El 20 de noviembre de 1975 marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea de España

El 20 de noviembre de 1975 marcó un punto de inflexión en la historia contemporánea de España: la muerte de Francisco Franco Bahamonde, quien durante casi cuatro décadas había ejercido un poder absoluto como Jefe del Estado. Su fallecimiento no fue un suceso repentino, sino el desenlace de un lento deterioro físico que se prolongó durante varias semanas y que mantuvo al país en un estado de incertidumbre.
Franco pasó sus últimos días rodeado de médicos, militares y familiares en el Palacio de El Pardo. Las complicaciones derivadas de su avanzada edad —agravadas por múltiples operaciones, infecciones y fallos orgánicos— convirtieron su agonía en un espectáculo casi público, retransmitido con un nivel de detalle inusual por la prensa oficial. Aunque el régimen intentó proyectar la imagen de un líder fuerte hasta el último aliento, la evidencia era clara: el franquismo estaba llegando a su fin.
Mientras tanto, España observaba. Para unos, era el final del “Caudillo”, el hombre que había dirigido el país con mano férrea tras la Guerra Civil. Para otros, el fin de un régimen que representaba represión, censura y ausencia de libertades. Pero para todos, fuese cual fuese su posición, la muerte de Franco abría un futuro incierto.
El día 20, a las 4:20 de la madrugada, el dictador exhaló su último suspiro. Las autoridades activaron un complejo protocolo de sucesión y de honores, mientras los medios de comunicación difundían la noticia que cambiaría el rumbo de España.
