Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (y XXX). Epílogo

Aquel transporte de 1950 y las condiciones del viaje fue toda una aventura para los peregrinos.

Para nuestro cronista, José Trujillo Cabrera: «De todos los seres de la naturaleza, sólo el hombre es capaz de emociones trascendentes, porque sólo él tiene un alma espiritual en la que Dios alojó dos prodigios de su infinita bondad y sabiduría: una inteligencia para conocer y una voluntad para amar.

La palanca más vigorosa y eficaz con que cuenta el hombre para poder ejercitar estas sus nobilísimas facultades es, indudablemente, el sentido interno de la memoria.

Compartimos todo lo que apunta el cronista.

Recordar es volver a vivir acariciando con el afecto aquellos acontecimientos, lugares, seres e instantes que un día los hicimos nuestros por medio de una captación personalísima; recordar es estimular nuestras vidas con ilusiones y ensueños, con bondades y ternuras, con nobles aspiracionesjrecordar es aspirar cada día a superarnos en el ejercicio del bien, soslayando lo inoportuno y desagradable y gustando la emoción de lo bueno, de lo bello, de lo santo, para sublimarlo, para enaltecerlo siempre. ¡Venturoso el hombre que en la cúspide de su vida recuerda su trayectoria y detestando el mal, se goza en el bien que detrás deja!

El regreso y el recibimiento fueron espectaculares.

Muchos pueden ser los motivos de nuestra; recordaciones en el transcurso de nuestras existencias, pues los hay de tantos órdenes como variadas son las proyecciones y actividades de nuestras vidas sobre la tierra, pero de ellos los más sutiles, los que con mayor ímpetu penetran en nuestras almas, son los engendrados por el calor de un auténtico sentimiento religioso. Ninguno otro deja en el alma huellas tan profundas e indelebles, porque ningu¬no tiene la categoría de ser sincelado como éste por la mano omnipotente de Dios, Padre y Creador, quien va levantando en nuestros espíritus, con golpes tenues y repetidos, con profusión de gracias divinas, al igual que el aire en la superficie del mar, esas sublimes tempestades de fervores reverentes, de amores en¬trañables y de ambiciosas aspiraciones de perfección.

En Roma, la gracia de Dios se apoderó de nuestras almas y las inundó con raudales de mística efusión. Las hendiduras, las penetrantes huellas de fé que en ellas allí esculpió deben perdurar eternamente envueltas con cariño en el fino lienzo de la más delicada y emotiva recordación, a fin de que revividas siempre sean siempre regustadas.

Salvando las distancias y las comodidades de nuestra época, Roma será siempre eterna para cualquier ser humano.

Así lo prometimos sobre las tumbas de los gloriosos apóstoles Pedro y Pablo, en S. Juan de Letrán y en Santa María La Mayor, ante el Papa, en las Catacumbas, en el Coliseo, etc. etc. Cumplir la palabra dada a la fé es un honor que lleva aparejada la felicidad en esta y en la otra vida, pero, en cambio, la desleal¬tad a la misma nos conduce a! terrible tormento de la desesperación.

Anclemos, pues, la nave de nuestra alma con la cadena de la recordación en la tranquila ribera de nuestro piélago insular, no para abandonarla en quietud de indiferencia que la enmohece y anquilosa, siendo entonces fáciles en ella las trágicas y profundas hoquedades, sino para abrillantarla cada día e irla cargando cada vez con mejor lastre a fin de poder partir otra vez. ¡Qué! Nuestras vidas naves peregrinas son que en cualquier momento se han de hacer a la mar en viaje de eternidad.

Queden siempre sus velas tendidas, desplegadas al viento del augusto ideal, y en lo más alto de su mástil señero tremolemos la blanca bandera de nuestro perpetuo agradecimiento, homenaje de fé, de esperanza y de caridad a Cristo Jesús y a la Santísima Virgen de Candelaria, Patrona excelsa del Archipiélago canario, por habernos concedido la gracia de peregrinar desde Tenerife a Roma este Año Santo de 1950, otorgándonos la oportunidad de presenciar aquella hora lúcida en la historia del Catolicismo en que Su Santidad Pío XII proclamara al mundo el dogma de la gloriosa Asunción de la Virgen a los cielos en cuerpo y alma».

¡Qué Dios bendiga siempre a la Diócesis y Provincia de Tenerife!

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