Ya vienen los carnavales: Historia del Carnaval en Tenerife (XIII). Por Julio Torres

Los carnavales de la calle de La Carrera en el triangulo, Catedral, bar Alemán, Teatro Leal siempre fueron cosa de humor, en lo que podian. Nunca se dejaron contaminar de esa fiebre seudo caribeña que se empeña en dislocarse la cadera en una combinación de merengue dominicano y la danza del vientre marroquí. Por eso quizas vivan aletargados en el corazón de los laguneros, alejados de un Carnaval diseñado de alguna manera, por la esencia mixta de un nacionalismo de abuelo y nieto, que no reniega de ningún parentesco reafirmándose entre el poncho y la chilaba: según para dónde se mire. Mientras sea así, la cosa no va mal.

La Laguna tenia un carnaval sano de buenos chicos. Por eso entendíamos la fiesta de las carnestolendas en un sentido práctico de máxima luterana: “Peca fuerte y arrepiéntete fuerte”. Si no, cómo íbamos a entrar en la cuaresma con auténtico arrepentimiento y dolor de corazón. Terminados los carnavales, y con los ecos del pecado sin traspasar la cordillera de San Roque entrábamos en los durísimos ejercicios espirituales que organizaban los Padres Paules de San Agustín, para temblar y llorar a lágrima viva: ejercicio violento que nos hacía llegar aligerados a la Semana Santa, como el boxeador que se tortura para dar el peso días antes del combate. Pero el pecado realmente consistía en una convención, en un pacto, en la comisión de transgresiones previamente acordadas para llegar con las alforjas llenas al confesionario. Lo traumático es pensar ahora que aquello era traumante. Si lo hubiera sido realmente no podríamos ni siquiera hacer el recuerdo bien humorado y hasta esperpéntico de la situación.

La gracia del carnaval residía en el estrecho conocimiento que los disfrazados tenían unos de otros, encerrados en el concreto recinto del bar y de la calle en los que se veían todos los demás días del año. Por eso uno de los importantes protagonistas de la fiesta era el no disfrazado, aquél que iba a pelo a ser reconocido por la máscara que, como una gitana zahorina, le iba a cantar las cuarenta o a desvelarse sus secretas intimidades desde el refugio anónimo del disfraz. Un masoquista jugando su papel de necesario complemento para el juego de las adivinanzas. La desgracia del carnaval consiste justamente en lo contrario, en un empeño desesperado de concentrar a miles de participantes que no tienen nada que decirse salvo cogerse el culo con la técnica alevosa del descuido; que se pisan, se orinan y compiten en una absurda contrareloj por quién aguanta más tiempo sin irse a la cama. De aquí que la frase del día siguiente siempre sea la misma:

– ¿Tú cuándo te fuiste?

-Yo, a las ocho.

-Pues a las nueve se puso aquello mejor que nunca.

– ¿Tú cuándo te fuiste?

-Yo, a las ocho.

– Pues a las nueve se puso aquello mejor que nunca.

Yo este año iré también un ratito al bar Carrera, donde haya un espacio para ver el coso del lunes, un nuevo intento de rescatar el carnaval lagunero, pues a mí lo que me gusta participar con el tintineo del hielo contra el cristal. Qué se le va a hacer.

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