LAS LUCES QUE TODAVÍA NO ALUMBRAN. Por Juan Pedro Rivero González

Las luces de Navidad ya están colocadas en muchas calles de La Laguna, aunque todavía permanecen apagadas. Sus estructuras dibujan formas sobre nuestras cabezas, anuncian estrellas y figuras que esperan el momento de iluminarse. El encendido oficial está previsto para el 20 de noviembre, en el entorno de la plaza de La Concepción. Mientras tanto, podemos contemplar el entramado de una fiesta que todavía no ha comenzado. Y se me ocurre que esas luces apagadas pueden enseñarnos algo sobre nuestra manera de mirar y comprender la realidad.

La vista tiene una importancia extraordinaria en nuestra vida. Gracias a ella reconocemos rostros, descubrimos paisajes, apreciamos colores y advertimos relaciones entre las cosas. Aristóteles ya destacaba este sentido por su especial capacidad para mostrarnos las diferencias del mundo. No es extraño que la filosofía haya utilizado tantas veces la luz como imagen del conocimiento. Decimos que una explicación nos ilumina o que finalmente vemos clara una cuestión. Sin embargo, ver no significa necesariamente comprenderlo todo.

Las estructuras navideñas que ahora contemplamos son una buena metáfora. Podemos distinguir sus formas y anticipar su belleza, pero todavía les falta algo. Cuando se enciendan, cambiará nuestra percepción de las calles. Y, sin embargo, tampoco entonces la Navidad será solamente un espectáculo luminoso. Habrá música, conversaciones, aromas, encuentros y manos que se estrechan. El frío lagunero nos recordará que tenemos piel, y las voces familiares, que también conocemos el mundo escuchándolo.

Somos mucho más que unos ojos que observan. Conocemos tocando, escuchando, oliendo y sintiendo. Cada sentido nos ofrece una posibilidad diferente de encontrarnos con la realidad. La mirada descubre la sonrisa de un niño, pero el abrazo nos permite experimentar su cercanía. Podemos contemplar una mesa preparada para celebrar la Navidad, pero su verdadero significado aparece cuando nos sentamos juntos y compartimos el pan, la conversación y la vida.

Quizá uno de los riesgos de nuestro tiempo sea confundir la abundancia de imágenes con la profundidad de la experiencia. Vemos fotografías de casi todo, contemplamos acontecimientos desde nuestras pantallas y conocemos lugares que nunca hemos pisado. Pero ninguna imagen sustituye completamente el encuentro. Podemos mirar a una persona sin descubrir su soledad, o contemplar una calle iluminada sin advertir a quien camina por ella buscando compañía. La realidad siempre es más rica que aquello que nuestros ojos alcanzan.

Por eso, cuando llegue el encendido navideño, sería hermoso que no se iluminaran solamente nuestras calles. Que también despertaran nuestra atención, nuestra sensibilidad y nuestra capacidad de reconocer a los demás. La belleza de La Laguna no está únicamente en sus plazas, fachadas y luces, sino también en las personas que la habitan. La ciudad adquiere su verdadero esplendor cuando sus habitantes se encuentran, se escuchan y se cuidan. La luz exterior puede acompañar esa experiencia, pero nunca reemplazarla.

Mientras llega el día del encendido, seguiré mirando esas estructuras que esperan silenciosamente su momento. Me gustan porque anuncian una belleza todavía por descubrir. Pero me recuerdan también que ninguna luz, por intensa que sea, puede sustituir la riqueza de una vida experimentada con todos los sentidos. Necesitamos ojos abiertos para contemplar el mundo, pero también oídos atentos, manos disponibles y un corazón sensible. Tal vez la verdadera Navidad comience cuando comprendamos que no basta con encender las luces de la ciudad: también tenemos que aprender a iluminarnos unos a otros.

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