Tradiciones canarias por Finados: Relatos para la noche de Finados (III): «La Fuente del Cuervo o Cueva del Diablo en San Roque, una antigua mina de oro poseída». Por Julio Torres

 

Hace tanto tiempo que nadie lo piensa y que nadie lo persigue, que la creencia relativa a la existencia de vetas de hierro, oro y plata en la montaña lagunera de San Roque ha terminado por caer en el más completo olvido.

Sin embargo, investigadores como Santana Rodríguez  confirman la existencia, principalmente durante el siglo XVI, de decenas de personas, incluidas comunidades religiosas, que tomaban posesión o levantaban acta ante notario reclamando la propiedad de parcelas de la citada montaña, de cara a su explotación.

Aunque Torriani, Viera y Clavijo, Béthencourt Massieu o Anchieta y Alarcón se hicieron eco,  con desigual precisión, de la existencia de minas de estos metales en diferentes puntos de Canarias,  La Laguna, y en especial  la citada montaña, se llevan el récord en estos conatos de “fiebre del oro”, como los denomina Santana Rodríguez. Se dieron casos tan pintorescos como el registrado notarialmente el 24 de marzo de 1591, y ante las autoridades de la isla, por Bernardino de Madrigal, escribano público: ese día inscribió la friolera de diez minas de oro y plata, todas colindantes. Este hecho arranca con el hallazgo realizado por un monje agustino, fray Esteban Anselmo.

¿Puede ser esta fiebre el origen de las pavorosas historias que empezaron a circular sobre el lugar o existe un misterio genuino? Nunca lo sabremos, pero sí podemos dejar constancia de algunas de estos relatos, pues estos días de finados se prestan a ello.

Un tanto más apartada de la ruta que conduce a la ermita de San Roque y a la sombra de dos centenarias higueras, se halla una de esas grutas de la fiebre del oro que, llena de misterio, pasaría a ser la “Cueva del Diablo”, también conocida por la “Fuente del Cuervo”. Cuentan que en las cristalinas aguas de la fuente se reflejó un día la grácil figura de una joven -“la de ojos de fuego, boca de púrpura y cabellos de ébano”- En sus aledaños, el capitán, embriagado de amor ante la dulce mirada de la bella, pereció en la gruta.

Hasta los años cuarenta del pasado siglo, cada persona que pasaba ante la Cueva del Diablo depositaba una pequeña Cruz y, por Fieles Difuntos, el lugar se veía completamente cubierto de pequeñas cruces…como en un cementerio.

¡La Cueva del Diablo! ¡Cuántos temblaban sólo al evocarla! ¡Cuántos se persignaban con la única mención de su nombre! Los niños tenían prohibido tan siquiera transitar ante ella…Aún así los más valientes, alentados por el grupo, osaban pasar por delante e, incluso, temerosos, adentrase en sus lóbregas y gélidas profundidades, siempre respetuosos y sosteniendo en su endeble y trémula mano una cruz improvisada apresuradamente con cañas. Sin este requisito ¡pobre del que osara entrar en ella! Seguro que no lograría salir o, en el mejor de los casos, entrada la noche se materializaría ante él el mismísimo Satanás.

Y es que Satanás habitaba en las profundidades de la cueva. Se le oía bufar, resoplar,  gruñir o jadear, arañando con sus pezuñas las rocosas paredes de la cueva o arrastrando lenta y amenazadoramente su rabo por el pedregoso suelo. Alrededor de la cueva no crecía flor o hierba alguna y, la que lo hacía, se marchitaba al contacto con su fétido aliento. Los días de viento sus aullidos hacían retumbar las paredes. Hubo madres en La Laguna que cuando algunos de sus hijos tardaba en llegar a su casa más de lo acostumbrado, lo creía en esta cueva, en las garras del diablo.

Algunos cuentan que con los años se descubrió que, en realidad se trataba de “un sinvergüenza que se hizo pasar por Satanás” para infundir miedo en las gentes y así aprovecharse de las tierras.

Pero, todavía, a pesar de la evolución de los tiempos, son muchas las personas que no entran en la Cueva del Diablo sin antes persignarse y exclamar:
¡Cruz, perro maldito!

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