«Una pequeña historia de la lucha contra la infección», por Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín (III)

El nacimiento de la microbiología y epidemiología modernas
(…) Los precursores
En las décadas de 1840 y 1850 se produjeron una serie de hechos que revolucionarían la lucha médica y social contra las enfermedades infecciosas de la mano de algunos precursores (no sin la crítica de una buena parte de la comunidad médica y científica internacionales de aquel momento) a cuyos postulados el tiempo daría plenamente la razón.
Los auténticos pioneros fueron Oliver Wendell Holmes, médico de Massachusetts (Estados Unidos), e Ignaz Philipp Semmelweis, médico ginecólogo del Imperio Austro-Húngaro, quienes escandalizados por la altísima tasa de muerte producida por la fiebre puerperal (proceso séptico que se produce durante el puerperio por la infección de las heridas del aparato genital femenino durante el embarazo y el parto) decidieron estudiar la causa de esta tremenda mortandad. Ambos descubrieron (Holmes en 1843 y Semmelweis en 1847) algo que para ellos era inexplicable: la infección se transmitía de paciente infectada a paciente sana a través de las manos de los médicos que, simplemente, no se lavaban las manos después de una exploración. Ese fue uno de los primeros grandes avances de la lucha antiinfecciosa: lavarse las manos con agua y jabón, un acto muy sencillo que disminuyó la mortalidad de su casuística desde el 30-40 % hasta menos del 2-3 %. Este hecho constituyó el primer paso hacia la cirugía antiséptica y más tarde aséptica. Los dos publicaron sus conclusiones y suplicaron a sus colegas que siguieran sus consejos pero la mayoría no hizo caso, cuando no se burlaron directamente de ellos. El peor parado fue Semmelweis que comenzó a sufrir problemas de tipo nervioso que le llevaban a hablar solamente de la fiebre puerperal, en un claro trastorno obsesivo que fue diagnosticado de demencia por lo que fue ingresado en un sanatorio mental. Murió en 1865 a consecuencia precisamente de la infección de unas heridas provocadas por las palizas a que lo sometían sus guardianes y fue enterrado casi en el olvido. El tiempo le haría justicia.
Otro descubrimiento fundamental para la higiene y medicina preventiva tuvo lugar de la mano del médico inglés John Snow, auténtico precursor de la epidemiología moderna, quien durante la epidemia de cólera que azotó Londres en 1854 (cólera de Broad Street) observó que la enfermedad estaba estrechamente relacionada con el consumo de agua y alimentos contaminados por heces. A partir de ese hallazgo el saneamiento de los lugares insalubres, la limpieza y la canalización del agua corriente fue básico para frenar numerosas epidemias en el mundo. Ese mismo año, el italiano Filippo Pacini descubriría el germen responsable de esa enfermedad, el vibrión colérico (una bacteria), aunque ese hallazgo pasaría desapercibido, siendo Robert Koch al que se le atribuiría el descubrimiento en 1883. 1854 fue también testigo de unos hechos que resultarían clave para la Profesión Enfermera. Durante la Guerra de Crimea una enfermera británica, Florence Nightingale – pionera de la enfermería moderna – y su equipo lograron rebajar la mortalidad entre los heridos desde más del 40% hasta menos del 2% poniendo en práctica medidas de higiene de las heridas, saneamiento de los hospitales de campaña y mejorando la dieta de los convalecientes. Fue otro de los hitos más notables de esta etapa.
Louis Pasteur y la Teoría del Germen
A raíz de sus investigaciones sobre la fermentación, el químico francés Louis Pasteur 0 hizo un descubrimiento extraordinario que habría de cambiar para siempre la naciente microbiología, en particular, y toda la medicina y la cirugía, asemejándolas a lo que hoy conocemos. Estamos en la década de 1860 y aunque casi dos siglos antes Anton van Leeuwenhoek, un comerciante holandés y uno de los primeros microscopistas de la historia, había observado la presencia de microbios («animáculos» los llamó) en sus preparaciones, sería Pasteur el que relacionó estos microorganismos con la enfermedad infecciosa: había nacido la «Teoría microbiana de la enfermedad» o «Teoría del germen», también llamada «Teoría germinal de las enfermedades infecciosas». La teoría propone que los microbios son responsables de un gran número de enfermedades y, por ello, recibieron el nombre de patógenos … y, lo que es más importante, esos patógenos pueden ser eliminados en una gran proporción con una buena higiene general. Con el nacimiento de esta teoría, murió la de la «generación espontánea».
