Ya vienen los carnavales: Historia del Carnaval en Tenerife (XIII). «Las mascaritas». Por Julio Torres

CARNAVALEROS ENTRAÑABLES, RESCATEMOS EL VIEJO CARNAVAL LAGUNERO
También célebre fue en La Laguna el disfraz de Ramallo, que vivía en la Calle Candilas y que, probablemente fue el primer cámara de los carnavales, aunque la precariedad de sus útiles haya impedido que su testimonio llegue hasta nuestros días. Se tiznaba la cára y completaba su disfraz con una original cámara: una lata de sardinas con unos artilugios adosados para darle verismo. Quemando con un fósforo un poco de pólvora retrató a todos los personajes del carnaval, solicitándoles «una fati, una fati» para que posaran.
El carnaval de entonces también tuvo disfraces grupales. AsÍ, los trabajadores de la dulcería La Aurora, componían un original safari, con portadores negros incluidos’ en el que no podía faltar el león: un perro callejero dentro de una suerte de jaula de fabricación artesanal. La familia conocida como «Los Wenceslaos» vestían como los más típicos turistas del «boom de los sesenta»: camisas de flores, pantalones de colores estridentes, sombreros de paja y, por supuesto, cámaras. Angelito «el de la Calera», su cuñado Félix, Domingo «el practicante» y Aurelio Wanguemert simulaban ser indianos de Cuba simplemente vistiéndose de blanco y pintándose el rostro de negro. Como eran tiempos en los que la imaginación suplía a los medios, para «meterse en su papel» -como diría cualquier actor de Holywood- iban en un taxi hasta el muelle de Santa Cruz, para imaginarse que habían desembarcado, y después tomaban la guagua hasta La Laguna. Otro grupo, contagiado por la «beatlemanía» y el movimiento social «antiminifalda», vistió tal prenda y se dedicó a cantar, reiterativamente, «El Submarino Amarillo».
No podemos dejar de nombrar a «El Cañizo» que, teniendo como único disfraz una caña de pescar y una bicicleta, recorría toda ciudad; al valiente bañista que, en el gélido balneario de las calles laguneras, llevaba como único atuendo el tradicional bailador de rayas y unas calabazas a modo de flotadores; o a los pistoleros, disfraz tan común que podemos equiparar a los actuales animalitos de peluche: portando unas artesanales pistolas de madera, cuando se cruzaban en la Calle de la Carrera, se retaban a duelo, se apuntaban y, después de dispararse, soplaban las pistolas supuestamente humeantes, para seguir tranquilamente su camino.
Estos personajes -y seguro que otros que desconocemos- vivían un carnaval diferente al actual, pues la naturaleza inherente al mismo también lo era. La idea central no era salir con hermosos disfraces, a cara descubierta, para que todos los reconocieran y alabaran su vestimenta. Todo lo contrario: las máscaras disfrutaban pasando horas con los amigos sin ser reconocidos. Quizá el eufemismo de «Fiestas de Invierno» aplicado por las autoridades a unos carnavales prohibidos sea el apelativo más adecuado para las actuales carnestolendas. Antes eran carnavales, ahora no.
