Pregón de las Fiestas del Cristo de La Laguna, 2020 (y V). Carlos Rodríguez Morales

Podrían citarse otros muchos episodios semejantes en los que el Cristo socorrió a La Laguna. Recordarlo ahora nos da consuelo y esperanza: a lo largo de la historia nuestros antepasados tuvieron que afrontar trances y adversidades y se sintieron favorecidos por Él. Además de orar y de celebrar rogativas, se confió en el poder taumatúrgico de lo que estaba vinculado y en contacto con la escultura. Por ejemplo, las personas se untaban el aceite de las lámparas y algunos llegaban incluso a bebérselo. A quienes estaban doloridos se le acercaban objetos considerados reliquias, como los clavos y pequeñas cruces de madera hechas con la primera diadema o soleo que llevó el Crucificado sobre su cabeza.

En el museo del Monasterio de Santa Clara se expone una de las obras que mejor demuestra el éxito de la devoción hacia el Cristo. Me refiero a la primera cruz sobre la que estuvo clavada la imagen. Se trata de una cruz cuyo tamaño ahora es inferior al original porque los devotos se fueron llevando trocitos y astillas al atribuírseles también facultades milagrosas. Para evitar que se siguiera desmembrando, en 1724 se pintó en ella un retrato del Crucificado y se colocó en un lugar inaccesible.

Otras reliquias que se conservan de esos tiempos son dos velos, entre los muchos que tuvo la imagen. Pronto se podrán admirar, junto con otras obras de arte restauradas, en las salas de exposiciones que la esclavitud prepara junto al santuario. Precisamente, uno de aquellos velos sirvió para sanar hasta dos veces a un hijo de aquel lejano abuelo mío, Juan Freile. Lo sabemos porque fray Luis de Quirós escribió la crónica de estos milagros en su libro. No me resisto a citar uno de esos pasajes costumbristas, que bien podría ser la escena de una novelita del siglo de Oro.

Tomasina Merino, en su casa cercana al convento, quizá en la calle del Agua, acaba de poner sobre la cabeza de su hijo el velo del Señor que le ha traído un fraile franciscano. El cronista Quirós nos dice: «De ahí a un poco llamó a la madre, que estaba haciendo un medicamento que los médicos le habían mandado aplicar, y ella vino con sobresalto entendiendo se estaba muriendo. A lo cual dijo el enfermo se le había ya aplacado el dolor y se sentía bueno. Esto era un sábado y el domingo siguiente se levantó y fue al Convento de San Francisco a dar gracias al Santo Cristo por la merced que le había hecho».

¿Cuál era la función de estos velos? La escultura del Crucificado no estaba siempre visible, sino cubierta por telas en su hornacina e incluso en su paso. Era como el telón de un escenario teatral, que solo se retiraba si la ocasión lo merecía: durante los cultos y las procesiones y también de forma extraordinaria si se solicitaba expresamente. «Por ver al Señor», así se refieren algunos documentos a las limosnas que los devotos aportaban con este fin. Merece la pena que hagamos el esfuerzo de tratar de imaginarnos lo que esto suponía. La imagen reforzaba así su misterio y su atractivo, como todo lo que se esconde y no depende solo de nuestra voluntad.

Las referencias más tempranas indican que el Cristo ni siquiera tenía velos en su pequeño altar. A pesar de estar sin cubrir y de parecernos ahora inexplicable que su belleza no conmoviera a quienes lo tenían a la vista, tuvo que manifestarse de forma extraordinaria para llamar con resplandores la atención de sor Almerina. Y es que no siempre vemos lo que tenemos ante los ojos, lo que se nos presenta como evidente. En uno de los pasajes más conocidos de El Principito, el zorro descubre al niño un gran secreto: «Lo esencial es invisible». O, por decirlo de otra forma: tenemos la capacidad de ver de otra manera.

Pensemos, por ejemplo, en lo natural que nos resulta cerrar los ojos en la intimidad, cuando hay confianza y nos abandonamos. Cerramos los ojos para ver más allá, para abrirnos a otras contemplaciones: ante Dios, ante la persona amada, incluso ante la naturaleza. Frente al mar cerramos los ojos para tratar de contener su hermosura. Este signo de recogimiento es propio de la oración y de la meditación, casi tanto como el silencio. Los párpados son entonces nuestros propios velos.

