25 Aniversario «La Laguna Patrimonio Mundial»: Es el tiempo de hablar de belenes. Por Julio Torres Santos

Llega ese momento del año en que las casas se llenan del olor de las cajas de cartón que han aguardado, pacientes, en lo alto del armario o en algún cuarto olvidado. Basta abrirlas para que salga expulsado un pequeño universo: montañas de corcho, ríos de papel de aluminio, musgo que ya no es musgo, y figuras que, como viejos conocidos, regresan a ocupar su sitio de siempre. En Canarias, y especialmente en La Laguna, este ritual tiene un sabor inconfundible.

Porque el belén canario —ese que no pretende remedar Judea, sino que se atreve a exhibir nuestra isla en miniatura— es, antes que nada, un gesto de fidelidad a nuestra memoria. Una memoria hecha de barrancos que serpentean, laderas que ascienden hacia un Teide inevitable, caminos que no conducen a Belén sino a una casa de madera con alpendre, como las que aún sobreviven en las medianías.

En estos belenes, el milagro no es una estrella que guía, sino el trabajo silencioso de los figurinistas: artesanos que han dado vida a aguadoras que parecen caminar de verdad, pastores con expresión recogida, tejedoras que sostienen el huso con precisión de cirujano. Cada figura guarda una historia, cada historia un nombre, y cada nombre late en la tradición lagunera como un recurso contra el olvido.

En La Laguna los belenes no se miran: se visitan. Están en casas particulares que abren su puerta por cariño o por orgullo; en iglesias donde conviven con retablos centenarios; en sociedades, comercios y rincones que quizá pasan inadvertidos durante el resto del año. Pero en diciembre adquieren luz propia. El niño que antes se asomaba por curiosidad ahora lleva a sus propios hijos, y así la tradición se renueva con ese hilo invisible que une generaciones.

Lo hermoso del belén lagunero no es solo su composición, sino su intención. Representamos oficios que marcaron la vida insular —el carbonero, el guayero, la mujer que carga el cántaro sobre la cadera— porque ellos también forman parte de nuestra forma de entender la Navidad. No hablamos aquí de un adorno, sino de un relato: el de un pueblo que se reconoce en sus manos trabajadoras, en sus paisajes irrepetibles, en la humilde creatividad de quienes modelaron barro para regalar belleza.

Quizá por eso, cada año, cuando colocamos la primera piedra del portal —sea literal o figurada— sentimos que algo se acomoda dentro. Volver al belén es volver a lo que somos. Es una ceremonia íntima y colectiva, un pequeño acto de resistencia cultural en un mundo que corre demasiado deprisa.

Y así, mientras avanzan los días de diciembre y la ciudad se ilumina, La Laguna vuelve a respirar con la cadencia antigua de sus nacimientos. Es el tiempo de hablar de belenes, sí. Pero, sobre todo, es el tiempo de mirarlos, de reconocernos en ellos, y de agradecer que aún existan manos y corazones que, año tras año, los mantienen vivos.

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