Ventas, bodegas, tabernas y dulcerías del entorno de la plaza del Cristo de La Laguna: La dulcería de la calle Las Cruces (IX). Por Julio Torres Santos

De la plaza del Cristo al barrio de San Benito
Hoy nuestra historia se traslada desde los alrededores de la plaza del Cristo hasta el barrio de San Benito, donde Melchor Llano Espósito continuó desarrollando su oficio de dulcero. Melchor vivía en el número 116 de la calle Marqués de Celada, a muy poca distancia de la plaza y de la ermita de San Benito Abad. La vivienda era bastante amplia y contaba con una huerta en su parte posterior, que también tenía acceso por la calle Lucas Vega. En aquel espacio existían varias edificaciones que formaban una especie de patio de vecinos, ocupado por miembros de una misma familia.
Fue precisamente en medio de aquella huerta, entre las construcciones del patio, donde Melchor tenía instalado su horno. Allí elaboraba sus dulces, aprovechando la experiencia adquirida durante tantos años de trabajo en los obradores laguneros. Sin embargo, una de las particularidades más curiosas de aquella actividad artesanal era la forma en que se realizaba la venta, pues los productos se ofrecían en la propia vivienda familiar, concretamente en casa de su suegra, la madre de su esposa.
Quienes deseaban comprar dulces acudían al número 116 de la calle Marqués de Celada, llamaban a la puerta y hacían sus encargos. En una de las habitaciones de la parte posterior de la casa, los dulces se colocaban sobre unas mesas, donde quedaban expuestos para su venta. Recuerdo perfectamente aquella habitación y aquellas mesas cubiertas de dulces, una imagen que todavía permanece viva en mi memoria.
No se trataba de una dulcería con escaparate abierto a la calle, como los establecimientos comerciales habituales, sino de una actividad artesanal desarrollada dentro del propio entorno familiar. Los clientes entraban en la vivienda, encargaban sus dulces y regresaban posteriormente a recogerlos, o simplemente elegían entre los que ya estaban preparados. Era otra forma de comercio, propia de una época en la que las relaciones personales, la confianza y el conocimiento directo de quienes elaboraban los productos desempeñaban un papel fundamental.
De esta manera, los dulces que habían formado parte de la tradición repostera de los alrededores del Cristo encontraron también su lugar en el barrio de San Benito, donde Melchor mantuvo vivo un oficio aprendido desde la infancia y perfeccionado a lo largo de muchos años.

Tita, la hija de Melchor, y el valor de la memoria familiar
Una parte fundamental de esta reconstrucción histórica ha sido posible gracias al testimonio de la hija de Melchor Llano Espósito, conocida familiarmente como Tita. Su colaboración tiene para mí un significado muy especial, pues la conozco desde la infancia. Nuestras familias vivían muy próximas y compartíamos aquel entorno del barrio de San Benito, donde las relaciones entre vecinos formaban parte de la vida cotidiana.
Sin embargo, a pesar de conocerla prácticamente de toda la vida, desconocía un detalle tan personal como su verdadero nombre. Fue precisamente durante las conversaciones que mantuvimos para reconstruir la historia de su padre cuando surgió este dato, que me produjo una enorme sorpresa. Pero aquellas conversaciones también permitieron descubrir algo mucho más importante desde el punto de vista de nuestra investigación sobre la historia de la repostería lagunera.
Tita me contó que su padre, Melchor, había comenzado a trabajar siendo todavía un niño con una señora que tenía una dulcería y un obrador cerca de la plaza del Cristo. Al escuchar aquel recuerdo, inmediatamente vino a mi memoria una investigación anterior que habíamos dedicado a la repostería lagunera durante la época de Navidad, en la que se mencionaba el Café Central y el obrador que suministraba sus famosos dulces. Aquella dulcera era Rita, conocida popularmente como Rita «la dulcera».
La coincidencia resultaba especialmente significativa. Hasta donde han llegado nuestras investigaciones, no hemos encontrado otra dulcería regentada por una mujer, con obrador en aquel entorno y durante aquellos años, que encaje con los recuerdos transmitidos por Tita. Todo apunta, por tanto, a que la mujer con la que Melchor comenzó a aprender el oficio era precisamente Rita «la dulcera», aunque, por el momento, no disponemos de un documento que permita confirmar definitivamente esta identificación.
Este testimonio familiar nos permite establecer una posible conexión, hasta ahora desconocida, entre la historia del Café Central, la dulcería del Cristo y el pequeño obrador que Melchor mantuvo posteriormente en el barrio de San Benito. También nos recuerda, una vez más, la importancia de escuchar a quienes conservan los recuerdos de aquellas familias, de sus oficios y de los establecimientos que formaron parte de la vida cotidiana de nuestra ciudad.
Muchas veces, un nombre, una conversación o un detalle aparentemente insignificante permiten recuperar fragmentos de una historia que no aparece recogida en los documentos oficiales. Son recuerdos transmitidos de una generación a otra que, cuando se relacionan con otras investigaciones y testimonios, ayudan a reconstruir una parte de nuestro pasado que, de otro modo, correría el riesgo de desaparecer.

Un oficio y unos sabores que forman parte de nuestra historia
La historia de Melchor Llano Espósito no es únicamente la biografía de un maestro dulcero, sino también el testimonio de una manera de trabajar, de relacionarse con los clientes y de entender el comercio que fue desapareciendo con el paso de las décadas. Los obradores familiares, los hornos instalados en patios y huertas, las pequeñas dulcerías de barrio y las especialidades elaboradas artesanalmente constituyeron durante mucho tiempo una parte importante de la vida económica y social de La Laguna.
Aquellos dulces de una peseta, las barquitas de chocolate, las tortas de manteca con almendras, las rosquillas de cabello de ángel y las lenguas de hojaldre pertenecen a una memoria compartida por varias generaciones de laguneros. Eran sabores que acompañaban las celebraciones familiares, las visitas a las dulcerías y los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana, y que hoy permanecen asociados a los recuerdos de quienes tuvieron la oportunidad de disfrutarlos.
Pero detrás de cada uno de aquellos productos había también personas que dedicaron su vida a aprender, perfeccionar y transmitir un oficio. Hombres y mujeres que, con sus manos, sus conocimientos y sus hornos, contribuyeron a crear una tradición repostera que forma parte del patrimonio cultural y sentimental de nuestra ciudad.
Melchor Llano Espósito fue una de esas personas. Su historia, recuperada gracias a los recuerdos familiares y a la memoria de quienes conocieron su pequeño obrador de San Benito, nos permite volver la mirada hacia una época en la que los dulces no solo se elaboraban y se vendían, sino que también servían para mantener vivas las relaciones entre vecinos y familias.
Porque recordar a Melchor es también recordar aquella Laguna de patios compartidos, de puertas a las que se llamaba para comprar unos dulces y de oficios que pasaban de unas manos a otras, dejando tras de sí sabores, historias y recuerdos que merecen seguir formando parte de nuestra memoria colectiva.