Había nacido, en síntesis, la microbiología moderna y con ella la antisepsia primero y la asepsia un poco más adelante que serían clave para la medicina y, muy especialmente, para la cirugía. En efecto, basándose en los estudios de Pasteur, unos pocos años más tarde (entre 1865 y 1867) el cirujano británico Joseph Lister los combinó con las ideas de Semmelweis y Holmes introduciendo la antisepsia en la práctica quirúrgica. Para ello utilizó soluciones de ácido carbólico (un desinfectante usado para tratar madera) para lavar el instrumental quirúrgico, las vendas y gasas, las manos de los cirujanos y sus ayudantes y las propias heridas. El éxito fue inmediato y la tasa de mortalidad quirúrgica disminuyó desde el 30%, incluso había series con tasas del 50%, hasta situarse entre el 0.5 y el 3% lo que hizo que se pudiera acceder a operar órganos, sistemas y cavidades que antes hubiera supuesto la muerte segura del paciente. Puesta en práctica en el transcurso de la Guerra Franco-Prusiana de 1870-1871, salvó la vida a decenas de miles de soldados de ambos bandos heridos en combate.
El problema de la antisepsia eran las alergias e irritaciones que causaban esas sustancias en las manos, la nariz y los ojos de los cirujanos que, en no pocas ocasiones, dificultaba el acto quirúrgico. Antisepsia no es más que la eliminación de los gérmenes presentes por medio de sustancias químicas, pero lo ideal sería la utilización de instrumental y ropaje que estuvieran libres de gérmenes antes comenzar la intervención. La solución vino algunos años más tarde cuando el cirujano alemán Ernst von Bergman, basándose en el método de esterilización por vapor de su compatriota el bacteriólogo Robert Koch, introdujo el uso rutinario del autoclave para eliminar por calor a los posibles gérmenes presentes en el instrumental y otro material que pudiera estar en contacto con la herida quirúrgica. A finales del siglo XIX, el cirujano norteamericano William Halsted ideó los guantes de caucho que conserva la sensibilidad de los dedos protegiendo al cirujano de posibles alergias y al paciente de la infección que, algunas veces, provocaban las manos desnudas del cirujano. Todo ello fue clave para el desarrollo de las diversas especialidades quirúrgicas.
La era de la prevención y el tratamiento médico de las enfermedades infecciosas
En lo que se refiere a la profilaxis o prevención de estas enfermedades, ya hemos comentado el éxito extraordinario de la vacuna antivariólica de Jenner. Unas decenas de años más tarde, al irse conociendo los gérmenes responsables de las diferentes enfermedades infecciosas, comenzarían a aparecer sueros y vacunas que curaban y prevenían estas enfermedades. De este modo, una enfermedad temible – sobre todo para los niños – como la difteria que estaba haciendo estragos en aquella época pudo ser tratada a partir de 1890 gracias al suero antidiftérico del alemán Emil Adolf von Behring (primer Premio Nobel de Medicina en 1901) y del japonés Shibasaburo Kitasato . A ello le sucederían las vacunas del cólera (1892) y la peste (1897) por el ruso Waldemar Haffkine, la de la fiebre tifoidea (1896) del inglés Edward Wright o, más adelante, la de la tuberculosis de los franceses Calmette y Guérin ya en 1921, por citar solamente unos pocos ejemplos. Al margen de la de la viruela, las vacunas contra las enfermedades víricas tardarían algo más en llegar y serían desarrolladas a partir de las primeras décadas del siglo XX.
Desgraciadamente, existen algunas enfermedades bacterianas, víricas y parasitarias que continúan causando millones de enfermos y muertes al año para las que no se ha encontrado una vacuna totalmente eficaz. Ejemplos de ellas son la sífilis, el SIDA o el paludismo.
Por su parte, salvando los precedentes anteriormente citados del mercurio contra la sífilis y de la quinina contra la malaria, la terapéutica antiinfecciosa tuvo sus primeros fármacos útiles en los primeros años del siglo XX. Así, otro alemán, Paul Ehrlich, introdujo la orsfenamina o Salvarsán (también conocido como «bala mágica» o compuesto 606) contra la sífilis, luego mejorado con el Neosalvarsán, menos tóxico. Ehrlich fue Premio Nobel de Medicina en 1908.
El primer gran hito de la terapéutica antibacteriana llegó de la mano del también alemán Gerhard Domagk en la década de 1930 con las sulfamidas, conocidas como Prontosil, que salvarían millones de vida en esos años y, muy especialmente, durante la II Guerra Mundial. Al igual que sus compatriotas Behring y Ehrlich, Domagk fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 1939.
Conrado Rodríguez-Maffiotte Martín
Director del Instituto Canario de Bioantropología y del Museo Arqueológico de Tenerife
