Ventas, bodegas y tabernas del entorno de San Juan fueron refugios para los laguneros y acompañantes de los entierros

Por Julio Torres
Las casas de comidas y tascas del barrio de San Juan gozaron durante años de reconocido prestigio entre los «dolidos». No podía ser de otra manera: aquellos establecimientos vivían, en buena medida, de la cercanía del cementerio y de los multitudinarios entierros de antaño, ceremonias que, además del duelo y el obligado acompañamiento al difunto, tenían también su particular prolongación alrededor de una mesa, una cuarta de vino y algún plato con el que reponer fuerzas.
A aquellos entierros no solían asistir las mujeres. Eran los hombres quienes acompañaban al finado y quienes, una vez cumplido el deber de darle sepultura, aprovechaban la ocasión para ir a «echar las tierritas». La expresión nada tenía que ver con la tierra recién echada sobre la sepultura, sino con la costumbre de tomar unas medias mochas de vino —medio litro, conocido popularmente con ese nombre en La Laguna—, acompañadas del oportuno «armadero» y, naturalmente, de los amigos.
Era entonces cuando cobraba todo su sentido aquella vieja sentencia popular: «No hay boda sin llanto, ni entierro sin carcajadas». Y en estos menesteres eran verdaderas especialistas las afamadas tabernas de aquella zona lagunera, auténticos lugares de encuentro donde el pesar por el difunto terminaba mezclándose con los recuerdos, las anécdotas, las risas y algún vaso de más.
Según las indagaciones efectuadas, tres fueron las tabernas que alcanzaron mayor fama entre quienes frecuentaban aquellos contornos.
Una de ellas era la taberna de don Leonardo, situada en la esquina de la calle de San Juan con la explanada del mismo nombre. Entre sus especialidades destacaban los chicharrones y los huevos duros, además del inevitable pescado salado acompañado de papas arrugadas y mojo picón. Y picón de verdad, porque, como se decía entonces, cuanto más picaba el mojo, mejor bajaba el vino. Especialmente aquel vino de Tacoronte, uno de los caldos más apreciados en toda La Laguna.
Ya en la calle del Ciprés se encontraban las otras dos tabernas de renombre. Una era la de don Pancho, que, a decir de algunos de aquellos viejos «penitentes», «se llevaba el gato al agua». Fama no le faltaba. Sobre sus mesas aparecían quesos y vinos de Vilaflor, garbanzas y unas famosísimas judías compuestas, rematadas con cebolla bien picadita por encima. Tampoco faltaban la carne de cochino, el pescado salado, los tollos y hasta unas potas en salsa que, según aseguraban sus parroquianos, «quitaban el sentido» a los «dolidos».
En la misma calle del Ciprés se encontraba la Taberna de Alberto, conocida especialmente por sus caldos de Arafo. Cuando llegaba la temporada aparecían también las castañas, junto a las papas, el pescado salado y algún reconfortante plato de cuchara. Mención aparte merecían sus deliciosos quesos de cabra procedentes de Igueste de Candelaria, que encontraban en aquellos vinos un acompañamiento difícil de mejorar.
Del «intierro» a las tabernas
Ir a un «intierro», como popularmente se decía, era cosa seria y podía ocupar prácticamente toda la jornada. Muchos se cogían el día libre para acompañar al difunto y cumplir con familiares y allegados. Pero, una vez terminada la ceremonia y dada sepultura al fallecido, no tardaba en escucharse aquella otra expresión tan popular como contundente:
«El muerto al hoyo y el vivo…»
Y los vivos ya sabían adónde dirigirse.
Comenzaba entonces la peregrinación por aquellas particulares «ermitas» del buen comer y del buen beber. De una taberna a otra se sucedían las cuartas de vino, los platos para compartir y las conversaciones que, a medida que avanzaba la tarde, iban dejando atrás la solemnidad de las primeras horas.
El vino ayudaba a soltar la lengua y también los recuerdos. Se hablaba del difunto, de sus cosas buenas y no tan buenas, de antiguas historias del barrio y de conocidos comunes. Y entre vaso y vaso, entre una garbanza, un pedazo de queso, unos tollos o un poco de pescado salado, el duelo iba dando paso a una camaradería que formaba parte inseparable de aquellos entierros laguneros.
Con el avance de la tarde, los hombres aceleraban el ritmo de las cuartas y, en aquel singular peregrinaje, no era extraño que terminaran probando los vinos de las tres tabernas. Don Leonardo, don Pancho y Alberto constituían así una suerte de recorrido obligado para más de un «dolido» dispuesto a cumplir con la tradición hasta sus últimas consecuencias.
Pero había que estar atentos al reloj.
Antes de que cayera la noche, los grupos emprendían camino hacia la Concepción, lugar donde por entonces tenían su parada las guaguas y el viejo tranvía. Desde allí iniciaban el regreso a sus respectivos pueblos y hogares, algunos más enteros que otros después de una jornada de duelo, conversación, comida y abundantes cuartas de vino.
Habían ido a despedir a un conocido, a un vecino, a un amigo o a un familiar y regresaban después de haber «cumplido», como mandaban los cánones de aquellos tiempos: primero con el difunto y su familia; después con los amigos y, finalmente, con aquellas inolvidables tascas y tabernas de San Juan.
Establecimientos modestos que, además de alimentar y dar de beber a varias generaciones, terminaron formando parte de la pequeña historia cotidiana de La Laguna. Porque alrededor de sus mesas también se escribieron, entre vasos de vino, platos de pescado salado, quesos, garbanzas y conversaciones interminables, muchas de esas historias populares que rara vez aparecen en los libros, pero que permanecen vivas en la memoria de una ciudad.
