Personajes laguneros «Don Domingo Verdugo» (I). Por Julio Fajardo Sánchez

domingo verdugo

La cámara fotográfica de Afustín Guerra Molina  fue capaz de inmortalizar a don Domingo en triple personalidad

La Laguna es un teatro. No como el de Calderón sino más localizado. Parece el Retablo de las Maravillas inventado por el sabio Tontonelo, pero aquí, al contrario de como dice Chanfalla, es el público quien hace ver al actor los inexistente s prodigios que imagina.

En La Laguna, todo aquel que necesita de un público generoso que aplauda y de fe de sus excepcionalidades, lo hallará dispuesto a confirmarlas, convirtiéndose en prisionero de la ilusión, que se le creará sin cobrarle entrada. Por eso La Laguna es un gran teatro, en el que el actor pasa a ser el público, y la ciudad un gran escenario repleto de figurantes. De la garganta privilegiada del «hombre de la voz de campana» salían sonidos maravillosos que ni él mismo había escuchado antes; los interminables amores de Pepito Bacallado son vividos en su virtualidad con la fuerza de Casanova y con la inconsciencia de la memoria confundiendo el relato con la realidad.

Un personaje cautivo de La Laguna, mostrador de prodigios aumentados y exagerados por sus parroquianos, fue don Domingo Verdugo. Quizá víctima de algún sortilegio filipino, don Domingo tenía doble personalidad, y, algunas veces, hasta triple. La cámara fotográfica de Guerra fue capaz de inmortalizar a don Domingo en tan extraordinario trance, prueba irrefutable, para él mismo, de que el fenómeno era real. Pero no sólo la prueba sobre papel, quizá producto de alguna diabólica holografía, era testimonio suficiente para Verdugo; toda la ciudad, en un contubernio natural y espontáneo daba fe de su singularidad, confundiendo a su memoria, debilitada por la fiebre de su imaginación.

Don Domingo se cruzaba con su público subiendo la calle de la Carrera mientras sufría continuas interpelaciones:

– Buenas tardes: Hace un momento le vi pasar por aquí.

– Seguramente sería mi doble- contestaba señalando un lazo amarillo que lucía en su solapa.

Don Domingo había optado por identificarse usando cintas de colores diferentes, de manera que para ellagunero fuera fácil reconocerlo a través de una clave previamente establecida,que él utilizaba, además, para esclarecer su propia confusión.

Don Domingo estaba ligado de manera trascendental con las fuerzas del mas allá, y, en sus momentos de lucidez, estaba tan preocupado con la fenomenología que se estaba produciendo en su persona, que había iniciado un expediente en el Obispado por causa de espiritismo. También allí, con una teatralidad, si cabe, más ampulosa, se le seguía a don Domingo la verificación jocosa de su caso; siendo notorio como alguien cercano a la instrucción le había extraído de su bolsillo un billete de quinientas pesetas, mientras él se encontraba en trance de invisibilidad, con la presencia, además, de testigos eclesiásticos que así lo adveraron.

Al volver a materializarse y ser advertido de la sustracción contestó que no tenía demasiada importancia, al tratarse, en aquel especial momento, de billetes fluídicos igual que el resto de su esencia somática.

Don Domingo aparecía y desaparecía con el prendido de los arcos voltáicos de la Plaza del Adelantado, y mudaba su persona a cualquiera de sus dobles sólo con la voluntad de su público, que le hacía feliz en un pacto secreto que él mismo no llegó nunca a adivinar ni a suscribir. O ¿ Quien sabe si nos estaba tomando el pelo a todos?

Sea de una forma o de otra, ser actor en La Laguna es muy difícil y peligroso; cuando menos te lo esperas te encuentras desplazado al patio de butacas y es la ciudad la que se ha convertido en la escena, casi en el gran Teatro del Mundo de Calderón.

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