Por eso, tal vez nos resulte ahora más sencillo comprender que uno de los primeros signos de que la devoción a aquel Crucifijo comenzaba a tener éxito fue la colocación de velos en su altar. En 1580 Catalina de Baena dispuso en su testamento que se entregasen nueve varas de tafetán negro de las que se tejían en su propia casa para hacerle uno. A partir de entonces fue normal que cuando se fundaba alguna celebración en honor de la imagen se indicara que con ese motivo debían retirarse las telas que lo reservaban habitualmente, que el Cristo debía descubrirse.

Ocultar la imagen animaba la devoción, aumentaba su carácter enigmático y convertía la posibilidad de verlo o de tocarlo en algo excepcional. Este deseo se ha mantenido hasta nuestros días con el besapiés, una de las tradiciones que la pandemia ha obligado a suspender. Quizá sea difícil que se recupere esta costumbre tras los descendimientos de la efigie. Es otro vestigio de una devoción centenaria que nos liga con quienes han vivido aquí antes y mucho antes que nosotros. En el siglo XVIII la Esclavitud decidió durante unos años realizar esta ceremonia de forma privada para evitar los disturbios que se producían, debido a que los asistentes se daban prisa para llegar primero. Pero pocos años después —dice el documento— «atendiendo a los clamores de todo el pueblo y el desconsuelo universal de sus habitadores» volvió a celebrarse como antes.

Como testimonio histórico y simbólico pienso que tiene mucha fuerza que los pies del Señor, tocados y besados durante siglos, se hayan conservado envejecidos, ya que durante su restauración realizada entre los años 2011 y 2012 se optó por no restituir el color que la esperanza y la devoción habían ido desgastando.

Esos pies descalzos no entrarán este año en la ciudad, como cada mes de septiembre desde hace más de cuatro siglos; se quedarán en su santuario, que tan cerca estuvo de la laguna. Es por esa cercanía por lo que me gusta pensar que el Cristo fue primero de la laguna, con minúsculas iniciales, y luego de La Laguna, con mayúsculas. Como el mismo Jesús de Nazaret, predicó antes en las orillas de un lago, anduvo por los caminos antes que por las calles y se manifestó primero a los humildes vecinos del barrio de San Francisco que a todos los demás, aunque tuvieran poder y riqueza.

Recordemos aquella procesión que no entraba en la ciudad, sino que transcurría por el ejido. Aunque haya pasado el tiempo no nos cuesta mucho comprender que entonces se considerara que el convento, el santuario, estaba fuera y que lo que hoy llamamos la plaza y entonces el campo de San Francisco marcaba una frontera entre lo rural y lo urbano. A espaldas del monasterio corría un canal de drenaje de «la laguna del agua», así se llamaba entonces para no confundir su nombre con el de la población.

Cristo de la laguna —con minúsculas— y de la tierra mojada. Cristo del llano, de la vera y de la vega; de la dehesa y del ejido. Cristo de los caminos de barro y de los muros de piedra seca. Cristo de las trebinas y de las tederas. Cristo del trigo y de las viñas, de los perales y de los manzanos. Cristo de las eras en las que se trillaban las cosechas. Cristo de las vendimias. Cristo buen pastor de los bueyes y de las vacas, que en La Laguna del siglo XVII tenían nombres como Limón, Madroño, RomeroFlamenca, Estrella, Sevillana, Galana… Cristo protector de los sembrados. Cristo de septiembre que remediaba con lluvia las sequías y empujaba las langostas hasta el mar…

No ha dejado de ser el Cristo de la laguna del agua y de la tierra labrada por las yuntas. Todavía hoy, en dos puntos del recorrido de la procesión de la octava, el día que empieza el otoño, el paso se vuelve hacia la ciudad antes de regresar al santuario. El Señor deja las calles y vuelve, simbólicamente, con sus pies desnudos a los caminos de tierra: al ejido, a la orilla, al altar pequeño sin velos en el que solo sor Almerina de la Cruz supo verlo entre resplandores. Acaban las fiestas con los fuegos y empieza el año nuevo de La Laguna. Es el momento de dar gracias y de traer a la memoria, al corazón y al alma unos versos de Rainer Maria Rilke: «Señor, ya es tiempo. Grande ha sido el verano. Tiende tu sombra sobre los relojes de sol y desata los vientos por el campo».

Muchas gracias.

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