PERSONAJES LAGUNEROS «DON DOMINGO VERDUGO» (y II)

Por Julio Fajardo Sánchez

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Don Domingo Verdugo disponía de unos «saludas – con los que comunicaba a las personas interesadas en su proceso de desdoblamiento los prodigios que en él se producían. Tamaño cuartilla, debajo del «se comunica» escribía un texto sintético y expresivo del concreto fenómeno objeto de descripción. Lo hacía con una máquina de escribir, que para su época no debería ser muy antigua, pero que demostraba la teoría, hoy ciertamente comprobada, de que todas las Underwood cojeaban de alguna letra o las imprimían con una intensidad escasamente uniforme, independientemente de los años de uso.

Esas máquinas, las mismas- que hicieron exclamar a don Alonso cuando conoció la primera: «ya se acabaron las faltas de ortografía», depositaban la calidad de su escritura en la habilidad y práctica del mecanógrafo. Su mecanismo, como el de los aviones, era inmejorable y seguro, por lo que cualquier irregularidad se debía generalmente a fallos humanos. Su teclado obedecía a la presión de los dedos como si fuera un piano, por eso, para que el escrito fuera perfecto había que parecerse a Rubinstein, y don Domingo Verdugo no se le parecía en nada.

Don Domingo adornaba sus «saludas» con una divisa añadida al margen, consistente en un trozo delgado de cinta de seda cuyo color distinguía a sus tres personalidades.

Posiblemente el artefacto fuera el mismo con el que su hermano Manuel escribía sus «Burbujas», en el escritorio de la Plaza del Adelantado; versos dispuestos a viajar a «La Oficina», para ser inmortalizados en sus paredes en penumbra, y hoy leidos con la misma devoción con que se contemplan los bisontes en Altamira, si es que se puede. Todos los recuerdos eran más cercanos a Manila, quien sabe si víctima del hechizo de alguna «babailana», que debidos a la presencia, dudosa por otra parte, del espíritu jesuítico de José de Anchieta.

Don Domingo contaba en uno de sus «saludas» cómo llegando una tarde a su casa encontró a un joven caballero lagunero enamorando en una ventana de la casa de su vecino el Marqués. Como estaba invisible desde la calle, el caballero no se había percatado de su presencia, no así su novia que, desde la ventana le decía:

– ¿Cómo es que no saludas a don Domingo Verdugo?

y él le contestaba:

– No veo a don Domingo ni a nadie.-

No obstante, Don Domingo se paseó delante de él blandiendo un periódico, también en estado fluídico, ante sus narices. El prodigio terminó cuando, al encenderse los arcos voltáicos de la plaza, se hizo presente de repente para asombro de todos, siendo entonces saludado como correspondía a su persona. No cuenta Don Domingo a cuál de sus entidades le ocurrió este fenómeno, pero consta por escrito su relato, del que existen varias copias en papel carbón; pues igual que fue remitido a los protagonistas, como testigos directos, también se lo hizo llegar a un sacerdote, pariente de los novios, y al notario eclesiástico, que en el Obispado tenía instruido expediente por su sorprendente causa de espiritismo.

Entre aparición y desaparición, la ciudad seguía su vida sosegada y paciente. Justo frente a la casa de los Verdugo se formaban cada mañana las largas colas que, para retirar los víveres del mercado, debían sellar con un cuño las famosas cartillas del racionamiento; en expiación de los males cometidos, los Reverendos Padres Paules organizaban misiones que acababan con un Vía Crucis tumultuoso; y en el vecino pabellón del Parque Victoria, réplica de un edificio del lejano oeste, donde se podía dejar un caballo amarrado a la puerta, se recogían a la entrada los emblemas del Auxilio Social; todo ello, junto con el «plato único», en un esfuerzo conjunto de reconstrucción de la España de la posguerra. Y mientras tanto Don Domingo Verdugo. en su locura filipina aparecá y desaparecía, desdoblando su personalidad para solaz y divertimento de su ciudad, humedad, gris, adoquinada y fértil campo de verodes, como una selva surrealista colgando de los tejados.

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