Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XXIV). Visita a Pompeya y Sorrento (III)

Aleluya portada hasta Tenerife por algunos peregrinos.
Un segundo motivo, aunque de orden secundario, encontramos en nuestra visita a Pompeya: no es otro sino el que ofrece la ciudad moderna, la que, entre viñedos y naranjos, vigila sonriente junto a la otra y, sobre todo cabe al volcán que no la deja de amenazar. Es un pueblo con todas las características de las urbanizaciones de hoy: calles bien trazadas, edificios esbeltos, comercios importantes y, al parecer, bastante movidos y animados, lujosos hoteles, teatro, plazas amplias con árboles, estación ferroviaria, etc. etc.
Todo este conjunto urbano se ha formado en torno a una Iglesiá: la dedicada a la Madonna del Rosario, con categoría de Basílica Pontificia, al frente de la cual encuéntrase una comunidad de PP. Carmelitas. Este templo se empezó a construir el año 1876, y su campanario, de 80 metros de altura, fue terminado en 1925. Hállase hermoseada su fachada con pórticos elegantes, y su interior, de esbeltas proporciones, da la misma impresión que las basílicas romanas. En el altar mayor se venera la Virgen de Pompeya: un antiguo lienzo restaurado, que representa a la Virgen del Rosario, adornado con joyas y metido en un estuche de bronce. En este santo templo, a las once y media de la mañana, cumplimos con el precepto dominical, oyendo la misa que en una de sus capillas celebró uno de nuestros sacerdotes de peregrinación.
