Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La venta y casa de comidas de María (III). Por Julio Torres

Recreación del mostrador de Casa María ante de amanecer, en horas de «echar la mañana». Diseño Julio Torres

«Echar la mañana» antes de ir al tajo

Hubo un tiempo en La Laguna en que la mañana comenzaba mucho antes de que amaneciera. Cuando las calles permanecían todavía a oscuras y el frío se agarraba a las paredes de las casas, jornaleros, campesinos y trabajadores de distintos oficios ya recorrían a pie los caminos de la comarca. Unos salían de la ciudad hacia las tierras de la Vega; otros llegaban desde Las Mercedes, Las Canteras, Jardina, Pedro Álvarez y otros pagos, con destino a La Laguna o camino de Santa Cruz. En aquellos desplazamientos cotidianos, las ventas eran lugares de paso y encuentro. Y en la plaza del Cristo estaba la de María Gutiérrez.

Cuando La Laguna todavía dormía

En los años cuarenta y cincuenta los horarios eran otros. El trabajo agrícola dependía de la luz del día y había que llegar temprano al tajo, por lo que muchos salían de casa en plena noche. Por los antiguos caminos no transitaban solamente jornaleros: también campesinos, arrieros, vendedores, lecheras y mujeres que llevaban productos del campo. Antes de que aparecieran los primeros coches o guaguas de la mañana, los caminos ya tenían vida. Y también algunas ventas.

La plaza del Cristo ocupaba, además, una posición privilegiada: a un lado quedaba la ciudad histórica; al otro, la Vega y los caminos procedentes de distintos pagos rurales. Para quien llevaba kilómetros andando, alcanzar aquel lugar significaba prácticamente entrar en La Laguna. Una venta abierta ofrecía luz, conversación y unos minutos de descanso antes de continuar.

Una copa antes del trabajo

Detenerse en una venta antes de comenzar la jornada formaba parte de unas costumbres muy distintas de las actuales. Después de caminar bajo el frío y la humedad de la madrugada lagunera, algunos trabajadores tomaban café y otros una pequeña copa. Anís, coñac, ron, vino Sanson, sol y sombra o parra formaban parte de aquel universo de mostrador.

La parra, nombre popular de un aguardiente relacionado con la elaboración del vino, estuvo durante mucho tiempo vinculada al mundo rural canario. Se decía que una copa ayudaba a «entrar en calor». Eran tiempos de largas jornadas, desplazamientos a pie y escasos medios para combatir el frío. Se bebía la copa y se seguía caminando.

En casa de María Gutiérrez se consumía la denominada “parranorte”, la misma llegaba desde las bodegas del norte donde se compraban los vinos y eran de destilación doméstica.

Por desde noviembre de cara a la época navideña se hacían licores para las fiestas y el resto del año

La Ruda de María: caña o aguardiente, unas ramas de ruda, canela y cáscara de limón; se dejaba macerar y después se añadía un almíbar de agua y azúcar. Una receta antigua conservada en La Laguna “Licor de ruda o hiervitas” empleaba caña, ruda, tres ramas de canela, cáscara de limón, azúcar y agua, con unos 20 días de maceración.

Licor de café: café molido o en grano macerado en aguardiente, normalmente con azúcar en forma de almíbar; la receta lagunera incorpora reina luisa/hierba luisa. La receta conservada indica dos semanas de maceración y otras dos después de incorporar el almíbar.

Licor de naranja: aguardiente o caña, naranja y azúcar. La elaboración tradicional se hace con cascara de naranja; se hacia solamente en invierno, aprovechando la naranja de temporada o del niño.

«Echar la mañana»

De aquel mundo quedó también una expresión que las generaciones más jóvenes quizá ya no hayan escuchado: «echar la mañana».

—¿Dónde está fulano?
—Está echando la mañana.

No significaba necesariamente desayunar. Podía ser quedarse un rato en la venta, conversar y tomar unas copas mientras se hablaba del campo, del precio de las papas, de la cosecha, del ganado, del trabajo disponible o de los chismes del pueblo. A veces la parada era breve; otras, una copa llevaba a otra y la mañana se alargaba.

Podemos imaginar el mostrador de María: las botellas detrás, el olor a café y hombres con ropa de trabajo entrando con el frío todavía pegado al cuerpo. Uno pediría un café; otro, una parra, un coñac o un anís. Para muchos, Casa María sería simplemente una escala antes de continuar hacia el trabajo; alguno, quizá, se quedaría un poco más «echando la mañana».

Recreación de la plaza y camino de las Peras desde la venta de Casa María ante de amanecer en noche de luna llena. Diseño Julio Torres

Caminos antes del amanecer

Las distancias se medían entonces de otra manera. Desde Pedro Álvarez o Las Mercedes hasta La Laguna había que caminar, y quien después debía continuar hacia otro lugar comenzaba su jornada habiendo realizado ya un considerable esfuerzo. Por eso las ventas situadas junto a caminos, cruces y plazas no estaban allí por casualidad: eran pequeños puntos de encuentro por los que pasaba diariamente una representación de la sociedad de la época.

No podemos saber, sin testimonios directos, quiénes entraban cada madrugada en Casa María ni qué pedía cada uno. Pero sí podemos situar la venta dentro de aquel paisaje humano: jornaleros camino del campo, albañiles y otros trabajadores, campesinos con mercancías y personas que bajaban hacia La Laguna o Santa Cruz. Algunos entrarían unos minutos para tomar algo antes de continuar.

La memoria de una época

Casa María fue así algo más que un establecimiento donde se servían bebidas y comidas. Como tantas ventas desaparecidas, formó parte de esa red de pequeños lugares que articulaban la vida cotidiana. Por allí pudieron pasar generaciones de laguneros y gentes de los pagos próximos, personas cuyos nombres rara vez aparecen en los libros de historia, pero que también construyeron la historia de la ciudad.

Hoy aquellos caminos son carreteras, los desplazamientos a pie fueron sustituidos por coches y guaguas y muchas ventas cerraron o se transformaron. Queda, sin embargo, la memoria de aquellas madrugadas: unos pasos antes del amanecer, una puerta abierta, el olor a café, una pequeña copa contra el frío y una frase que durante muchos años se escuchó en las ventas canarias: «Vamos a echar la mañana».

En los próximos capítulos volveremos a Casa María en otros momentos: durante las fiestas, al mediodía con las mesas llenas y en aquellas tardes de estudiantes, perras de vino, chorizos asados al alcohol y tantas otras historias de la casa y del vecindario.

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