San Diego del Monte

Francisco González Díaz

Las Palmas de Gran Canaria 1910

Recopilación: Julio Torres Santos

MERECE ser visitado San Diego del Monte, donde en otro tiempo tuvo su nido de sombras una comunidad que ha dejado en aquel sitio umbroso y plácido nombre y recuerdo perdurables.

Eran como los guardianes de La Laguna aquellos buenos frailes apostados en un punto místicamente estratégico desde el cual agitaban en dirección de la ciudad sus incensarios y le enviaban sus preces. Una inmensa casa de oración debía ser toda La Laguna entonces, con sus conventos escalonados e idealmente comunicados cual estaciones para el viaje al cielo.

Todavía hoy guarda la vieja ciudad encantadora su aspecto levítico, a despecho del tranvía eléctrico que la atraviesa y de los progresos múltiples que poco a poco la van transformando.

Su modernización será obra lenta que habrá de robarle los rasgos más simpáticos y más nobles de su fisonomía. Me agrada mucho tal como se conserva, conquistada a medias por el movimiento de los tiempos, grave y recogida al abrigo de sus campanarios cuyas lenguas de bronce nunca callan. Reina en sus calles, de ordinario, un silencio c1austral; un ambiente de reposo y de meditación lo envuelve todo, y la piedra de la fachada de las casas heráldicas refleja la melancolía suprema de las cosas que fueron. Hundida en el pasado, La Laguna comienza hoy a emerger, sacudiendo su manto de recuerdos augustos.

La subida a San Diego es grata, porque se va entre verduras suntuosas y entre sanos aromas campestres. Aun permanece en pie un resto de la antigua construcción monástica e intacta queda la ermita, llena de singulares vestigios.

Allí me mostraron sobre un labrado sepulcro la efigie en mármol del fundador, piadoso hidalgo de antaño. Pero lo más curioso es la historia ilustrada de un lego que hubo en el convento, famoso por su santidad y por sus obras taumatúrgicas. El lego, cuyo nombre no recuerdo ni hace al caso, llegó a verse asistido de tanto poder divino, que operaba milagros; verdaderos, auténticos y descomunales milagros. Los operaba en sí mismo y en los demás, en los racionales y en los irracionales. Una vez resucitó a un pollino. Otra vez arrebatóle un desaforadísimo diablo y cuando ambos estuvieron en las más encumbradas regiones del aire, lo dejó caer o se le escapó de entre las garras: Cayó Fray Juan (creo que así se nombraba el leguito) y se rompió la espina dorsal; pero por la gracia de Dios que nunca dejó de asistirle, pronto volvió a encontrarse sano, derecho y rozagante. Que no se hubiera hecho tortilla al caer era ya milagro calificado.

Estos y otros portentos han sido perpetuados en estampas de una ejecución seráficamente candorosa, sin más colores que el gris y el negro; pero como hay en ellas don sobrenatural, no obstante su burda sencillez, convencen. ¡Qué mano de santo debía de tener el lego para todo! Al olor de sus virtudes, las gentes acudían esperanzadas e importunas. Pedíanle remedio a las tribulaciones, alivio a los pesares, satisfacción a las mundanas ambiciones; y él, dadivoso de los bienes que el cielo por su mediación trasmitía a la precaria grey humana, no se cansaba de curar, consolar, reparar, satisfacer. Ibanle en súplica para que la próxima cosecha fuese abundante, y las mieses reventaban en espléndida granazón; le demandaban el agua, y llovía; tomábanle cómo intercesor a fin de que la paz volviese a reinar en las familias desavenidas, y volvía la paz; le rogaban que mirase por la prole.

Los frailes de San Diego atravesaban la laguna en barcas. Hábiles remeras, cruzaban las aguas cenagosas, imágen del mundo corrompido que la mística pinta y maldice, precaviendo contra sus riesgos innumerables al pecador.

Serían de ver los buenos religiosos en la tarea de conducir sus embarcaciones a través del reducido piélago, arremangados los hábitos, aferrados al remo los brazos nervudos, expertos en manejar el timón de la nave de Dios… o que hiciese de manera que tornara al conyugal redil un marido descarriado, y la prole crecía lozana, y el marido en extravío tornaba sumiso y tierno. De estos prodigios, y aun de otros mayores, obró muchos Fray Juan.

¡Qué falta nos hacen hoy hombres así, en quienes floreciera mil veces el milagro, no para creer, que la fe verdadera no necesita estímulo, sino para aligerar con celestes dádivas y bendiciones la carga de la vida!

Aun está en pie la’ celda del leguito. Las paredes, cubiertas de inscripciones, algunas harto irreverentes, desvían la imaginación del rumbo glorioso que el recuerdo de tantas maravillas la hace seguir; y cuando se considera que en tan estrecho recinto tuvo albergue tanta beatitud y tanta potencia milagrera, el ánimo del visitante se anonada y se confunde. ¿Por qué se habrá extinguido para siempre la casta maravillosa de los legos que resucitaban pollinos? En un lienzo comido por el tiempo, campea, apenas discernible, la imágen de Fray Juan. Era muy feo, como casi todos los Santos.

En la época en que el convento de San Diego se hallaba en su mayor auge, las tierras bajas que rodean’ la antigua ciudad de San Cristóbal estaban anegadas y formaban un extenso lago.

De ahí la denominación que aquella lleva desde su orígen.

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