SAN JUAN BAUTISTA EN LA LAGUNA «LA NOCHE MÁGICA». Por J. Torres Santos

Panorámica de La Laguna, cedida por MM Ball, proporcionada por Rafael LLanos Penedo. Los molinos que daban nombre al llano.
Todos los santos son buenos
y San Juan es el mejor,
porque éste tuvo la dicha
de bautizar al Señor.
Esta copla, que suele recitarse el día de San Juan, es muy significativa, ya que pone de manifiesto cómo para el pueblo San Juan es uno de los santos predilectos; la milagrosa imagen en torno a la que polarizan los más fervientes sentimientos religiosos y tradicionales costumbres, siendo venerado con fuego en la víspera y con regocijos populares y procesión en su día festivo.
La fiesta de San Juan, y más concretamente las hogueras, tiene sus orígenes en el culto al sol durante el solsticio de verano, cuyas prácticas y ritos, a pesar de las reiteradas e incansables predicaciones de la Iglesia, han sobrevivido congregándose en torno a dicha festividad.
San Juan Bautista fue uno de los santos más venerados en La Laguna, donde su festividad se remonta a los primeros años del siglo XVI; así, en 1506 el obispo Muros declara su celebración fiesta de guardar. En 1558, cuando el prelado Diego de Deza visitó la ciudad, prohibió, bajo multa de dos reales, que se obligara a trabajar en este día.
Sin embargo, podemos decir que la fiesta de San Juan alcanza mayor auge a raíz de la epidemia de landres o peste que azotó La Laguna, con una cifra de muertes que, según José de Viera y Clavijo, se aproximó a las 9.000 personas . La enfermedad penetró en la ciudad a través de unos tapices de Levante que trajo el capitán Lázaro Moreno, ornamentos que fueron desdoblados el día del Corpus para colgarlos de las ventanas y embellecer el trayecto procesional.
La enfermedad desapareció a raíz de las rogativas que hizo el pueblo a San Juan Bautista, el cual fue tomado como Patrono y Abogado de la Peste ante Alonso Cabrera Rojas, escribano mayor del Cabildo, el 25 de junio de 1582 .
En La Laguna, la fiesta del divino Precursor se instituyó según el acuerdo siguiente:
“La Justicia i Regimiento acuerda que por quanto en este mes de junio an dado en esta ciudad enfermedades repentinas de mal contagioso, i pestilencia de landres, donde se an visto trabajos i dolores de tanto sentimiento, que ha sido forsoso quitar los hijos de los pechos de sus madres, i llevarlos ausentes dellas a poner en degredos y partes apartadas, y vino con tanta prisa y furor la enfermedad, que por no poderse dar manos a ello, algunos fue necesario enterrarlos tan aprisa que se entendio faltaria orden i gente que aiudara a ello, y en esa calamidad i afliccion llego la vispera e dia del glorioso San Juan Bautista, i lo tomaron por abogado encomendándose deuotamente y le pusieron vna cruz en su remenbraça invocando su santisimo nombre; su merced el señor gouernador i los caualleros diputados nombrados por este Cauildo en lugar señalado, que es hacia las casas que se nombran de Negron, donde esta ciudad con gran deuocion a ofresido hazerle vn sanctisimo templo a honor y reuerencia del glorioso San Juan Bautista, y por auer mostrado la esperiencia el fauor, i amparo, que por su intercesion, de su diuina mano ha venido sobre esta ciudad, porque en su vispera e glorioso dia no se a uisto caer ninguna criatura enferma deste mal, i se pidio limosna por todos los vecinos, asi se acordo por el Cabildo se haga, i edifique un templo al glorioso sancto, i que de aquí adelante esta ciudad, le tome por abogado, i defensor contra el mal de pestilencia, y nos de victoria contra nuestros enemigos, i nos de victoria contra ellos, y aumento i ensalsamiento de la sancta fee catholica, y seruicio de nuetro Rey y señor natural, y prometen tenerle por patrono de la pestilencia, y fecha de dicha sancta casa iran a celebrar u fiesta, y visperas, y sermon, en forma de ciudad” .
Regocijos populares
Además de hogueras y verbenas , ¿sabemos cuáles eran los actos festivos en los comienzos de las fiestas? Estamos seguros que muy pocos los conocerán. Por ello, permítannos que les relatemos – y les recordemos a los que lo saben – aquello regocijos con los que se deleitaron nuestros antepasados, mientras el Bautista recorría en procesión las adoquinadas o empolvadas calles, a la débil luz del vetusto farol.
