Ventas, bodegas, tabernas y cafeterías del entorno de la Catedral de La Laguna: «Antonio el Puntero» (I). Por Julio Torres

La antigua calle Deám Palahí con las hermosas casas de la familia «Tabáres», en la actualidad  desaparecidas,. a la derecha en la casa del farol estuvo la primera ubicación de Antonio «El Puntero». Foto: Agustín Guerra, La Laguna años 50. Coloreada con IA 2026. Hemos conservado los colores que mantenemos en la memoria.

Antonio el Puntero: el noble arte del beborcio

Hoy toca hablar de otro de aquellos sitios. De otro lugar insigne de La Laguna. Tasca, bar, casa de comidas… Es difícil encerrar en una sola palabra lo que fueron establecimientos como aquel, porque alrededor de sus barras ocurrían muchas más cosas que las que figuraban en el rótulo de la puerta.

Y toca hablar, además, del beborcio.

Beborcio, que así se decía y así lo decían muchos laguneros. El noble arte de beber vino, cuarta y cuarta, sin demasiadas prisas y con la conversación como acompañamiento indispensable. Vinos del norte de Tenerife, de Tacoronte, de El Sauzal, de La Matanza, servidos en aquellas barras donde una pequeña tapa podía bastar para alargar la estancia y donde, entre vaso y vaso, se despachaban los asuntos de la ciudad, los propios y, con frecuencia, también los ajenos.

Dentro de ese mundo hubo un nombre que quedó grabado en la memoria de varias generaciones de laguneros: Antonio el Puntero.

Decir Antonio el Puntero es dar una referencia que todavía hoy mucha gente sabe colocar sobre el plano de la vieja ciudad. A lo largo de esta investigación, cuando he preguntado por él, la respuesta, salvo alguna rara excepción, ha sido casi siempre inmediata: en la calle Deán Palahí, en el tramo comprendido entre la plaza de la Catedral y la calle Tabares de Cala.

Y no es una respuesta equivocada, pero tampoco cuenta toda la historia. Porque Antonio el Puntero no empezó allí.

Su primer establecimiento estuvo también en la calle Deán Palahí y en la misma acera, pero más abajo, en el tramo comprendido entre Tabares de Cala y la calle Viana. Concretamente, en el número 12.

Este detalle tiene importancia porque la fuerza que adquirió posteriormente el segundo local acabó prácticamente borrando de la memoria colectiva aquel primer Puntero. Sin embargo, para comprender la historia completa de la casa hay que regresar necesariamente a ese establecimiento inicial, pues allí comenzó a formarse buena parte de la fama que acompañaría después a Antonio «El Puntero».

Y allí se cocían muchas cosas.

No solamente las que salían de la cocina.

El número 12 de Deán Palahí fue lugar de encuentro de una clientela diversa y escenario de una parte de la vida social y festiva de La Laguna de aquellos años. Allí se reunían, por ejemplo, numerosos miembros del Orfeón «La Paz». En Semana Santa y durante otras fiestas de guardar, cuando los actos religiosos e institucionales llevaban gente al Ayuntamiento y a la Catedral, tampoco faltaban por aquella casa miembros de las distintas hermandades y de la corporación municipal, todos a praticar el noble arte del «beborcio».

Y allí ocurrió también algo especialmente significativo para la historia del Carnaval Tenerife.

En aquel primer Antonio el Puntero surgió, se reunió y terminó fundándose, a finales de 1964, la murga La Pechugona, la primera murga que tuvo La Laguna. Una agrupación que llegaría a alcanzar el primer premio en el concurso de murgas de Tenerife de 1966.

No era poca cosa para un establecimiento situado en una calle aparentemente secundaria. Porque ahí se encuentra otra de las claves para entender el éxito del Puntero.

La calle Deán Palahí no era Herradores. Tampoco era La Carrera. Ni siquiera tenía el tránsito de San Agustín. Era una calle mucho más discreta, casi un callejón dentro del movimiento cotidiano de aquella Laguna. Por allí transitaban los vecinos, algunas beatas camino de sus obligaciones religiosas y poco más.

Y precisamente por eso era perfecto. Perfecto para entrar sin demasiado ruido.

Perfecta para desaparecer un rato. Perfecta para la practica del beborcio.

Porque una cosa era tomarse un vino y otra muy distinta que media ciudad supiera cuántos vinos se había tomado uno. En las calles principales, donde todo el mundo veía pasar a todo el mundo, las entradas y salidas podían quedar registradas por esa implacable notaría que siempre ha sido la mirada ajena. Deán Palahí, en cambio, proporcionaba cierta intimidad.

Uno podía escaparse hasta el Puntero, arrimarse a la barra, pedir una cuarta, acompañarla con algo de comer, echar una conversación y regresar después a sus asuntos sin necesidad de rendir demasiadas cuentas.

O podía volver.

Y volver otra vez.

Que tampoco hacía falta que nadie supiera cuántas.

Así fue creciendo la fama de aquella casa y así fue consolidándose una clientela que acabaría convirtiendo el nombre de Antonio el Puntero en una referencia de la hostelería popular lagunera.

Pero aquella primera etapa tuvo un final.

En 1965, Antonio abandonó el número 12 y se trasladó unos metros más arriba, más concretamente al número 26, siempre en Deán Palahí, al local situado entre Tabares de Cala y la plaza de la Catedral. Era el establecimiento que hasta finales de 1964 o comienzos de 1965 había ocupado la Casa del Montañero.

Allí comenzaría una nueva época.

El local fue objeto de una importante reforma y aquel segundo Antonio el Puntero sería el que terminaría instalado con mayor fuerza en la memoria de los laguneros. Tanto, que cuando décadas después se pregunta dónde estaba el Puntero, casi todos señalan ese lugar.

Pero antes de entrar por la puerta de aquel nuevo establecimiento, antes de describir su barra, sus mesas, su cocina, sus personajes y todo cuanto sucedió entre aquellas paredes, había que detenerse aquí.

En el número 12.

En el primer Puntero.

Porque fue allí, en aquel discreto tramo de Deán Palahí, donde comenzó una historia que duraría muchos años y que forma parte de una manera de vivir La Laguna que hoy prácticamente ha desaparecido.

Una época de barras, cuartas de vino, tapas pequeñas y conversaciones largas.

Una época en la que para determinados asuntos convenía que la calle fuera discreta.

Sobre todo cuando se trataba de practicar, con la debida constancia, aquel viejo y noble arte lagunero: del beborcio.

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