PERSONAJES LAGUNEROS “Fariña”. Por Julio Fajardo Sánchez

fariña

Francisco Fariña Izquierdo. Antes que existieran los dentistas antes de que todos los niño fueran dentudos y zambos; antes de que una sanidad desarrollada y modená no sólo nos asistiera en los momentos de nuestra desgrácia somática sino que además hiciera previsión, en cada caso, de nuestras malformaciones faciales; antes de que existieran los robots multibrazos que, como si fueran una deidad hindú, adormecen nuestras encías con un envolvente sabor a menta; antes de todo esto, los barberos eran sacamuelas y sangradores.

Pero aunque parezca que sólo es cosa de argentinos, también los barberos ejercieron de psicólogos, buscando, con su conversación cálida, los rincones más oscuros de nuestro subconsciente, reblandeciendo nuestras neuronas mientras nos daban un masaje con agua florida o nos relajaban el cuello espolvoreando polvos de talco con sus manos sabias.

Cuando no, el barbero también era músico, porque en su profesión de hacer feliz a la gente, de relajar el espíritu, normalmente del de los que no daban golpe, que son, por otra parte, los más atormentados necesitaban de técnicas apaciguantes y, entre ellas, la más noble y eficaz siempre fue la música. La música serena hoy la disposición de las vacas, aunque algunas sufran de irremisible locura, porque se ha demostrado que así aumenta la producción de leche, de igual manera que disminuye el estrés de las gallinas, provocador de dolorosos estreñimientos que dificultan la puesta, base de la economia no carnicera de las aves de corral, hoy de jaula.

Como ejemplo de barbero músico está el inefable Alayón, que aparte de consumado violinista era sochantre de la Catedral de La Laguna; de igual manera Fariña empleaba el arte musical en su taller, desempeñado a la perfección por Canarito, que manejaba la trompeta como Amgstron, mientras ejercía de subalterno en las artes del rapado y el rasurado.

Pero Fariña, como gran maestro de las técnicas freudianas, había inventado un tipo de lenguaje, entre esotérico y argótico, con el que embaucaba a su clientela, dejándolos listos para la espera paciente antes de pasar al sillón.

Este lenguaje no era otro que “el verres”, sistema semántico probablemente oriundo de la Argentina. com tantos otros dentista y psicólogos de la actualidad, y del que Fariña pasó a ser gran profesor e instituidor de invenciones y reglas.

El “verres”, como todo el mundo sabe, consiste en pronunciar las palabras invirtiendo el orden de sus sílabas. En el “Nuevo Diccionario Lunfardo” de José Cobello, se define como “cierto modo de hablar peculiar del porteño, que consiste en invertir el orden de las sílabas de algunas palabras”. Da Cobello quince procedimientos para llegar a la transformación vésrica. pero en ninguno de ellos encontramos técnicas tan depuradas como la que ofrece Fariña para la dificulta de encontrar el revés de las palabras cuya sílaba se encuentran en posición capicua.

Solucionaba Fariña este problema pronunciando en primer término, y de forma continuada, la dos sílabas equidistantes, es decir, la primera y la ultima que se presentan en ejemplos tan rotundos como “gallega” y “Tegueste”, cuyas formas vésricas serían entonces: “gagalle” y “Tetegues”, como salidas airosas de las situaciones palindrómicas expuestas por el gran don Luis Miranda Podadera.

Una distinción clara entre el “vesrre” lagunero y el porteño, incorporado al lunfardo, consiste en que el platense sólo incorpora alguna palabras, con el afán de disfrazarlas en un argot clandestino e irreconocible, pues, según el mismo Gorbello, parece ser un lenguaje coloquial delictivo. El lagunero, en cambio, transforma los tiempos verbales e incorpora los monosílabos adelantando la última vocal al principio de la expresión, con lo que constituye una modalidad idiomática completa.

Fariña era contundente en la aplicación de sus dotes de convicción, y así, si alguien no quedaba atrapado con sus técnicas habituales se disponía a enjabonarlo para que no se marchara hasta que estuviera afeitado.

Era frecuente ver en su barbería a cuatro o más con su toalla puesta y el jabón secándose en la cara mientras esperaban su turno.

Cuentan de Fariña que habiendo ido a unas fiestas en Taganana, fue invitado a .carne de cerdo y al buen vino de aquel lugar, mientras animaba a la concurrencia con su música y su sabiduría ocurrente. Al despedirse, le dijo al dueño de la casa:

Si van a La Laguna por la Fiesta del Cristo, no olviden pasar por la barbería para corresponderles con una invitación.

Al año siguiente se presentó el tagananero en la puerta de la barbería identificándose como el amigo que le había invitado en su casa. Fariña se hizo el remolón fingiendo. no acordarse de nada, hasta que el hombre le contestó:

Pues dígame Vd. donde puedo encontrarle porque traigo para él un saco de papas y un garrafón de vino.

Entonces Fariña, con la agilidad de un felino remató la jugada con la célebre frase:

Siga hablando que me parece que lo quiero conocer.

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