Tras la huella de la Iª Peregrinación tinerfeña a Roma en 1950 (XV). Un paseo por la Ciudad de Roma (III)

(…) Descendamos por la rampa del centro para cruzar nuevamente por la plaza de Venecia, a fin de trasladarnos a otro sitio que está reclamando nuestra atención: El Panteón.

Pero de paso, entremos en la iglesia de Gesú (Jesús). Esta es la principal iglesia de los PP. Jesuítas en Roma. De una sola nave en cuya bóveda maravillosa se ve el fresco titulado: «El triunfo del nombre de Jesús», y multitud de capillas lujosas. Las dos del crucero con la del altar mayor forman un conjunto excelente y armónico. La de la izquierda del crucero es la de San Ignacio de Loyola, donde reposan sus restos mortales; hállase adornada con mármoles preciosos, bronces y muchas decoraciones. La de la derecha es la de San Francisco Javier, cuyo es el primoroso cuadro de su altar y la reliquia de su brazo. En la del altar mayor hállase la tumba de San Roberto Belarmino. Por la sacristía se pasa a las habitaciones de San Ignacio.

Sigamos ahora hasta el Panteón. Muy cerca del Restaurant Tibolese, que así se llama el que diariamente nos acogía a la hora de almorzar, encuéntrase la plaza de la Rotonda y en ella radica el Panteón. Era el templo de los dioses y fue construido en las Termas de Agripa, por Adriano. Su interior majestuoso es de configuración redonda y tiene una cúpula hemisférica con un ojo grande al centro por donde únicamente penetra la luz; este ojo está descubierto, motivo por el cual cuando llueve cae en el interior el agua que absorbe una especie de sumidero que se halla al centro del piso. Es iglesia cristiana desde que Bonifacio IV dispuso fuesen trasladadas a élla las reliquias de las Catacumbas, colocándola bajo la advocación de Santa María de los Mártires. En las hornacinas de su rededor figuran tumbas de hombres célebres: una de ellas es la de Rafael y otra la de Humberto I.

La Piazza Venezia es hoy un importante nudo de tráfico en el corazón mismo de la ciudad, y con frecuencia pasarás junto a ella. Está presidida por el enorme y controvertido Monumento a Vittorio Emanuele II, levantado para honrar a la patria después de la la reunificación italiana. Para poder construirlo se tuvo que trasladar un cuerpo entero del Palacio de Venecia, destruyendo así una de las últimas plazas renacentistas que quedaban en Roma.

Además del vistoso Vittoriano, la Plaza está cerrada por el Palazzo di Venezia y por un edificio construido en el siglo XX en simetría con este último. Enfilando exactamente la gran mole blanca se encuentra la famosa Via del Corso, en cuyo extremo opuesto se vislumbra el obelisco de Piazza del Popolo.

Tomemos ahora el autocar y trasladémonos, a través de la Vía Flaminia, al campo de la Farnesina o Foro Itálico, no ha muchos años llamado el Foro de Mussolini. Crucemos el Tiber por el puente Milvio y entremos en este moderno pero encantador paraje de la Ciudad inmortal. Responde todo él a una determinada época histórica y es bella creación del estilo y manera de la misma, en la que, indudablemente, Roma, desde un punto de vista político, alcanzó un alto y prestigioso puesto en el mundo, llegando a resucitar en el corazón del pueblo italiano su gran concepto clásico de imperio. Como exponente de esa aspiración, en parte lograda bajo la magistratura del hombre inexorable, y en concordancia con la Roma artística y monumental, surge, alegre y rectilíneo, espacioso y confortable, este barrio de la Roma moderna, con suntuosos edificios, bien trazadas calles, plazas, jardines y fuentes. Dentro del conjunto de estas edificaciones destácanse los amplios campos de deportes, piscinas, unas cubiertas y otras no, y gimnasios. Llama la atención también el Estadio de los Mármoles, con sesenta magníficas estatuas de atletas y la Plaza de la Fontana del Globo, en forma de piscina con caprichoso pavimento (…).

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