Lo primero que se hacía era adornar las calles con arcos florales y luego instalar luminarias para los paseos nocturnos y verbenas populares.
Preparado el escenario, los caballeros, ante las mozas de la ciudad luchaban, corrían sortijas o jugaban cañas lo mejor posible, tal y como lo disponían las Ordenanzas. Consistía este último regocijo en una práctica de destreza, en la que tomaban parte dos bandos o cuadrillas corriendo a caballo, caracoleando gallardamente y arrojándose cañas de las que se resguardaban con la adarga.
Desde un principio fueron típicas de las fiestas de San Juan las corridas de toros, lidiándose, según las Ordenanzas, cuatro morlacos en la plaza mayor del Señor san Miguel. Sobre dichos toros se dispone que “se pesen en la carnicería, y lo que sobre lo que procediere dellos faltare, lo demas que fuere necesario, se pague de propios del Concejo, y que se paguen siempre a los caballeros, que vbieren de jugar cañas, que salgan, y jueguen lo mejore que fuere posible, y lo mesmo se haga dia de Santiago en la plaça de la villa de arriba” .
También eran los carniceros los encargados de conducir durante la noche los toros a los recintos especialmente habilitados para tal menester, mediante un cerramiento de vallas construidas con troncos de pinos desbastados. Recinto habitual fue la plaza de Abajo.
Por lo tanto, no se trataba de las lidias que alcanzaron cierto esplendor a finales del siglo XIX en el barrio de San Juan, donde se dispuso la primera plaza de toros de Canarias, que desaparecería con la inauguración de la de Santa Cruz.
Pero quizás de los actos más olvidados del programa festivo de San Juan habría que señalar el acuerdo de representar el día del Precursor la comedia que se hacía en el Corpus Christi . Alejandro Cioranescu recoge la temática de uno de los entremeses de la obra en este valioso testimonio:
“Dos hombres fingiendo ser ladrones, que para hurtar más, hazían que otro, que representava un bobo, lo harían arçobispo, y que el mesonero le pondría muy buena mesa y todos comerían muy bien y se llevarían lo que en la mesa se pudiese; y que el que representava el arçobispo no avía de responder otro que echar la bendisión, diziendo: “In nomine Patris”. Y ansí salió luego el que representava al bobo y sobre la cabeza le pusieron a manera de mitra hecha de dos collares y le vistieron una casulla buelta al revés y se sentó en una silla; delante le pusieron una mesa con sobremisa y un incensario y dos empolletas; y el mesonero se fue y los que representavan ladrones lo quitaron todo a manera que lo hurtavan y quedó sentado el que representava al arçobispo, y salió un corcovado que representó al mesonero pidiéndole o que avía puesto en la mesa, y él echava la bendisión, diziendo “In nomine Patris”; y ansí, fingiendo reñir, se fueron del tablado”.
Es de destacar que el tema del entremés se conoce gracias a la declaración que hizo Pedro Trujillo de la Coba, regidor de Tenerife, al Tribunal del santo Oficio, pues fue uno de los que presenció la representación y, por lo tanto, testigo importante para encontrar a los culpables que escenificaron lo que parecía, para la Inquisición, hacer escarnio de lo que representaba la Iglesia.
En 1801, la ciudad de La Laguna fue muy visitada, porque ofreció un nuevo programa en la víspera de San Juan, “hubo fuegos, entremeses y navíos, todo conforme al gusto de las fiestas que se hacen en los campos. Vinieron a desempeñarla unos hombres de Arafo. La composición, el teatro y la música, estaban acordes con los actores. No obstante, se pretendía representar la invasión de Nelson y defensa de Santa Cruz” .
Las hogueras
Hogueras… He aquí a los personajes de la víspera de San Juan. Recias, ardientes, voluminosas, todo en ellas tiene un sello de misterio, que no han logrado extinguir los voladores ni las sofisticadas coronillas de fuego.
Sofocantes, cegadoras, tan pronto como las campanas dan el toque de Oración, nacen sus cuerpos ahincando su crepitar en la fiesta de San Juan. Los campesinos las encienden y alimentan con las ramas olorosas del campo o con los trastos viejos, y de hoguera en hoguera vuela y se escurre entre las llamas el arrullo de una isa o el deje de una folía, tras remojarse lo organizadores y participantes la garganta con un buen vaso de vino tinto, el principal medicamento contra la sofocante noche sanjuanera.
