Los años veinte y el despertar femenino frente a la moral victoriana. Por Julio Torres
Hay que verse “chic”
La década de 1920 marcó un punto de inflexión en la historia social y cultural de Occidente. Tras el trauma de la guerra, las mujeres comenzaron a desprenderse de la rígida moral victoriana y a explorar nuevas formas de libertad personal, social y estética. La moda fue uno de los escenarios más visibles de este cambio.
El historiador François Boucher, en su obra Historia del Traje, señala que durante estos años la alta costura perdió parte de la influencia que había ejercido hasta entonces. Varias casas tradicionales cerraron sus puertas —como las de Doucet, Poiret y Drecoll— mientras surgían otras dispuestas a “reanimar el prestigio de la elegancia”. Entre ellas destacaban las de Jean Lanvin, Madame Gerber y Madame Chanel.
Sin embargo, el panorama ya no era el mismo. Aunque estas casas lograron cierto éxito en los roperos y baúles de la época, debieron enfrentarse a una nueva mentalidad femenina. Muchas mujeres, acostumbradas ya a los tacones bajos y a una vida más dinámica, comenzaban a preferir la producción en serie y las telas ligeras que permitían caminar con libertad y adoptar un aire moderno. Materiales como la cachemira, las lanas escocesas o la muselina respondían perfectamente a ese nuevo espíritu práctico.
El color también se convirtió en un símbolo de ruptura con el pasado. Tras los años de guerra dominados por el blanco y negro y los largos lutos, irrumpieron tonos intensos y vibrantes. Los llamados “colores sólidos” de Paul Poiret aportaron una nota estimulante, especialmente en pañuelos, echarpes y trajes de noche. Al mismo tiempo, las medias y la ropa interior de seda reafirmaban una feminidad más consciente de su poder de seducción.
Las creaciones de los modistos llevaban nombres sugerentes: Cuando se ama, Bésame, De cinco a siete o ¿Vendrá él?. Era quizá una forma de conectar la moda con el aire frívolo y juguetón que caracterizaba a muchas jóvenes de la época, las llamadas “coquetas”. La preocupación dominante era simple y contundente: tener chic, verse chic, ser chic.
El propio Poiret observaba con cierta irritación la transformación femenina. Según decía, antes las mujeres parecían proas de buque, orgullosas y estructuradas por los corsés; ahora, en cambio, le parecían postes telegráficos subalimentados. Su crítica reflejaba el choque entre la vieja estética y el nuevo ideal de silueta recta y libertad corporal.
Pero el cambio no se limitaba a la ropa. La mujer de los años veinte se armó de audacia para desbordar el territorio que la tradición le había asignado. Comenzó a estudiar profesiones liberales, conquistó el derecho al voto en varios países, reclamó mayor libertad sexual, decidió limitar el número de hijos y se permitió incluso salir a bailar con amigos cuando el marido no estaba dispuesto a acompañarla.
La moda, el color y la actitud reflejaban, en realidad, una transformación mucho más profunda: el despertar de una mujer que empezaba a cuestionar el orden establecido y a construir su propia identidad en la sociedad moderna.

