Vecinos de la ciudad (I). La muerte y la última imagen (I-IV). Efigies para la posteridad

Anónimo: Sor Catalina de la Esperanza Pérez de Medina, c. 1748. Museo de Arte Sacro. Convento de Santa Clara, La Laguna.
La sala de exposiciones de la Casa de los Capitanes muestra hasta el 15 de diciembre la exposición Vecinos de la ciudad. Retratos en San Cristóbal de La Laguna (siglos XVI-XIX), una muestra que ha sido organizada de manera conjunta por la Concejalía de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de La Laguna y la Consejería de Turismo, Cultura y Deportes, a través de la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias, con el objetivo de con conmemorar el XIX aniversario de la inscripción de la ciudad de La Laguna en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO, así como el 25 aniversario del Grupo de Ciudades Patrimonio de la Humanidad de España y se enmarca en el Año Europeo de Patrimonio Cultural.
Gran y magnífico, es sin duda, el realizado por el comisario que es el doctor en Historia del Arte, Juan Alejandro Lorenzo Lima. Un trabajo que está basada en el estudio de la retratística como medio idóneo para el conocimiento del pasado, puesto que los retratos han formado parte de la historia de la ciudad desde el mismo tiempo de su fundación a finales del siglo XV.

La muerte y la última imagen. Efigies para la posteridad (I)
Durante mucho tiempo la muerte fue una parte esencial de la vida y, aunque esa idea ya fue cuestionada por el laicismo decimonónico, sirve para aproximarnos a una dinámica común durante las épocas Moderna y Contemporánea. La muerte no suponía el fin de la existencia, porque, en el mejor de los casos, era sinónimo de salvación eterna entre los devotos, el clero y quienes asumieron la religiosidad en vigor siglos atrás. De ahí que acabara convirtiéndose en un motivo de preocupación entre hombres y mujeres de diverso estatus, ya que, a diferencia de muchas costumbres arraigadas en la sociedad del Antiguo Régimen, afectaba a todos por igual y para ella había que prepararse con ejercicios piadosos, una existencia acorde al mensaje evangélico y, muy especialmente, prácticas que alentaran lo que se llamó entonces buen morir o morir devoto.

Las diferencias sociales sí tuvieron reflejo en el boato que rodeó a las dinámicas funerarias, por lo que morir en condiciones, con la con-ciencia en paz y sin pecados, era necesario para que el finado lograra la salvación de su alma en el purgatorio. En cambio, a albaceas y herederos les tocó a menudo organizar un entierro de acuerdo la condición del difunto, por lo que no extraña que para ello recurrieran a bienes de los que conservamos ahora pocos testimonios materiales. Si el fallecido tenía estatus nobiliario o clerical su pompa era mayor, pudiendo, incluso, adquirir elementos de iluminación identificados con emblema heráldico, crucifijos pintados, dispositivos efímeros a modo de túmulos y ataúdes o cajones de fino acabado, de los que apenas pervive un ejemplar del siglo XVIII en la parroquia matriz de La Orotava.
Esa parafernalia vanidosa no escondía que los familiares y allegados daban sepultura al cuerpo del difunto, pues de él, antes susten-to de un alma que anhela la inmortalidad, iba a deducirse la última imagen de sus seres queridos y estimados. Esa querencia hacia los testimonios físicos o materiales propició que durante los siglos XVII y XVIII aflorara un tipo de efigie que tuvo continuidad en las reproducciones fotográficas: el retrato de muertos, sobre el que se ha escrito por último con criterio artístico, histórico, religioso y antropológico.
Esta variante del género tuvo un floreci-miento especial en La Laguna durante el siglo XVIII, aunque las obras conservadas no son uniformes en lo tipológico ni se prestan a una lectura interpretativa coherente. Nos gusta fijar diferencias entre ellas, porque, de acuerdo a lo establecido por la historiografía anglosajona, pueden definirse al menos dos tipos diferentes: el retrato mortuorio y el retrato fúnebre, siendo ambos de carácter post mortem, es decir, que fueron realizados por los artistas ante un modelo ya fallecido o recreando su efigie postrera al poco tiempo. Los primeros corresponden con la imagen distintiva del difunto y, por lo general, optan por representarlo erguido y de busto, medio cuerpo o tres cuartos, poniendo especial én-fasis en la recreación de rostros que muestran como nota distintiva los ojos cerrados y una tez cetrina. Aunque formalmente parecen iguales, las efigies fúnebres son aquellas que muestran un alarde descriptivo mayor y retratan al difunto en su lecho de muerte, generalmente en posición recostada o yacente y con el atuendo que su cuerpo lucía antes de recibir sepultura.

La colección pictórica del monasterio de Santa Clara, ahora expuesta en su museo de arte sacro, es idónea para estudiar las variantes del género en el medio local. Entre los muros de dicha fundación se conservan varios retratos de este tipo, de los que al menos dos ejemplares, muy conocidos y relativos a monjas de la familia Machado Chaves, fueron firmados por Juan de Miranda (1723-1805) en 1749. Sin embargo, sorprende que hasta el momento no se haya difundido tanto la efigie mortuoria de sor Catalina de la Esperanza Pérez de Medina (1676-1748), quien profesó como religiosa de velo blanco en 1705. Resulta arquetipa de las pinturas conventuales, alcanzando una calidad infre-cuente por el buen acabado de la figuración y el marco de vistoso ornato con pájaros que rememoran un suceso que se tornó en mi-lagroso al tiempo de su entierro. Al margen de ello, es imagen distintiva porque incorpora otros recursos habituales en estas represen-taciones de uso civil y religioso: fondos neutros, escasa iluminación, volúmenes contrasta-dos y sentido verista en la representación de cuerpos y tejidos, sin descuidar, claro está, la incorporación de elementos habituales como rosarios o atributos piadosos y las cartelas identificativas, donde era contenida la información esencial del modelo para garantizar su recuerdo e identidad.
Aunque en ocasiones se han emparentado con las famosas monjas coronadas de América, los retratos fúnebres del Archipiélago no tienen su decoro ni la rica tradición figurativa que aquéllas manifiestan en algunos casos. Apenas perviven en la ciudad dos ejemplos de esta variante: el de la religiosa grancanaria sor Catalina de San Mateo (1646-1696), fallecida en loor de santidad, y el no estudiado hasta ahora de sor Luisa del Corpus Christi García de Anchieta (1630-1712), ambos en el complejo de Santa Clara. Como nos informa Ga-llardo, la última vivió en el convento desde los catorce años junto a cuatro hermanas y tuvo fama al tiempo de morir octogenaria, ya que hizo penitencia continua durante más de tres décadas. Su lienzo es testimonio de una existencia sacrificada, así como del decoro con el que dichas mujeres, verdaderos ejemplos de fe y entrega piadosa, eran sepultadas en el propio monasterio.
