de San Juan.

Pisando quedamente la aterciopelada hierba del campo, surge otra mujer. Esta mujer trae una criatura en brazos. La criatura rompe a llorar. Aumenta la luz. Juan dice: “Ya el día pega a hacer señas”. Es el momento propicio. Dentro de poco sería tarde. Va a comenzar la cura. El niño que trae la mujer está herniado. Isabel prepara la rueca. Juan se acerca a la mimbrera y traza un corte longitudinal en una de sus ramas. La vara de mimbre se abre en un círculo lo bastante grande para dar paso a la criatura. Frente a frente se sitúan Juan y María. La madre desnuda al niño, que llora más fuertemente. En las toscas manos campesinas, ennegrecidas por el sol y deformadas por el rudo trabajo, la carne blanca de la criatura es como una magnolia palpitante. Juan toma en sus manos el montoncito de carne tibia. Principia la ceremonia. El viejo rito es simple y breve, bajo la mañana de San Juan.
El rito campesinoIsabel comienza a hilar la madeja de lino. El huso gira aprisa entre sus dedos. Juan, con el niño en brazos, dice:

—¡María!…

María responde:

—¡Juan!…

Un breve silencio fugitivo. La voz de Juan torna a pronunciar, mientras hace pasar al niño por entre el flexible arco de mimbre seccionado:

—Aquí te doy este niño roto, para que tú me lo devuelvas sano.

María recoge la criatura. Cuando la tiene en sus manos, inquiere:

—¡Juan!…

Y es Juan quien contesta ahora:
—¡María!…

María repite las palabras del rito, al mismo tiempo que devuelve el niño a Juan. Isabel, hila su lino, cada vez más a prisa. Vuelve a exclamar Juan:

—¡María!…

Esta retorna a su cantinela:

—¡Juan!…

Y el niño cruza por última vez con su cuerpecito desnudo por el mimbre rasgado y húmedo. Juan reitera su oración ceremonial:

—Aquí te doy este niño roto, para que tú me lo devuelvas sano.

La hilandera ha terminado de hilar su madeja de lino. Juan recoge de manos de la hilandera el lino hilado y arrolla rápidamente la frágil cuerdecita en torno al mimbre milagroso. Mientras dura esta operación, Isabel la hilandera musita un credo, en el que la acompañan los demás presentes. Ha hecho irrupción el día. Con sus claridades ha desaparecido la virtud taumatúrgica de la mañanita de San Juan. Ya es un día como otro cualquiera.

Los resultados de la cura misteriosa

—¿Sanará la criatura, señor Juan?

Señor Juan responde a la filosófica manera campesina:

—Hasta dentro de un año no se puede saber. Si el “brimbe” retoña no sanará la criatura; pero si se cierra y vuelve a su ser, entonces sanará.

—¿Y han sanado muchas criaturas?

—Algunas han sanado.

—¿Y por qué sanarán, señor Juan?

—Yo no sé; pero esto viene de muy antiguo. Ya ahora no es nada; ya apenas sí quedan “brimbes”.

—Y si se acabaran las mimbreras, ¿no se podrían curar esos niños entonces?

—También se puede hacer con las hojas del drago. Se les arranca un trocito de piel y se le vuelve a pegar como un parche de igual manera. Dicen que es lo mismo.

—Hasta el año que viene, señor Juan.

—Si Dios quiere.

Se dispersa el grupo. Cada uno a sus labores. La vida del campo es dura y apenas se puede descansar. Ya este es un día como otro día cualquiera.

Despedida melancólica

Desde que la vida —¡hala, hala!— comenzó a andar, ¿cuántas mañanas como esta han iluminado el mundo?… Desde entonces, ¿Cuántas horas a metido el espacio en su tonel sin fondo?… Infinidad de horas, rebaños de minutos, incontables rebaños fugitivos, bajo la onda del tiempo. Esto es la vida: un arisco rebaño de minutos en fuga. Enorme corriente que se despeña sin cesar. Pero esta precipitada huida de minutos no ha lograd todavía descuajar la tradición curanderil de nuestros campos. La misma ciudad es tributaria de la tradición campesina. Estériles o no las frases cabalísticas del pasado, es lo mismo. Tan grande es su belleza, tienen tanta emoción y tanta poesía que nos ganan el alma. Es posible que uno sea supersticioso —todos los hombres lo somos, aunque no queramos confesarlo—; lo cierto es que, bajo la vagas claridades mañaneras de este día de San Juan, comprende uno que la fe pueda remover montañas. Será acaso literatura, será la niebla deformadora de los sueños, será lo que sea; pero la mañanita de San Juan no es la mañana de un día cualquiera, Lo arrastra a uno, lo envuelve, lo arrodilla y le murmura al oído: “¡Hombre de poca fe, ¿por qué dudas?”… Y uno, aunque ya no puede creer, dolorido y desengañado del mundo, hunde la frente en el polvo, y mientras realiza un esfuerzo sobrehumano para creer definitivamente en algo, murmurará: “¡Creo… en el misterio de las cosas!…”

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