“Estas manchas de luz diseminadas, esas columnas de humo contrastaban con el verde oscuro de los bosques que cubren las pendientes de las montañas” . Desde que estas palabras sobre las hogueras fueran escritas por Alejandro de Humboldt, el 23 de junio de 1799, hasta hoy, numerosos y afamados escritores como, por ejemplo, José Pérez Vidal, Sebastián Jiménez Sánchez o Elizabeth Murray, han dedicado destacadas líneas a las hogueras de San Juan.
Pero cuando el que escribe es un enamorado de la prosa poética, se queda con el escritor Luis Álvarez Cruz, que definió la tradición de la noche del Bautista con estas bellas palabras:
“Únicamente las hogueras con las que los chicuelos celebran la noche de San Juan hablaban en la noche con sus lenguas de fuego. Millares de chispas, azuzadas por el viento, ponían en la negrura del campo la ilusión de menudas estrellas errantes que ardían y extinguíanse fugazmente, entre el griterío del corro infantil al que el resplandor de las llamas confería apariencias fantásticas” .
La costumbre de encender hogueras en la noche de la víspera de San Juan es señal de regocijo, y sobre su origen estamos de acuerdo con la consignación que hace José Pérez Vidal de la interpretación que ofrece Seignobos en su Historia Universal:
“A veces los druidas sacrificaban hombres condenados a muerte o prisioneros de guerra. En la fiesta del solsticio de verano en honor del dios solar se encerraban las víctimas humanas en una enorme jaula de mimbre. Los druidas le prendían fuego y se cantaba para que no se oyesen los gritos de las víctimas. Esta tradición se ha perpetuado en las hogueras de San Juan” .
Centrándonos en las Canarias Prehispánicas, es muy interesante el dato del historiador Juan Bethencourt Alfonso (1847 – 1913), quien, en una de sus obras inéditas, apunta que los guanches, según datos de Francisco Hernández Graja, hacían una hoguera la noche de la víspera de San Juan. El testimonio lo recoge Manuel J. Lorenzo Perera en la siguiente cita:
“Los guanches acostumbraban un día al año en el mes de junio, que cree era el mismo día de San Juan, la víspera, hacer una hoguera y echar dentro reses degolladas con un fáime (cuchillo) de sabina, hasta que el humo saliera derecho al cielo que creían en esto como si fuera cosa de religión” .
Esta práctica se relaciona con la que relata el historiador Pedro Gómez Escudero, pues pretender que el humo suba hacia arriba, es deseo de invocar a los espíritus del bien – del mal sería hacia los lados –, que serían probablemente los de sus antepasados. Esto es sólo una hipótesis, pero mantiene relación con la práctica de quemar cebada para invocar espíritus, que relata el doctor Juan Bosch Millares.
Expuestos estos antecedentes sobre los orígenes de las hogueras de San Juan, podemos decir que la tradición ha estado muy arraigada en La Laguna, donde constituían todo un acontecimiento, entre el júbilo de los chiquillos, que aumentaba de tono cuando los mayores se atrevían a saltarlas. Se encendían en las proximidades del templo y en los campos cercanos, por lo que para evitar el riesgo de incendios, pronto se impuso la costumbre de encenderlas dentro de barricas de vino, pues sus arcos de hierro servían de contención al fuego.
Cada año se prende fuego a los leños, se baila alrededor de la hoguera y se salta por encima de sus llamas, pero, en la mayoría de los casos, sin conocer el sentido de ello, lo que aprovechamos para finalizar este capítulo exponiendo la interpretación ritual de dicha práctica.
El mensaje de la hoguera encendida en el centro de los pueblos se puede interpretar como un preservamiento: arrojar a los espíritus malignos y no permitirles la entrada.
En el salto por encima de las llamas, aunque sin saberlo unos participantes que sólo se divierten, se realiza una práctica ritual de transferencia, centrada en la transmisión de las posibles enfermedades al fuego purificador que todo lo destruye, o en el preservamiento de futuros males.
Por lo que respecta al humo, el mismo del rescoldo con el que se entra en contacto para asar piñas y papas o para saltar las jóvenes casaderas con los pies juntos, también tiene su significado, ya que se puede interpretar como elemento que bendice las casas y los cuerpos de los vecinos del lugar, que quedan purificados .

