«Un ámbito, un panel y nueve menceyatos» (I), por Jesús Duque Arimany
En el ámbito 1 del Museo de Historia y Antropología de Tenerife (en su sede de la Casa Lercaro), muchas veces eclipsado por las dos vitrinas que albergan, una de ellas, un ejemplar de Le Canarien (1630) editado por Bergeron, y la otra, elementos de la cultura material de los tiempos de la conquista de Tenerife, se yergue un panel en el que una de las muchas serigrafías en el mismo insertas se traduce visualmente en un mapa de Tenerife dividida en nueve menceyatos – Icod, Güímar, Taoro, Tegueste, Anaga, Tacoronte, Abona, Daute y Adeje -, con el objetivo de mostrar al visitante cuál era la organización político y territorial de la isla antes de que procediera a llevarse a cabo la invasión militar. La cartografía en cuestión es una reproducción de la que en su momento ilustró una de las páginas de Los guanches, libro de Luis Diego Cuscoy, otrora director del Museo Arqueológico de Tenerife y Comisario Provincial de Excavaciones en Santa Cruz de Tenerife.
Claro está que lo que hizo Cuscoy fue plasmar gráficamente las conclusiones de una de las polémicas más apasionantes que jamás haya tenido lugar en la historiografía de Canarias, aquella que veinte años antes tuvo como protagonistas a Buenaventura Bonnet Reverón, por un lado, y a Elías Serra Ráfols y Leopoldo de la Rosa Olivera, por otro, y en la que se dilucidaba nada más y nada menos que la existencia de aquellos menceyatos que muchos consideraban que simplemente respondían a una concepción romántica que poco o nada tenía que ver con la veracidad histórica.
En 1938, Buenaventura Bonnet sostenía en su trabajo “El mito de los nueve menceyes”, publicado en la Revista de Historia, que los nueve reinos en que había estado dividida la isla de Tenerife habían sido únicamente un mito. Pero cuando el referido autor se posicionó sobre tan delicada cuestión desconocía que Serra Ráfols y Leopoldo de la Rosa, en una suerte de labor de “arqueología” de archivo, estaban comenzando a desempolvar documentos de un valor incalculable sobre la conquista y su etapa justo posterior, conservados todos ellos en el Archivo Municipal de San Cristóbal de La Laguna y de los que tenían conocimiento de su existencia por ser algunas de las fuentes documentales referenciadas por Juan Núñez de la Peña en su Conquista y Antigüedades de las islas de la Gran Canaria…(1676), autor demonizado por José de Viera y Clavijo, quien considerándolo un pésimo genealogista extendió esta visión negativa a su condición de historiador. Sobre la intrahistoria de este momento clave en la historiografía de Canarias nos da buena cuenta Alejandro Cioranescu en Homenaje a Leopoldo de la Rosa. Su vida y su obra: “Leopoldo de la Rosa conservaba en su poder algunos papeles relacionados con su familia. Algunos de los antepasados más indirectos blasonaban de descender de uno u otro de aquellos reyes fantasmagóricos […] Aprovechando su situación de secretario del ayuntamiento de La Laguna dedicó sus momentos de ocio a los libros de datas conservados en el archivo municipal y a los que nadie había prestado atención después de Núñez de la Peña. Se encontró con que documentos oficiales y auténticos, contemporáneos de la conquista, hablaban del reino de Anaga, de Adeje, de Taoro, y de los demás hasta el número de nueve, que era el de la tradición […] Se fue a confesar sus dudas a Serra Ráfols, a quien la novedad no dejó de llamarle la atención […] Se demostraba que Bonnet tenía razón, cuando negaba la realidad de las genealogías y de las identificaciones de reyes guanches, aprovechadas por Viera y Clavijo en base a una larga y constante tradición; pero se equivocaba el mismo [Bonnet], cuando echaba en el mismo saco [a] los reyes y sus reinos, ya que se certifica por documentos […] que los nueve reinos de Tenerife habían existido sin lugar a dudas…”.
En cualquier caso, resulta evidente que después del proceso de conquista militar los menceyatos como entes político – administrativos habían desaparecido. Pero, ¿y cómo entidades culturales.? Son muchos los documentos de la postconquista que prueban que los topónimos que hacían alusión a aquellos antiguos menceyatos seguían utilizándose. Sin ir más lejos, en Las datas de Tenerife se nos hacen hasta familiares los nombres de Icod, Güímar, Taoro, Tegueste, Anaga, Tacoronte, Abona, Daute y Adeje, los cuales son definidos como “reinos”, “términos”, “pagos”, “bandos” o “lugares”, indistintamente, en aquellos cuadernos donde quedaron recogidas para siempre las líneas maestras del proceso de repartimiento de tierras ejecutados – bajo la supervisión de Alonso Fernández de Lugo – por Guillén Castellano, Fernando de Trujillo, Lope Fernández y Pedro de Vergara.
El hecho de que aquellos menceyatos fueran denominados con tan variada terminología refleja, por un lado, la natural indefinición, en un momento de transición, de cómo debían considerarse unos territorios dominados militarmente y no tanto culturalmente y, por lo tanto, ya conocidos o en fase de conocerse; por otro, la implantación de los mismos en el imaginario colectivo de la nueva sociedad que se estaba conformando y en la que también participaba la vieja, hasta el punto de que en ningún momento se aprecia una clara intención de aplicar una “damnatio memoriae” [condena de la memoria], en el decir y proceder de los antiguos romanos, con el objetivo de borrar de la faz de la Tierra cualquier atisbo de la existencia de aquellas organizaciones territoriales. Se utiliza el menceyato para desactivar el poder político, pues, como veremos más adelante, algunos menceyes bautizados en Almazán – Diego de Adeje y Diego de Daute – retornaron reubicándose en territorios que no siempre se correspondían con los dominios de lo que habían sido sus antiguos menceyatos, hecho que los debilitaba ante sus conciudadanos y les llevaba a integrarse, con privilegios, en la nueva sociedad. Pero, también, como elemento clave para la evangelización: los menceyatos de la postconquista, especialmente el eje Guímar – Taoro con la zona de transición entre ambos, esto es Aguere, fueron testigos de excepción del establecimiento de los primeros lugares de culto cristianos suplantando a los anteriores aborígenes, lo que permitía a la población de aquellos lugares el que siguiera aferrada a su entorno. Permanece el topónimo, tanto para conquistadores como para conquistados, no solo como recuerdo sino como una alusión a lo que podríamos llamar unas entidades territoriales y culturales. ¿Tal vez una nueva fase dentro del proceso de sincretismo religioso iniciado con la sustitución del culto a Canopo por la imagen de Nuestra Señora de Candelaria.? Es necesario hacer hincapié en que José Barrios en su tesis doctoral Sistemas de numeración y calendarios de las poblaciones bereberes de Gran Canaria y Tenerife en los siglos XIV – XV, siguiendo los pioneros estudios de Viviana Pâques sobre la incidencia ejercida por el calendario lunar en las sociedades bereberes del Norte de África, esto es, el culto a la estrella Canopo, los extrapola al ámbito de Canarias, confirmando resultados similares en La Gomera – fortaleza de Chipude -, Gran Canaria – Teror -, y, por supuesto, Tenerife – en Güímar, menceyato donde se instauró el culto a la Virgen de Candelaria -, a partir de las descripciones que de aquellos pueblos de origen bereber establecidos en Canarias hicieron Urbano V (1369), Ibn Jaldún (1378), Alvise de Cadamosto (1450) y Diogo Gomes de Sintra (1485) (…).

