Fotos, coplas y poemas de otoño (XXVII)

La Laguna

Yo me he subido hasta aquí, yo,
verode, a los tejados, para
poner a la altura de la ciudad
todo el campo.

Y no es que quiera evadirme de la
amistad del arado por codearme
con torres, veletas y campanarios,
que es mi savia la que enciende los
populares geranios, la ternura de
la hierba que cubre el vientre del
barro y las tierras de labor donde
sonríe el trabajo mirándose en el
espejo de los frutos y los granos.

Campesina es mi raíz, pero mi
traza es de hidalgo y amo estas
calles, las quiero con todos mis
verdes altos, estas calles que se
alejan hacia los silencios mansos
que se duermen en la frente del
buey redondo del llano.

Por estas calles yo he ido con
mis libros bajo el brazo, desde
las ágiles aulas al lento
Camino Largo, de las fuentes
del Derecho a la ecuación de
los pájaros y del trino de una
flor al seno de un corolario,
siempre por mis soledades y
sueños nunca alcanzados.

De aquí contemplo los cerros que
me custodian los flancos,
mis cerros como carretas
inmóviles: son mis barcos,
-esos barcos que tripulan
lluvias y vientos descalzos
aunque a veces vaya en ellos la
pena de contrabando.

Tal San Roque. Su recuerdo
aún me sangra en el costado.
Fue hermano mío: el primero
que abrió mis ojos al llanto y a
quien una piedra en forma de
cruz sostiene en los brazos.

Pero yo no soy tristeza
ni caracol ermitaño,
sino antena que transmite
ese abierto abecedario
de letras vivas y hojas
que pone en pie cada árbol
para que sea la urbe,
más que un armón de basalto,
el corcel en el que viaja
el pensamiento a caballo.
Yo no miro sobre el hombro a
los que van paso a paso
pastoreando silencios,
crepúsculos y rebaños.

Y cuando toda la vega entra en
mis lares bailando, y
sus aperos y frutas
se entrañan en mi regazo,
y cada calle da a luz
mieses, carretas, ganados,
en el río de colores
que es la progenie del agro,
el corazón en el pecho
me salta como un muchacho.

Únicamente lo saben los que
miran a lo alto.
Y me siento muy feliz
presidiendo los tejados de mi
Laguna del alma -nidal,
simiente, cenáculo- belén de
sabiduría
que da nacimiento al campo.

Pedro García Cabrera

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